Me ha costado aceptar que quizás no soy tan especial como pensaba.
No lo digo con drama. Tampoco como una tragedia. Pero sí como una verdad que a veces me pega raro, sobre todo cuando veo a tanta gente mostrando logros, viajes, cuerpos perfectos, negocios nuevos, vidas emocionantes.
Uno mira todo eso y empieza a compararse sin querer.
Y entonces aparece esa preguntica incómoda:
¿Y yo qué?
Yo también quería sentir que venía al mundo a hacer algo grande. No necesariamente ser famoso, pero sí dejar una marca. Ser recordado. Tener una historia distinta. Que alguien dijera: “esa persona tenía algo”.
Pero pasan los años y la vida se vuelve más normal de lo que uno imaginaba.
Trabajar. Pagar cosas. Resolver problemas pequeños. Hacer mercado. Contestar mensajes. Dormir mal. Levantarse igual. Buscar un rato de calma entre una obligación y otra.
Y ahí empieza el miedo.
El miedo a ser común.
El miedo a no destacar.
El miedo a que mi vida sea una más, de esas que pasan sin hacer mucho ruido.
Antes me molestaba sentir eso. Me parecía una inseguridad tonta. Pero ahora creo que no es tan raro. Nos han repetido mucho que tenemos que brillar, encontrar nuestra pasión, construir una marca personal, aprovechar nuestro talento, diferenciarnos.
Todo suena bonito, pero también cansa.
Porque no todos los días uno puede brillar.
Hay días en que apenas alcanza para estar.
Para cumplir.
Para no derrumbarse.
Y eso también debería contar.
A veces pienso que la necesidad de ser especial nos hace despreciar cosas buenas. Una conversación tranquila. Una comida sencilla. Una tarde sin nada extraordinario. Una amistad que no se publica. Un trabajo honrado que no impresiona a nadie.
Como si lo común no tuviera valor.
Pero lo tiene.
Mi abuela, por ejemplo, no fue famosa. No escribió libros, no salió en entrevistas, no tuvo miles de seguidores. Y sin embargo, todavía la nombramos en la familia por la forma en que cuidaba, por sus cuentos, por su carácter, por cómo hacía sentir a la gente.
No fue “especial” para el mundo.
Pero fue importante para los suyos.
Eso me hace pensar.
Tal vez estoy buscando ser especial en un lugar equivocado. Tal vez no hace falta que todos me vean. Tal vez basta con no vivir dormido. Con tratar bien. Con hacer algo con cariño. Con estar para alguien. Con ser una presencia buena, aunque sea pequeña.
No sé.
Igual todavía me cuesta.
Todavía me comparo. Todavía siento envidia cuando veo a alguien de mi edad logrando cosas que yo ni empecé. Todavía me da miedo quedarme atrás, ser invisible, no tener una gran historia que contar.
Pero estoy intentando hacer las paces con una idea:
ser común no significa no valer.
Quizás hay millones de personas comunes sosteniendo el mundo todos los días. Gente que trabaja, cuida, escucha, acompaña, aprende, se equivoca y vuelve a intentar.
Gente sin aplausos.
Gente sin reflectores.
Gente que igual importa.
Y si al final yo soy uno más, bueno… capaz no sea tan terrible.
Capaz ser uno más también es pertenecer a algo.
Capaz no vine a ser especial para todos.
Capaz con ser real para unos pocos ya alcanza.
