Qué es la solastalgia y por qué me tocó tanto
Yo no sabía que esto tenía nombre hasta hace relativamente poco. Pensaba que era una tristeza rara mía, una manía, una forma exagerada de apegarme a los lugares. Pero no. A eso le llaman solastalgia: el malestar que aparece cuando tu entorno de siempre cambia para peor y tú sigues ahí, viendo cómo ese sitio que te daba cobijo deja de reconocerte. El término fue desarrollado por Glenn Albrecht, y una de las maneras más claras de entenderlo es esta: no es nostalgia por un lugar lejano, sino dolor por un lugar que todavía pisas, pero que ya no te sostiene igual.
Cómo lo empecé a notar sin darme cuenta
A mí me pasó con cosas pequeñas, de esas que nadie suele considerar una pérdida de verdad. No fue una inundación, ni una guerra, ni un desalojo. Fue algo más lento. Una calle que antes tenía sombra y ya no. Un árbol viejo que quitaron y que, para muchos, no era más que un árbol. Un patio donde antes se oían ciertas voces y ahora solo rebota el ruido. Un rincón que antes olía a tierra mojada y ahora huele a cemento caliente. Lo raro de todo esto es que, desde fuera, parece que una sigue en su sitio. La misma casa. El mismo barrio. La misma ruta de siempre. Pero por dentro una sabe que algo se desajustó.
No era simple nostalgia
Durante un tiempo creí que lo mío era pura melancolía. Ya sabes, esa costumbre de idealizar lo de antes y ponerlo más bonito de lo que fue. Pero no me cuadraba del todo. Porque yo no estaba extrañando una época únicamente. Estaba sintiendo un corte. Una especie de divorcio entre mi cuerpo y el lugar donde mi cuerpo había aprendido a descansar. Y eso es distinto. La nostalgia mira hacia atrás. Esto, en cambio, me estaba pasando delante de los ojos. Yo seguía allí, pero el consuelo del lugar ya no estaba allí conmigo. Por eso esta idea me pareció tan exacta y tan dura al mismo tiempo.
Las señales que me hicieron entenderlo
No lo noté de golpe. Lo fui entendiendo por detalles muy concretos:
- Empecé a sentir cansancio en sitios donde antes me calmaba enseguida.
- Me molestaban ruidos que años atrás ni registraba.
- Me sorprendía diciendo “ya esto no se siente igual”, aunque por fuera casi todo siguiera en pie.
- Dejé de caminar despacio por lugares que antes me invitaban a quedarme un rato.
- Empecé a echar de menos cosas que parecían demasiado pequeñas como para merecer duelo.
Y ahí fue cuando me cayó una verdad incómoda: no solo perdemos personas o etapas; también perdemos la forma en que un lugar nos abrazaba.
El problema de que nadie lo tome en serio
Lo que más me pesa de todo esto no es solo sentirlo, sino lo fácil que es que otros lo minimicen. Porque si tú dices que te duele que tu entorno haya cambiado, enseguida aparece alguien con una frase práctica: “bueno, así es el progreso”, “hay que adaptarse”, “peores cosas pasan”. Y sí, claro que peores cosas pasan. Pero esa manera de responder borra algo importante: que los lugares también participan en la construcción de una vida. No son puro decorado. No son una carcasa intercambiable. El paisaje cotidiano, el ruido habitual, la luz de cierta hora, la cercanía de una ceiba, una verja, una esquina, todo eso se va metiendo en una hasta volverse una forma de estabilidad.
Mi casa seguía ahí, pero ya no me descansaba
Esa es, para mí, la parte más extraña de todo. Yo podía abrir la puerta de siempre, poner la llave de siempre, sentarme en la misma silla, y aun así sentir que algo no me recibía igual. No es fácil explicar eso sin que parezca una exageración sentimental. Pero yo lo viví así: como si el sitio siguiera funcionando y, sin embargo, hubiera dejado de hospedarme del todo. Me puse a pensar entonces que quizá una no pertenece solo a una dirección ni a unas paredes. También pertenece a una cierta continuidad. A un acuerdo silencioso entre una y el mundo cercano. Cuando ese acuerdo se rompe, una se queda un poco huérfana, incluso sin haberse mudado.
Lo que más duele de esa ruptura
No es solo el cambio material. Lo que más duele, por lo menos en mi caso, es esto:
- sentir que algo íntimo fue alterado sin pedirte permiso;
- notar que tu memoria ya no encuentra dónde apoyarse;
- descubrir que el consuelo también puede erosionarse;
- darte cuenta de que hay pérdidas que no hacen ruido, pero desgastan igual.
Lo que intento hacer ahora
Yo no tengo una solución brillante para esto. No la voy a inventar. Pero sí he empezado a hacer algo: dejar de tratar esta pena como si fuera capricho. Nombrarla me ayudó. Saber que existe una palabra para este dolor me quitó vergüenza. Ya no siento que estoy “poniéndome dramática” por echar de menos un árbol, una sombra, una manera de sonar la tarde. Ahora entiendo que el vínculo con el lugar también forma parte de la salud de una persona, y que cuando ese vínculo se hiere, no basta con decir “ya me acostumbraré”. A veces sí me acostumbro. Pero otras veces no quiero acostumbrarme tan rápido. Quiero registrar que algo valioso se perdió.
Por qué este tema me parece tan poco banal
A mí este tema me parece enorme porque toca una verdad muy callada: no vivimos solo dentro de nosotros mismos. También vivimos repartidos en el entorno que nos acompaña. En la calle conocida. En el árbol que da sombra. En la vista que nos orienta. En los sonidos que, sin saberlo, nos regulan el alma. Por eso, cuando ese mundo cercano se rompe, no se rompe solo “afuera”. Se rompe también una parte doméstica y silenciosa de quienes somos. Y la verdad, a mí me parece que eso merece mucha más conversación de la que tiene. Porque perder un lugar sin irte de él es una de las formas más raras y más solitarias de tristeza que he conocido.
