Ser responsable se me está pareciendo a desaparecer

20 de junio de 2026

Exploración de la complejidad de la responsabilidad en las relaciones familiares. Se plantea la tensión entre el deber y el deseo de ser uno mismo, cuestionando si ser bueno implica desaparecer en el proceso y cómo esto afecta la identidad personal.

ESCUCHA ESTA PUBLICACIÓN

En la fila de la farmacia, con un turno doblado en la mano, escuché a un señor decir que uno hace lo que tiene que hacer y ya.

¿Qué se hace con una idea así cuando ya no cabe en su sitio?

Lo dijo sin drama, como quien habla del calor o del precio del arroz. Yo estaba comprando unas cosas para mi mamá y llevaba en el bolsillo la lista que ella me había mandado por audio, repetida dos veces porque teme que yo se me olvide algo.

La frase del señor se me quedó dando vueltas todo el camino de regreso, en la guagua, mientras miraba por la ventana los letreros medio gastados de las tiendas. Uno hace lo que tiene que hacer y ya.

¿Y si el problema no fuera entenderlo, sino admitirlo?

Pero ese “ya” es lo que no me sale. Ahí es donde se me queda la mente parada.

Porque si hacer lo que toca fuera tan simple, no habría tanta gente caminando con una tristeza discreta, de esa que no interrumpe nada. Uno compra, llama, resuelve, acompaña, manda un dinerito, cambia planes, se queda más tarde, llega más temprano.

Y desde fuera parece virtud. Desde dentro, a veces, parece una forma lenta de irse borrando.

¿Quién decide lo que me toca? No hablo de abandonar a nadie ni de ponerse duro por moda.

En mi casa se aprendió temprano que si alguien necesita, uno aparece. Eso tiene algo lindo, sí.

También tiene algo pesado. Porque nunca nos enseñaron a distinguir entre ayudar y deber la vida completa.

Como si nacer dentro de una familia, de un barrio, de una historia, viniera con una deuda firmada antes de uno saber escribir. Me pregunto si la responsabilidad tiene que doler para ser verdadera.

Si no duele, parece que uno no se sacrificó bastante. Si uno lo hace con gusto, entonces le piden un poco más.

Si uno dice que está cansado, suena egoísta. Si uno no lo dice, el cansancio se va quedando en el cuerpo como una humedad.

Hay días en que me miro al espejo antes de salir y no veo mala persona, pero tampoco veo a alguien libre. Veo a alguien pendiente de no fallar.

¿Se puede querer sin cargar? La palabra “responsable” siempre me pareció seria, limpia, casi bonita.

Ahora la siento más confusa. Responsable de qué, exactamente.

De que mi mamá no se sienta sola. De que mi hermano menor no cometa los mismos errores.

De que mi pareja no piense que no me importa. De que en el trabajo no se caiga lo que otros dejaron flojo.

De que nadie tenga que decir que yo cambié, que yo me puse raro, que yo ya no soy el mismo. Y quizás ahí está el punto que más me duele: todo el mundo espera que uno sea el mismo cuando le conviene.

El mismo que ayuda. El mismo que aguanta.

El mismo que no pregunta mucho. Pero uno por dentro se mueve.

Se cansa de ciertas formas de cariño que vienen amarradas a la culpa. Se cansa de que le digan “tú sabes cómo es” como si esa frase cerrara cualquier posibilidad de pensar distinto.

En la guagua, una muchacha llevaba un bizcocho pequeño sobre las piernas, cuidándolo con las dos manos para que no se dañara. Pensé que a veces uno vive así, cuidando algo que no eligió del todo, tratando de que llegue entero a un sitio que tampoco escogió.

Y si el bizcocho se cae, la culpa es de uno. Si llega bien, nadie pregunta cuánto temblaron los brazos.

¿Hasta dónde soy yo si siempre respondo por otros? No tengo una conclusión.

Me gustaría tenerla, para hablar más claro cuando me pregunten qué me pasa. Solo tengo esta incomodidad tranquila, esta sospecha de que ser bueno no debería significar desaparecer.

