Hay una idea que suena muy bonita: que dos personas pueden soñar lo mismo, como si hubiera un “puente” invisible en la noche. Yo también me he dejado tentar por esa vaina, no voy a mentir. Porque cuando uno se levanta con el corazón raro y alguien más te dice “parce, yo soñé algo parecido”, es fácil pensar que eso significa algo grande.
A mí me pasó hace poco, y lo cuento porque todavía me da risa y, al mismo tiempo, me deja pensativo.
Esa noche no hicimos nada especial: un episodio de una serie, comida rápida, y a dormir. En el edificio había un ruido fastidioso, como una gotera o un tubito vibrando, y yo me acosté pensando “mañana lo reviso”, como si uno fuera el administrador del universo. También dejé el celular cargando al lado, con un podcast bajito, de esos que uno pone para apagar la cabeza.
Al otro día, en la mañana, me encontré con alguien en la cocina (no importa quién, el caso es que compartimos techo). Yo estaba con cara de “me levanté pero sigo dormido por dentro”, y solté: “Uy, soñé que el edificio se llenaba de agua. Como una inundación, pero adentro. Rarísimo”. Y la otra persona se queda quieta y me dice: “¿En serio? Yo soñé con agua también. Que el piso estaba mojado y no se podía pasar”.
Ahí mismo se me erizó la piel, porque, ajá: ¿cómo así? Nos quedamos hablando, tratando de armar el sueño, como si fuera un rompecabezas. Yo dije que veía las escaleras como río. La otra persona dijo que veía la puerta como si estuviera hinchada por humedad. Y en mi cabeza se armó una película: “listo, esto es un sueño compartido, qué cosa tan loca, qué bacano”.
Pero la emoción dura poquito cuando uno se pone práctico. Al rato nos dimos cuenta de que el “ruido fastidioso” de la noche no era una gotera imaginaria: era el tanque del baño del vecino que estaba botando agua y sonaba toda la madrugada. Y el “podcast bajito” que dejé sonando… era uno de historias de barcos. No me acordaba. Me tocó mirar el historial del celular y ahí estaba, con un título de esos tipo “naufragios famosos”. O sea, agua por todos lados, pero no en el sentido místico: agua en forma de sonido, de idea repetida, de ambiente.
Y aun así, no siento que se vuelva cero. No es que “no valga”. Me quedé pensando que quizá lo compartido no es el sueño como mensaje, sino el contexto. Dormimos en el mismo lugar, con el mismo ruido, con el mismo cansancio, con la misma preocupación chiquita de “mañana toca resolver algo”. Es como si el cerebro agarrara lo que tiene a la mano y lo cocinara igual, porque los ingredientes eran los mismos.
Entonces, sí: soñamos parecido. Pero no porque el universo nos estuviera mandando una señal, sino porque el edificio estaba hablando por la tubería y porque uno se acuesta con la cabeza llena de cosas que ni registra.
Lo que me quedó, más que el sueño, fue una mini lección: a veces uno quiere que lo compartido sea una prueba de conexión profunda… y en realidad es un recordatorio de que vivimos pegados, respirando el mismo aire, oyendo los mismos ruidos. Y eso también es conexión, solo que menos poética, más de barrio, más humana.
