A veces abro Instagram sin querer mirar nada, como quien abre la nevera sabiendo que no tiene hambre, y me quedo ahí, con el dedo subiendo y subiendo, viendo caras conocidas, gente que fue conmigo a la escuela, primas, compañeros de trabajo, personas que vi una vez en una actividad y ahora parecen vivir dentro de mi celular. Todos están en algo. Una está en la playa con un caption de agradecimiento. Otro anuncia proyecto nuevo. Una pareja sale riéndose con un café caro en la mano. Alguien comparte una reflexión sobre descansar, pero con una foto perfectamente iluminada. Y yo, desde mi cama, con una camiseta vieja y el pelo amarrado de cualquier manera, siento una cosa bien rara: no envidia exactamente, no rabia, no tristeza limpia. Más bien como una alarma chiquita diciendo: “Nena, te estás quedando fuera”.
No fuera de una fiesta concreta, porque muchas veces ni quiero ir. Fuera de la existencia visible. Eso suena exagerado, ya sé, pero así se siente a ratos. Como si una parte de mí dependiera de aparecer, de dejar prueba, de subir algo que diga “sigo aquí, sigo siendo interesante, sigo teniendo vida”. No cualquier vida, claro. Una vida con ángulo. Con luz. Con frase. Una vida que no parezca demasiado quieta. Porque si paso muchos días sin publicar, me empieza esa vocecita fastidiosa: “¿Y si se olvidan de ti?”. Y lo peor es que no sé quiénes son “ellos”. ¿Mis amistades? ¿Mis conocidos? ¿Gente que ni me saluda en persona? ¿Un algoritmo que no tiene corazón ni memoria? Da vergüenza admitir que una puede sentirse evaluada por una multitud borrosa, pero pasa. A mí me pasa.
He llegado a hacer cosas ridículas, suaves, pero ridículas. Estar en una cena y pensar más en si la mesa se ve bonita que en el sabor de la comida. Caminar por Viejo San Juan y detenerme no porque el balcón me emocionó, sino porque quedaba brutal para una historia. Escuchar a una amiga contarme algo importante mientras una parte de mi mente, chiquita y traicionera, calcula si la luz de la tarde sirve para una foto. Después me siento mala persona, aunque quizá no sea maldad. Quizá es cansancio de vivir en dos sitios al mismo tiempo: aquí, donde pasan las cosas, y allá, donde se prueban. Aquí una se ríe. Allá una demuestra que se rió. Aquí una existe. Allá una archiva evidencia.
No quiero hacerme la profunda diciendo que las redes son falsas y ya. Sería demasiado fácil, y además no es verdad completa. He visto ternura ahí. He encontrado trabajos, ideas, canciones, gente que me hizo sentir menos sola. He compartido cosas que de verdad me importaban. Hay días en que una foto de alguien querido me alegra. Hay mensajes que llegan por una historia cualquiera y terminan siendo conversación bonita. No voy a mentir: a mí también me gusta que me miren con cariño. Me gusta subir algo y que alguien responda “qué linda” o “te extraño” o “esto me pasó igual”. Eso no me parece pecado. Lo que me asusta es cuando ya no sé si publico porque quiero compartir o porque tengo miedo de desaparecer si no lo hago.
Ese miedo no grita. Se disfraza de impulso normal. “Sube algo, hace tiempo no subes”. “Pon una foto, que te vean”. “No dejes que tu perfil se muera”. Como si el perfil fuera una planta y yo tuviera que regarla con pedacitos de mí. Y entonces una se vuelve administradora de su propia presencia. No basta con vivir. Hay que actualizar. No basta con cambiar. Hay que mostrar evolución. No basta con estar triste. Hay que estar triste de una manera que no incomode demasiado. No basta con descansar. Hay que descansar bonito. Y si no hay nada que enseñar, una empieza a sospechar que tal vez no está pasando nada en su vida, aunque por dentro estén pasando mil cosas silenciosas.
Últimamente estoy tratando de hacer un experimento bien simple: dejar que algunos momentos no tengan público. No todos, porque tampoco me voy a convertir en monja digital ni en estatua de autocontrol. Pero algunos sí. Tomarme un café sin foto. Ir a la playa y no subir el atardecer, aunque esté precioso. Verme bien y no convertir mi cara en anuncio de que hoy me veo bien. Estar mal y no explicarlo en una frase misteriosa. Al principio se siente como perder algo. Después, a veces, se siente como recuperar una llave. Una llave pequeña, pero mía.
No sé si uno desaparece cuando no publica. Creo que no. Creo que desaparece más cuando se acostumbra a mirarse solo desde afuera. Cuando ya no sabe si una tarde fue bonita hasta ver cuántas personas reaccionaron. Cuando confunde recuerdo con contenido. Yo todavía caigo, todavía reviso, todavía me importa más de lo que quisiera. Pero algunos días logro cerrar la aplicación y quedarme conmigo sin testigos. Y en esos ratos, aunque nadie me vea, aunque nadie se entere, aunque no quede guardado en ningún círculo de colores, siento algo parecido a estar viva de verdad.