Que tal vez hay una diferencia entre estar presente y estar disponible para todo. Que uno puede amar mucho y aun así necesitar una esquina del mundo donde no le estén cobrando cariño en cuotas.

Esta noche voy a llamar a mi mamá, como siempre. Voy a preguntarle si tomó agua, si cerró bien la puerta, si necesita algo para mañana.

Lo haré porque la quiero. Y también, aunque me dé pena admitirlo, porque no sé todavía quién sería yo si dejara de hacerlo por obligación.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento íntimo · 24%
Predomina una reflexión íntima sobre el desgaste de ser responsable, atravesada por dilemas éticos, vínculos familiares e identidad personal.
  • El centro del texto es la vida interior del narrador: su cansancio, culpa, contradicción, miedo a fallar y dificultad para distinguir amor de obligación.
  • La responsabilidad, la culpa, el deber, los límites del cuidado y la diferencia entre amar y deber sostienen buena parte del conflicto del texto.
  • Observa relaciones de familia, barrio, cuidados, expectativas laborales y afectivas, mostrando cómo los vínculos colectivos asignan deberes.
  • Plantea preguntas sobre identidad, libertad y desaparición personal: “¿Hasta dónde soy yo si siempre respondo por otros?” y “quién sería yo si dejara de hacerlo”.
  • Cuestiona la idea aceptada de que “uno hace lo que tiene que hacer y ya”, así como la normalización del sacrificio familiar y del cansancio silencioso.
  • Aparecen tristeza discreta, culpa, cansancio, amor por la madre y pena al admitir la obligación, aunque los sentimientos no desplazan del todo la reflexión.
  • La reflexión nace de escenas comunes: la fila de la farmacia, la guagua, la lista de compras, la llamada a la madre y pequeños cuidados diarios.
  • Usa imágenes y escenas con tono narrativo y poético, como la tristeza que no interrumpe nada, la humedad en el cuerpo o el bizcocho cuidado en la guagua.
  • Hay algunas preguntas abstractas sobre responsabilidad, libertad y deber, pero están ancladas en una experiencia personal más que en una reflexión filosófica sistemática.
  • Sugiere apenas una alternativa: diferenciar estar presente de estar disponible para todo, pero no desarrolla un proyecto de cambio amplio.
  • No propone mundos alternativos ni hipótesis especulativas; la mirada se mantiene en una experiencia reconocible y realista.
  • No predominan teorías, conceptos elaborados ni argumentación cultural; el texto avanza desde vivencias y preguntas personales.

Información sobre esta publicación

Algunos textos de Mentes Propias se publican de forma anónima. Estos textos pueden proceder de envíos de los usuarios o de contenidos editoriales propios de Mentes Propias.

Mentes Propias puede utilizar IA y otros sistemas automatizados para moderar, organizar, resumir, generar metadatos, analizar la composición del texto, crear imágenes, producir audio y preparar elementos de presentación o difusión. Estos procesos pueden cometer errores.

Algunos contenidos editoriales propios de Mentes Propias pueden ser creados o asistidos mediante herramientas de inteligencia artificial. Estos contenidos se publican con finalidad editorial o de dinamización y como cualquier otro contenido de la web, deben leerse como piezas de reflexión, no como testimonios reales garantizados ni como información verificada.

El contenido de Mentes Propias no constituye información verificada ni consejo médico, psicológico, legal, financiero, técnico o profesional. Mentes Propias no confirma necesariamente los hechos, no garantiza la exactitud del contenido y no tiene por qué compartir las opiniones publicadas.

Si preparas o compartes un fragmento de esta publicación, revisa antes el contenido, el contexto y las posibles citas, atribuciones o referencias a terceros. Mentes Propias facilita técnicamente la creación de fragmentos, pero cada persona es responsable del uso que haga del material fuera de la web.

Si detectas un problema legal, una atribución incorrecta, plagio, datos personales indebidos, contenido peligroso o cualquier infracción de las condiciones de uso, puedes utilizar el enlace de denuncia de la publicación o contactar con Mentes Propias.