Hay una frase que me persigue desde hace tiempo, como si alguien la hubiera escrito en la pared de un pasillo y yo no pudiera evitar leerla cada vez que paso:
—Está ahí por mérito… ¿o por cuota?
La he escuchado con distintos tonos: a veces como broma, a veces como dardo, a veces como “pregunta inocente” que no tiene nada de inocente. Y, aunque no siempre vaya dirigida a mí, me roza. Porque la sospecha no necesita nombre: le basta con el ambiente.
Soy mujer, trabajo en una organización pública y llevo años ascendiendo. He vivido en una época muy distinta a la de nuestras madres y abuelas. Yo he visto cómo se abrían puertas. He notado respeto. He sentido admiración, a veces incluso sorpresa, por llegar a donde estoy en un mundo que durante mucho tiempo fue bastante masculino en los puestos altos.
Y por eso mismo me duele tanto el giro que noto desde que se implantaron cuotas de género, lo que se suele llamar “discriminación positiva”. Porque, desde ese momento, algo se ha contaminado: el mérito ya no se presume. Se discute. Se pone en duda. Y eso no solo afecta a los hombres que compiten, también nos afecta a nosotras, incluso a las que hemos llegado sin atajos.
Voy a decirlo claro, sin rodeos, porque si no lo digo así luego me lío: estoy en contra de cualquier tipo de cuota.
No porque me parezca que las mujeres no necesiten apoyo. No porque niegue que ha habido discriminación histórica. Y desde luego no porque quiera volver a un pasado donde mandaban siempre los mismos. Estoy en contra porque creo que las cuotas, aunque nazcan con buena intención, son una manera torpe de hacer justicia. Una manera que, además, deja una resaca muy peligrosa: el resentimiento, la sospecha y la división.
Yo quiero igualdad. Pero no a la fuerza. No por decreto. No por turnos. La quiero por educación, por concienciación, por reglas iguales y por procesos limpios. Quiero un sistema donde nadie gane por ser hombre, pero tampoco por ser mujer. Un mundo donde el género no sea una llave, ni para abrir ni para cerrar.
El problema no es el objetivo. Es el método.
A veces siento que, cuando digo que estoy en contra de las cuotas, la gente escucha otra cosa. Como si automáticamente me estuviera alineando con quien no quiere cambios. Y no. Mi problema no es el destino: es el camino.
Las cuotas intentan arreglar una injusticia real (la infrarrepresentación) actuando directamente sobre el resultado final: quién se queda el puesto. Y ahí es donde, para mí, se rompe la idea de justicia.
Porque en la vida real no compiten “los hombres” contra “las mujeres”. Compiten personas. Individuos. Con su historia, su esfuerzo, su cansancio, su ambición y su esperanza. Y cuando alguien siente que el puesto se decide por un factor que no es el desempeño, la herida no es ideológica: es personal.
Yo puedo entender perfectamente que un hombre que se ha preparado durante años, desde abajo, luchando por ascender, sienta rabia si el puesto se lo queda una mujer con peor puntuación por el simple hecho de ser mujer. Lo entiendo. Y, además, me parece legítimo.
Igual que entiendo otra cosa que tampoco queda bonita decir: también he visto a mujeres llegar con menos méritos que otras, y he sentido una mezcla incómoda de enfado y tristeza. Porque yo he sudado cada paso. Y cuando el sistema empieza a premiar símbolos por encima de trayectorias, algo en mí se rebela.
No por envidia. Por principio.
Lo que más me preocupa es el efecto secundario: que el logro de muchas mujeres quede manchado. Que cada ascenso femenino se convierta en sospecha automática. Que tengamos que vivir justificándonos, como si lleváramos un cartel invisible que dice “demuestra que no eres cuota”.
Y eso es un retroceso. No en cifras, sino en cultura.
“Pero antes no se quejaban”
He oído mil veces el argumento del péndulo: “Durante décadas mandaron hombres sin que nadie lo cuestionara, ahora os aguantáis”. Lo comprendo. Tiene una parte de verdad histórica. Pero no lo compro como solución presente.
Porque el hecho de que antes hubiera una injusticia no convierte en justa cualquier corrección posterior. Corregir no es invertir. Corregir es construir un sistema nuevo donde el criterio sea defendible para cualquiera.
Si la respuesta a una discriminación es otra discriminación, aunque la llamemos “positiva”, lo que estamos haciendo es cambiar el color del privilegio, no eliminarlo. Y un privilegio con otro color sigue siendo privilegio. Solo que ahora va acompañado de aplausos obligatorios… y de murmullos por debajo.
A mí ese modelo me parece peligroso porque convierte el feminismo (que debería ser una lucha por igualdad de derechos) en una pelea por repartos. Y cuando la gente percibe que la igualdad es un reparto, se activa lo peor del ser humano: el “me quitan lo mío”.
Yo no quiero que la igualdad se construya desde el resentimiento. Quiero que se construya desde la convicción.
Lo que las cuotas rompen sin que lo veamos
Hay algo que no se dice mucho: las cuotas cambian el clima moral de una organización.
Antes, tú ascendías y tu historia era tu historia: temario, experiencia, puntos, entrevistas, objetivos. Ahora, con cuotas, hay un ruido constante: “¿por qué ella?” “¿por qué él?” “¿habría pasado igual sin cuota?”
