En la fila de la farmacia, con un turno doblado en la mano, escuché a un señor decir que uno hace lo que tiene que hacer y ya.
¿Qué se hace con una idea así cuando ya no cabe en su sitio?
Lo dijo sin drama, como quien habla del calor o del precio del arroz. Yo estaba comprando unas cosas para mi mamá y llevaba en el bolsillo la lista que ella me había mandado por audio, repetida dos veces porque teme que yo se me olvide algo.
La frase del señor se me quedó dando vueltas todo el camino de regreso, en la guagua, mientras miraba por la ventana los letreros medio gastados de las tiendas. Uno hace lo que tiene que hacer y ya.
¿Y si el problema no fuera entenderlo, sino admitirlo?
Pero ese “ya” es lo que no me sale. Ahí es donde se me queda la mente parada.
Porque si hacer lo que toca fuera tan simple, no habría tanta gente caminando con una tristeza discreta, de esa que no interrumpe nada. Uno compra, llama, resuelve, acompaña, manda un dinerito, cambia planes, se queda más tarde, llega más temprano.
Y desde fuera parece virtud. Desde dentro, a veces, parece una forma lenta de irse borrando.
¿Quién decide lo que me toca? No hablo de abandonar a nadie ni de ponerse duro por moda.
En mi casa se aprendió temprano que si alguien necesita, uno aparece. Eso tiene algo lindo, sí.
También tiene algo pesado. Porque nunca nos enseñaron a distinguir entre ayudar y deber la vida completa.
Como si nacer dentro de una familia, de un barrio, de una historia, viniera con una deuda firmada antes de uno saber escribir. Me pregunto si la responsabilidad tiene que doler para ser verdadera.
Si no duele, parece que uno no se sacrificó bastante. Si uno lo hace con gusto, entonces le piden un poco más.
Si uno dice que está cansado, suena egoísta. Si uno no lo dice, el cansancio se va quedando en el cuerpo como una humedad.
Hay días en que me miro al espejo antes de salir y no veo mala persona, pero tampoco veo a alguien libre. Veo a alguien pendiente de no fallar.
¿Se puede querer sin cargar? La palabra “responsable” siempre me pareció seria, limpia, casi bonita.
Ahora la siento más confusa. Responsable de qué, exactamente.
De que mi mamá no se sienta sola. De que mi hermano menor no cometa los mismos errores.
De que mi pareja no piense que no me importa. De que en el trabajo no se caiga lo que otros dejaron flojo.
De que nadie tenga que decir que yo cambié, que yo me puse raro, que yo ya no soy el mismo. Y quizás ahí está el punto que más me duele: todo el mundo espera que uno sea el mismo cuando le conviene.
El mismo que ayuda. El mismo que aguanta.
El mismo que no pregunta mucho. Pero uno por dentro se mueve.
Se cansa de ciertas formas de cariño que vienen amarradas a la culpa. Se cansa de que le digan “tú sabes cómo es” como si esa frase cerrara cualquier posibilidad de pensar distinto.
En la guagua, una muchacha llevaba un bizcocho pequeño sobre las piernas, cuidándolo con las dos manos para que no se dañara. Pensé que a veces uno vive así, cuidando algo que no eligió del todo, tratando de que llegue entero a un sitio que tampoco escogió.
Y si el bizcocho se cae, la culpa es de uno. Si llega bien, nadie pregunta cuánto temblaron los brazos.
¿Hasta dónde soy yo si siempre respondo por otros? No tengo una conclusión.
Me gustaría tenerla, para hablar más claro cuando me pregunten qué me pasa. Solo tengo esta incomodidad tranquila, esta sospecha de que ser bueno no debería significar desaparecer.
Que tal vez hay una diferencia entre estar presente y estar disponible para todo. Que uno puede amar mucho y aun así necesitar una esquina del mundo donde no le estén cobrando cariño en cuotas.
Esta noche voy a llamar a mi mamá, como siempre. Voy a preguntarle si tomó agua, si cerró bien la puerta, si necesita algo para mañana.
Lo haré porque la quiero. Y también, aunque me dé pena admitirlo, porque no sé todavía quién sería yo si dejara de hacerlo por obligación.
