La palabra “inmortalidad” suena a cosa grande, como a película, como a promesa para gente que no se cansa. A mí me la mencionan y no pienso primero en gloria ni en poder. Pienso en lunes. En trámites. En la misma canción sonando en una guagua. Pienso en el cuerpo con sueño. Y me entra una pregunta rara, casi cómica: ¿de verdad alguien quiere vivir para siempre, así, con el cansancio puesto?
Porque yo, cuando imagino la inmortalidad, no la imagino como una luz bonita. La imagino como una extensión de lo cotidiano. Y lo cotidiano es precioso, sí, pero también pesa. Hay días en que uno ama estar vivo, y hay días en que lo único que haces es resistir. Si la vida ya trae su carga en versión mortal, ¿cómo será cuando no exista la salida natural, esa puerta final que, aunque dé miedo, también pone un límite?
Lo confieso así, sin vergüenza: a veces me consuela que todo termina. No por ganas de desaparecer, sino porque el final le da forma a las cosas. Como el borde del vaso que hace posible que el agua se quede adentro. Si no hubiera borde, se derrama. Si no hubiera final, ¿cómo se sostiene el sentido?
Me imagino que la gente que sueña con ser inmortal está cansada de perder. De ver irse a quienes ama. De ver cómo el cuerpo cambia, cómo la memoria se va haciendo selectiva, cómo la vida te cobra el paso con arrugas, dolores y despedidas. Yo también estoy cansada de eso. Pero no estoy segura de que la inmortalidad sea la respuesta. A veces siento que es un deseo que nace del duelo: “si vivo para siempre, no pierdo”. Y la vida, por más que le hagas trampas, siempre encuentra formas de perder. Porque aunque no mueras, te cambian las cosas. Se te van personas. Se te caen casas. Se te transforma el mundo. Y vos te quedás… con una acumulación de ausencias que puede volverse una montaña.
Hay otra cosa que me inquieta: ¿quién sería inmortal? Porque no me creo el cuento de que algo así se repartiría parejo, como pan caliente en la esquina. Imagino que la inmortalidad, si existiera como tecnología o como privilegio, primero caería en las manos de quien ya tiene de todo. Y entonces sería como una colonización del tiempo: unos viviendo siglos y otros apenas llegando al fin de mes. La desigualdad no solo en dinero o en salud, sino en años. En oportunidades. En memoria. En poder. ¿Cómo se negocia una sociedad donde algunos acumulan siglos de ventaja?
Y también: ¿qué pasa con el deseo? El deseo vive de la finitud. Deseás porque hay un “ahora” que se puede ir. Porque hay una urgencia suave: “hazlo antes de que se acabe”. Si el tiempo fuera infinito, ¿en qué se convierte el deseo? Quizás en una procrastinación eterna. “Mañana”, “después”, “algún día”. Con un infinito por delante, todo podría esperar… y eso, paradójicamente, podría quitarle sabor a las cosas.
Yo pienso en mis abuelos, en la forma en que hacían café como si fuera ceremonia. No por gourmet, sino por conciencia de lo frágil. El café se enfría. La mañana se va. El cuerpo no dura. Esa fragilidad le daba un brillo humilde a la rutina. ¿La inmortalidad mantendría ese brillo o lo gastaría como una moneda que pasás mil veces por los dedos?
A veces, en vez de inmortalidad, lo que yo quisiera es otra cosa: una vida con menos miedo. Más tiempo de calidad, no tiempo infinito. Tiempo para ver a la gente que quiero sin prisa. Tiempo para aprender cosas sin sentir que todo me corre. Tiempo para descansar sin culpa. Porque el sueño secreto detrás de “vivir para siempre” quizá no sea vivir eternamente, sino vivir sin el látigo del reloj.
Y hay una inmortalidad que sí creo que existe, pero es rara y chiquita. La inmortalidad de los gestos. De las frases que alguien te dijo y se te quedaron para siempre. De una receta que pasa de mano en mano. De una canción que alguien te cantó cuando estabas mal y, años después, todavía te calma. Eso no es inmortalidad literal, pero es una forma de permanecer sin convertirte en estatua.
Si me dieran la inmortalidad, creo que primero pediría un descanso. Un día sin obligaciones, sin metas, sin esa sensación de estar corriendo. Me sentaría a mirar el mar o una calle cualquiera y trataría de sentir lo que ya está aquí, lo que normalmente se me escapa por andar pensando en lo siguiente. Porque tal vez la inmortalidad no se trata de tener más tiempo, sino de habitar mejor el que tenemos.
Y si al final alguien me dijera: “sí, pero igual te la doy, ¿la quieres?”, yo no respondería rápido. Me quedaría un rato en silencio. Para escuchar lo que de verdad deseo. No lo que suena impresionante. No lo que vende esperanza. Lo que deseo en voz baja.
Quizá diría que no. Quizá diría que sí, pero con una condición imposible: que no me quite la capacidad de asombro, ni el amor, ni el peso real de un abrazo, ni la ternura de lo que se acaba. Porque si voy a vivir para siempre, que no sea para convertirme en alguien duro. Que sea, al menos, para seguir siendo humano.