Ese ruido no queda en el debate político. Se mete en la convivencia. En las miradas. En las bromas. En el respeto.
Y aquí viene lo más triste: quien sale perjudicada muchas veces no es la mujer “beneficiada”, sino todas. Porque la sospecha se contagia. Y el respeto cuesta años construirlo y segundos perderlo.
Yo he sentido esa sospecha en mí, aunque nadie la diga. He notado cómo algunas conversaciones cambian. He visto cómo se justifican méritos que antes se daban por hechos. Y no quiero vivir así.
Ni yo, ni ninguna.
Igualdad sí. Atajos no.
Entonces, ¿qué propongo? Porque si me quedo solo en “no cuotas” parezco una quejica y ya está. Y yo no quiero que esto sea una queja. Quiero que sea una idea.
Para mí, la clave está en cambiar el foco: en lugar de tocar el resultado final, hay que tocar el camino.
Si el problema es que menos mujeres llegan a puestos altos, lo que hay que preguntar es: ¿por qué llegan menos? ¿dónde se pierden? ¿qué frenos invisibles hay? ¿qué hábitos culturales hacen que la carrera sea distinta?
Y ahí, en ese “por qué”, sí que hay trabajo serio que no humilla a nadie y que mejora el sistema para todos.
Algunas ideas que me parecen más justas que una cuota:
1) Procesos transparentes y auditables.
No vale con decir “ha sido el mejor”. Hay que poder explicar por qué, con criterios claros y consistentes. Cuando el proceso es transparente, el rumor pierde fuerza. Y cuando el rumor pierde fuerza, el respeto crece.
2) Formación y preparación desde el inicio.
Si durante años se ha animado más a unos que a otras a liderar, hablar en público, negociar o asumir proyectos visibles, eso se corrige con formación real, sostenida, y con acceso equitativo a oportunidades. No con un empujón al final.
3) Mentorías y patrocinio profesional.
Esto es clave y se habla poco. Ascender no es solo “ser bueno”. Es que alguien te vea, te recomiende, te ponga en el mapa. Si sabemos que las redes han favorecido a hombres durante años, cambiemos las redes: programas de mentoría con objetivos concretos, no postureo.
4) Conciliación real para todos.
La desigualdad no se arregla solo con discursos. Se arregla cuando cuidar no te penaliza. Y para eso hay que normalizar que también los hombres concilien, que pedir flexibilidad no sea una marca de debilidad, y que el rendimiento se mida por resultados, no por presencia.
5) Cultura interna que no castigue a quien lidera diferente.
He visto a mujeres penalizadas por ser firmes (“mandona”), por poner límites (“difícil”), por no sonreír (“borde”). Eso no se arregla con cuotas. Se arregla con educación, con normas de respeto y con líderes que corten esos comentarios de raíz.
6) Evaluaciones ciegas cuando se pueda.
En algunos procesos se puede reducir el sesgo sin necesidad de cuotas: pruebas anónimas, rúbricas claras, comités diversos, rotación de evaluadores, revisión externa. Si el sistema se diseña bien, el género pesa menos sin necesidad de imponer nada.
¿Te das cuenta? Nada de esto le quita un puesto a nadie “por ser”. Todo esto mejora la competencia, la equidad y la confianza.
La justicia también es sentir que el juego es limpio
Para mí, la igualdad no puede basarse en “compensar” a costa de alguien concreto. Debe basarse en garantizar que las reglas son iguales para cualquiera que entre a jugar.
Porque hay algo que en una organización vale oro y casi nunca se menciona: la percepción de justicia. No solo la justicia real, sino la que la gente siente.
Si la gente siente que el juego está amañado, aunque sea por una buena causa, lo que consigue es desmotivación, cinismo y guerra fría.
Y la guerra fría dentro de una institución pública es un desastre: afecta al ambiente, al rendimiento, a la confianza y, al final, al servicio que damos.
Yo quiero que una mujer llegue arriba y que nadie tenga dudas. Que cuando entre en la sala, la frase sea:
“Ha llegado porque era la mejor candidata.”
Sin asteriscos.
Lo que me gustaría que pasara
Me gustaría que dejáramos de tratar el género como un punto extra en el marcador. Me gustaría que lo tratáramos como un dato que no debería importar en la decisión… porque ya hemos hecho el trabajo previo para que no importe.
No quiero una igualdad “de salida” que suene a reparto. Quiero una igualdad “de camino” que suene a justicia.
Y sí, soy consciente de que esto es más lento. Educar, concienciar, cambiar cultura, corregir sesgos, mejorar conciliación… todo eso lleva tiempo. Mucho más que poner una cuota y presumir de cifras.
Pero es que yo no quiero solo cifras. Quiero convivencia. Quiero legitimidad. Quiero respeto.
Quiero poder mirar a un compañero a los ojos y saber que, aunque no haya conseguido el puesto, entiende que lo perdió en buena lid. Y quiero poder mirarme a mí misma y sentir, sin ninguna sombra, que todo lo que tengo me lo gané.
Porque al final, lo que está en juego no es solo quién manda. Es cómo nos miramos mientras mandamos.
Y yo, sinceramente, no quiero mandar en un mundo donde el liderazgo se sospecha por cromos, ni por cuotas, ni por etiquetas.
Lo quiero en un mundo donde el liderazgo se gana. Y punto.
