Yo no sé hablar fino de estas cosas. Pero lo digo tal cual: echarme una siesta, a veces, es lo único que hago en el día que no está al servicio de nadie. Ni del curro, ni del móvil, ni de los mensajes que entran como goteras. Y por eso me parece casi político, aunque suene exagerado.
La prisa hoy no te pega con un palo; te seduce. Te promete que si vas rápido, si respondes al momento, si encadenas tareas sin respirar, entonces vales más. Y claro, yo me lo trago. Me lo trago porque tengo miedo de quedarme atrás. Porque siempre parece que hay alguien haciéndolo mejor, más rápido, más perfecto. Y al final me descubro viviendo como si me estuvieran cronometrando.
La siesta, en cambio, no produce nada. No se puede presumir. No da “resultados” visibles. Nadie te aplaude por dormir veinte minutos. Y justo ahí está la gracia: es un rato que no le devuelve nada al sistema. Es como decir: “Mira, ahora no. Ahora paro”. Y no por pereza, sino por dignidad.
Hay días en los que me tumbo y me cuesta. Porque la cabeza sigue de pie. Me llegan pensamientos de facturas, de pendientes, de “tendría que…”. Y es curioso: incluso descansar se ha convertido en una tarea más, como si hubiese que hacerlo bien, con método, con aplicación, con reloj. Pero cuando por fin me duermo, aunque sea un poquito, noto que algo se recoloca. Me despierto menos agresivo, menos seco. Como si me hubieran aflojado un nudo por dentro.
Y sí, sé que hay gente que no puede. Que tiene turnos, críos, jefes que aprietan, casas pequeñas, ruido. No estoy vendiendo una receta universal. Solo digo que, cuando se puede, la siesta es una forma de recuperar el cuerpo. De recordar que no somos máquinas de rendimiento.
A mí me salva de la prisa, al menos un rato. Y ese rato, por pequeño que sea, se me queda como un mensaje: no todo tiene que ser carrera. A veces, parar también es una manera de plantarse.
