Si me dieran la inmortalidad, primero pediría un descanso

30 de enero de 2026

Explora la idea de la inmortalidad desde una perspectiva cotidiana, cuestionando su valor y el deseo que la rodea. Se plantea si vivir para siempre realmente enriquecería la experiencia humana o si, por el contrario, podría despojarla de su esencia.

ESCUCHA ESTA PUBLICACIÓN

La palabra “inmortalidad” suena a cosa grande, como a película, como a promesa para gente que no se cansa. A mí me la mencionan y no pienso primero en gloria ni en poder. Pienso en lunes. En trámites. En la misma canción sonando en una guagua. Pienso en el cuerpo con sueño. Y me entra una pregunta rara, casi cómica: ¿de verdad alguien quiere vivir para siempre, así, con el cansancio puesto?

Porque yo, cuando imagino la inmortalidad, no la imagino como una luz bonita. La imagino como una extensión de lo cotidiano. Y lo cotidiano es precioso, sí, pero también pesa. Hay días en que uno ama estar vivo, y hay días en que lo único que haces es resistir. Si la vida ya trae su carga en versión mortal, ¿cómo será cuando no exista la salida natural, esa puerta final que, aunque dé miedo, también pone un límite?

Lo confieso así, sin vergüenza: a veces me consuela que todo termina. No por ganas de desaparecer, sino porque el final le da forma a las cosas. Como el borde del vaso que hace posible que el agua se quede adentro. Si no hubiera borde, se derrama. Si no hubiera final, ¿cómo se sostiene el sentido?

Me imagino que la gente que sueña con ser inmortal está cansada de perder. De ver irse a quienes ama. De ver cómo el cuerpo cambia, cómo la memoria se va haciendo selectiva, cómo la vida te cobra el paso con arrugas, dolores y despedidas. Yo también estoy cansada de eso. Pero no estoy segura de que la inmortalidad sea la respuesta. A veces siento que es un deseo que nace del duelo: “si vivo para siempre, no pierdo”. Y la vida, por más que le hagas trampas, siempre encuentra formas de perder. Porque aunque no mueras, te cambian las cosas. Se te van personas. Se te caen casas. Se te transforma el mundo. Y vos te quedás… con una acumulación de ausencias que puede volverse una montaña.

Hay otra cosa que me inquieta: ¿quién sería inmortal? Porque no me creo el cuento de que algo así se repartiría parejo, como pan caliente en la esquina. Imagino que la inmortalidad, si existiera como tecnología o como privilegio, primero caería en las manos de quien ya tiene de todo. Y entonces sería como una colonización del tiempo: unos viviendo siglos y otros apenas llegando al fin de mes. La desigualdad no solo en dinero o en salud, sino en años. En oportunidades. En memoria. En poder. ¿Cómo se negocia una sociedad donde algunos acumulan siglos de ventaja?

Y también: ¿qué pasa con el deseo? El deseo vive de la finitud. Deseás porque hay un “ahora” que se puede ir. Porque hay una urgencia suave: “hazlo antes de que se acabe”. Si el tiempo fuera infinito, ¿en qué se convierte el deseo? Quizás en una procrastinación eterna. “Mañana”, “después”, “algún día”. Con un infinito por delante, todo podría esperar… y eso, paradójicamente, podría quitarle sabor a las cosas.

Yo pienso en mis abuelos, en la forma en que hacían café como si fuera ceremonia. No por gourmet, sino por conciencia de lo frágil. El café se enfría. La mañana se va. El cuerpo no dura. Esa fragilidad le daba un brillo humilde a la rutina. ¿La inmortalidad mantendría ese brillo o lo gastaría como una moneda que pasás mil veces por los dedos?

A veces, en vez de inmortalidad, lo que yo quisiera es otra cosa: una vida con menos miedo. Más tiempo de calidad, no tiempo infinito. Tiempo para ver a la gente que quiero sin prisa. Tiempo para aprender cosas sin sentir que todo me corre. Tiempo para descansar sin culpa. Porque el sueño secreto detrás de “vivir para siempre” quizá no sea vivir eternamente, sino vivir sin el látigo del reloj.

Y hay una inmortalidad que sí creo que existe, pero es rara y chiquita. La inmortalidad de los gestos. De las frases que alguien te dijo y se te quedaron para siempre. De una receta que pasa de mano en mano. De una canción que alguien te cantó cuando estabas mal y, años después, todavía te calma. Eso no es inmortalidad literal, pero es una forma de permanecer sin convertirte en estatua.

