Tengo veintitantos y a veces siento que si uno no quiere emprender, parece que ya fracasó antes de empezar. En todos lados te dicen que montés algo, que vendás algo, que aprovechéis internet, que no dependás de un jefe, que el pobre es pobre porque no piensa en grande. Y yo escucho todo eso y, sinceramente, me canso más. No porque sea haragán, ni porque no tenga sueños, ni porque quiera pasar la vida tirado sin hacer nada. Es que a veces solo quiero llegar de la chamba, comer algo, bañarme y no sentir culpa por acostarme temprano. Quiero un domingo sin estar pensando en “mi próximo proyecto”. Quiero ver una película sin que una parte de mi cabeza me diga que debería estar aprendiendo marketing digital, invirtiendo, creando contenido o buscando otra fuente de ingresos. Parece que ahora descansar es sospechoso, como si uno tuviera que justificarlo. Si digo que estoy agotado, alguien siempre sale con que “a tu edad tenés energía” o “ahorita es cuando hay que matarse”. Pero, ¿y si ya estamos bastante matados? Hay jóvenes trabajando por sueldos que apenas alcanzan, estudiando de noche, ayudando en la casa, aguantando transporte, deudas, presión y comparación. Y todavía nos piden que sonriamos y montemos un negocio en los ratos libres. Yo admiro a quien emprende, de verdad. Hay gente valiente que se arriesga y le pone corazón. Pero no todos queremos vivir así. Algunos solo queremos un trabajo decente, tiempo para respirar, dormir sin ansiedad y tener una vida sencilla que no sea vista como falta de ambición. Me da rabia que nos vendan el cansancio como mentalidad ganadora. Como si quemarse fuera madurar. Como si descansar fuera rendirse. Yo no quiero ser millonario a los treinta. No quiero presumir productividad. No quiero convertir cada minuto en dinero. Quiero estar bien. Quiero tener salud, familia, amigos, calma. Tal vez eso no suene grande, pero para mí ya sería bastante. Y si algún día emprendo algo, que sea porque me nace, no porque me hicieron sentir inútil por querer descansar.
Solo quiero descansar

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