A veces me sorprendo diciendo en voz baja algo que, si lo suelto en una comida familiar, cae como un vaso al suelo: no quiero tener bandera. No porque odie a nadie, ni porque me crea “más lista” que el resto. Es más simple y más raro: siento que, en cuanto me cuelgo una etiqueta grande en el pecho, mi cabeza se vuelve más pequeña.
Me pasa con la patria, con la ideología, con esos “nosotros” que vienen con manual de instrucciones. En teoría dan seguridad. En la práctica, a mí me aprietan. Me convierten la conversación en un partido, la vida en una trinchera y la duda en una traición. Y yo… yo necesito dudar para respirar.
Lo curioso es que no es que no quiera pertenecer a nada. Claro que quiero pertenecer. Solo que quiero elegir cómo y cuándo, como quien abre y cierra ventanas. Porque pertenecer, cuando es sano, se parece a una red para no caer. Pero cuando se vuelve absoluto, se parece a una jaula con bandera en la puerta.
He notado un patrón: cuando alguien me pregunta “¿tú de qué lado estás?”, lo que en realidad me está preguntando es “¿me vas a dar una respuesta que pueda archivar?”. Y a mí se me revuelve algo por dentro. No por llevar la contraria, sino porque mi experiencia es que los “lados” tienen hambre. Empiezan pidiendo una opinión y terminan pidiendo tu personalidad completa.
Yo no quiero ser un pack.
Lo que sí quiero —y esto lo digo sin ironía— es vivir creando sinergias. Me encanta esa palabra porque suena a taller, a manos, a gente distinta que se sienta a la misma mesa y fabrica algo que antes no existía. Quiero ayudar a la especie humana a progresar. Quiero que hagamos un mundo mejor. Quiero que colonizar la Luna y Marte sea un proyecto de cooperación y no una nueva forma de poner fronteras en el cielo.
Y aquí viene mi contradicción favorita: sueño con lo más grande, pero me pierdo con lo más pequeño. Puedo imaginar una base marciana con invernaderos y paneles solares… y al mismo tiempo me cuesta entender por qué en un grupo de WhatsApp la gente se destroza por un titular. Esa distancia entre lo que podríamos hacer y lo que hacemos me da una mezcla de ternura y rabia.
Entonces me inventé una especie de regla personal, para no convertirme en alguien que solo “se queja de los demás”. La llamo la prueba del puente:
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Si lo que voy a decir levanta un muro, lo reformulo.
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Si lo que voy a decir deja una puerta, lo digo.
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Si lo que voy a decir puede convertirse en puente… lo trabajo un poco más.
Suena ingenuo, sí. Pero me funciona como brújula. Porque he visto demasiadas veces cómo la ideología se vuelve un sustituto de pensar. Te ahorra esfuerzo: te da frases prehechas, enemigos preseleccionados, y una sensación deliciosa de estar “del lado correcto”. Es como comida rápida mental. Llena, pero no nutre.
Y ojo: no estoy diciendo que todo el mundo sea tonto o manipulable. Estoy diciendo algo más incómodo: yo también puedo caer ahí. A mí también me seduce la pertenencia cuando estoy cansada. A mí también se me calienta el ego cuando creo que tengo razón. Por eso no me fío de las banderas en mi cabeza. Porque sé que, en días malos, podría usarlas como excusa para dejar de mirar al otro como persona.
Cuando digo “no quiero patria”, lo que en realidad intento decir es: no quiero que mi cariño tenga pasaporte obligatorio. Puedo amar el lugar donde crecí, su comida, sus calles, sus manías… sin necesitar una narrativa épica para justificarlo. Puedo cuidar lo local sin convertirlo en superior. Puedo querer a “los míos” sin fabricar “los otros”.
Y cuando digo “no quiero ideología”, no quiero decir “no tengo valores”. Al revés. Mis valores son pocos y pesados: dignidad, curiosidad, compasión, y una obsesión: mejorar sin humillar. Si el progreso llega pateando gente, no es progreso; es maquillaje.
Me gusta imaginar que la humanidad se está entrenando para algo grande. Como si estuviéramos en una adolescencia torpe: llenos de potencial, llenos de drama, con tecnología de adulto y emociones de patio escolar. Y que lo realmente futurista no es la nave espacial, sino la capacidad de colaborar sin necesidad de convertir al otro en enemigo.
Si algún día pisamos Marte, ojalá sea porque aprendimos esto antes:
la inteligencia sin bondad es potencia; la bondad sin inteligencia es intención; juntas son futuro.
No sé si voy a ver esa base marciana. Pero sí sé que hoy, en mi vida pequeña, puedo practicar la versión terrestre del asunto: escuchar un poco más, reducir el eslogan, preguntar mejor, y construir puentes donde antes yo misma habría levantado un muro.
No es “ser neutral”. Es elegir, cada día, no regalarle mi cabeza a una bandera. Es decir: mi identidad no es un uniforme; es una herramienta. Y yo quiero usarla para sumar.