Si me dieran la inmortalidad, creo que primero pediría un descanso. Un día sin obligaciones, sin metas, sin esa sensación de estar corriendo. Me sentaría a mirar el mar o una calle cualquiera y trataría de sentir lo que ya está aquí, lo que normalmente se me escapa por andar pensando en lo siguiente. Porque tal vez la inmortalidad no se trata de tener más tiempo, sino de habitar mejor el que tenemos.

Y si al final alguien me dijera: “sí, pero igual te la doy, ¿la quieres?”, yo no respondería rápido. Me quedaría un rato en silencio. Para escuchar lo que de verdad deseo. No lo que suena impresionante. No lo que vende esperanza. Lo que deseo en voz baja.

Quizá diría que no. Quizá diría que sí, pero con una condición imposible: que no me quite la capacidad de asombro, ni el amor, ni el peso real de un abrazo, ni la ternura de lo que se acaba. Porque si voy a vivir para siempre, que no sea para convertirme en alguien duro. Que sea, al menos, para seguir siendo humano.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento existencial · 32%
Predomina una reflexión existencial sobre la inmortalidad, la finitud y el sentido del tiempo, expresada con voz literaria e íntima.
  • El centro está en la muerte, la finitud, el sentido, el tiempo, el deseo y la pregunta por si vivir para siempre seguiría siendo humano.
  • Hay análisis abstracto sobre finitud, deseo, sentido, humanidad, tiempo y permanencia, sostenido a lo largo del texto.
  • La reflexión está construida con imágenes, ritmo y metáforas como el borde del vaso, la colonización del tiempo o la moneda gastada.
  • La voz habla desde confesiones personales: el cansancio, el consuelo de que todo termine, la duda ante aceptar la inmortalidad y el deseo en voz baja.
  • El texto piensa desde lunes, trámites, guaguas, café, rutinas, abrazos y escenas comunes para aterrizar la idea abstracta de la inmortalidad.
  • Incluye una reflexión clara sobre quién tendría acceso a la inmortalidad, la desigualdad de años, poder y oportunidades, aunque ocupa una sección acotada.
  • Hay presencia de cansancio, duelo, ternura, miedo a perder y deseo de descanso, aunque los afectos acompañan una reflexión más amplia.
  • Aparece al cuestionar la promesa de la inmortalidad y su posible reparto desigual, pero no es el eje completo del texto.
  • El texto organiza ideas y argumentos sobre tecnología, privilegio, deseo y tiempo, aunque predomina una reflexión más existencial y literaria.
  • Propone indirectamente otra forma de vivir: menos miedo, más descanso, más tiempo de calidad y habitar mejor el presente.
  • La hipótesis de la inmortalidad funciona como escenario especulativo, pero el texto no desarrolla un mundo alternativo complejo.
  • La dimensión ética apenas aparece de forma lateral en la desigualdad y el privilegio, sin centrarse en culpa, responsabilidad o decisiones morales.

Información sobre esta publicación

Algunos textos de Mentes Propias se publican de forma anónima. Estos textos pueden proceder de envíos de los usuarios o de contenidos editoriales propios de Mentes Propias.

Mentes Propias puede utilizar IA y otros sistemas automatizados para moderar, organizar, resumir, generar metadatos, analizar la composición del texto, crear imágenes, producir audio y preparar elementos de presentación o difusión. Estos procesos pueden cometer errores.

Algunos contenidos editoriales propios de Mentes Propias pueden ser creados o asistidos mediante herramientas de inteligencia artificial. Estos contenidos se publican con finalidad editorial o de dinamización y como cualquier otro contenido de la web, deben leerse como piezas de reflexión, no como testimonios reales garantizados ni como información verificada.

El contenido de Mentes Propias no constituye información verificada ni consejo médico, psicológico, legal, financiero, técnico o profesional. Mentes Propias no confirma necesariamente los hechos, no garantiza la exactitud del contenido y no tiene por qué compartir las opiniones publicadas.

Si preparas o compartes un fragmento de esta publicación, revisa antes el contenido, el contexto y las posibles citas, atribuciones o referencias a terceros. Mentes Propias facilita técnicamente la creación de fragmentos, pero cada persona es responsable del uso que haga del material fuera de la web.

Si detectas un problema legal, una atribución incorrecta, plagio, datos personales indebidos, contenido peligroso o cualquier infracción de las condiciones de uso, puedes utilizar el enlace de denuncia de la publicación o contactar con Mentes Propias.