No sé si esto es historia o invento, pero hoy me salió así: como un “¿y si…?” que no busca convencer a nadie, solo soltar un peso suave que llevo en el pecho. Capaz es una ucronía, capaz es nomás una forma de pedir aire.
Imaginate, che, que el papel nunca se hubiera vuelto común. No que no exista del todo —porque siempre hay algún lujo escondido—, sino que no exista ese papel de cuaderno, de recibo, de carta rápida, de “anotá acá”. Que no haya libretas por todos lados, ni cajas llenas de papeles guardados “por si acaso”. Que escribir sea raro, caro, casi ceremonial. Que la gente no pueda descargar la vida en hojas, como hacemos ahora, y tenga que sostenerla de otra manera.
En mi cabeza, esa historia cambia por una cosa chiquita y medio absurda: un moho, un bichito, algo mínimo que hace que el papel se pudra rápido en este clima. Que lo que escribís dure poco. Que un cuaderno se vuelva una fruta: hermoso, pero perecedero. Entonces nadie se acostumbra a escribir para “guardar”. Nadie se apoya tanto en la tinta. Y el mundo se vuelve, sin querer, más oral.
Yo pienso en eso y me da una mezcla rara de miedo y ternura. Miedo porque yo soy de los que se calman poniendo cosas en orden, aunque sea en una lista. Y ternura porque… qué loco sería vivir sin esa trampa de creer que por escribirlo ya lo controlaste.
En ese mundo, los secretos pesan distinto. Porque no podés esconderlos en un cajón con llave. Los secretos se te quedan en la cara, en la forma de mirar, en las pausas. Y cuando querés “acordarte” de algo importante, no vas a buscar un papel: vas a buscar a una persona. Vas a tocar una puerta. Vas a sentarte. Vas a decir: “contame otra vez, por favor”. Y el otro, si te quiere, te lo vuelve a contar.
Capaz por eso la memoria sería más comunitaria. No existiría eso de “lo tengo anotado, después veo”. Porque después no hay. O lo hablás hoy, o se te va como humo. Entonces la gente se inventa rituales, ¿viste? Una canción para recordar una promesa. Un nudo en una cuerda para recordar un duelo. Una marca en la madera para recordar un nacimiento. Objetos que no sirven para “archivar”, sino para acompañar.
Yo me imagino que en Asunción habría plazas con paredes de barro donde la gente va a dejar huellas de manos. No por arte, sino por calendario emocional: esta mano es de alguien que volvió, esta otra de alguien que se fue, esta marca de alguien que perdonó. Y cuando tenés dudas sobre tu propia historia, vas y apoyás tu mano ahí, y decís: “yo también estuve”, aunque ese día no lo recuerdes perfecto.
En ese mundo sin papel, “lo oficial” también sería otra cosa. Menos sellos, más testigos. Menos formularios, más voces. Y yo sé que suena lindo, pero no quiero venderlo como paraíso, na. Porque también habría injusticias. Siempre hay. Pero me interesa una cosa: que la verdad no sería un archivo frío, sería una responsabilidad compartida. Si alguien miente, no miente contra un documento: miente contra una comunidad que lo escuchó.
Y hay algo más, lo más íntimo: ¿qué pasaría con la gente que vive con la cabeza llena, como si adentro hubiera muchas pestañas abiertas? (Yo soy así, y me agota.) En nuestro mundo, cuando me desbordo, escribo. Lo tiro en un bloc, en una nota del celular, en lo que sea, para que deje de dar vueltas. Pero en ese otro mundo, si no hay papel, yo tendría que hablar. Tendría que soltarlo con la boca. Y eso… eso me asusta, pero también me cura un poco.
Porque capaz, sin papel, yo no podría esconder mi dolor en frases bonitas. No podría “editar” tanto. Tendría que decirlo como salga, con la voz temblando, con el silencio incluido. Y alguien lo escucharía. O no. Pero la posibilidad estaría ahí: que la descarga sea con otro ser humano presente, no con una hoja muda.
Entonces esta ucronía se me vuelve una pregunta espiritual, así, sin iglesia: ¿cuántas cosas escribimos solo para no pedir ayuda? ¿Cuántas listas hacemos para no admitir que estamos cansados? ¿Cuántas palabras dejamos en papel para no tener que mirarle la cara a alguien y decir “che, no puedo”?
En mi mundo inventado, la gente aprende a cuidar el tiempo de conversación como se cuida el agua. Se aprende a escuchar, porque si no escuchás, perdés historia. Y si perdés historia, te perdés vos. Las abuelas no guardan cartas: guardan relatos. Los nietos no heredan cajas: heredan frases, tonos, maneras. Y aunque se pierda precisión, se gana calor.
No sé por qué me metí en esta película hoy. Capaz porque estoy cansado de creer que todo se arregla registrándolo. Capaz porque mi cabeza quiere un mundo donde la memoria no sea una carga individual, sino un abrazo colectivo.
Lo dejo acá, al aire, como quien suelta una piedrita en el río. Si a vos también te pasa que a veces querés escribir para no romperte, ojalá te quede esta idea: incluso si el papel no existiera, igual habría formas de sostenerse. Con una voz. Con un gesto. Con alguien que te diga “contame otra vez”. Y vos, por fin, respirando mientras contás.
