No me acuerdo casi nunca de los sueños. O, mejor dicho: me acuerdo de lo que me conviene. De paisajes raros, de gente que no veo hace años, de esas escenas absurdas donde uno se ríe y despierta livianito. Pero desde hace un tiempo me pasa otra cosa, bien fome: sueño con números.
No con “números” en plan Matrix, sino con cuotas, cachai. Con fechas límite. Con pantallazos de aplicaciones. Con el típico “tu pago fue rechazado” que en la vida real te llega a las 2:13 p. m. y te deja el estómago apretado, pero en el sueño aparece como si fuera una nube que te tapa el sol.
La primera vez me dio risa. Soñé que estaba en una fila eterna —una fila que se movía un centímetro cada cinco minutos, como si el tiempo también estuviera en oferta— y cuando por fin me tocaba, el tipo de la ventanilla me pedía mi RUT, después mi clave, después otra clave, después “una actualización pendiente”. Yo me desesperaba y le decía “pero si vengo a pagar, po”. Y el tipo, sin mirarme, me respondía: “te falta un documento que no existe”. Desperté con esa rabia ridícula que te queda cuando peleas con alguien en sueños y el cuerpo se lo cree.
Después empecé a pillar el patrón: esos sueños aparecen cuando he estado muy “en modo sobrevivir”. Cuando calculo mentalmente todo el día. Cuando cada compra la traduzco a “cuántas horas de pega son”. Cuando siento que estoy siempre atrasado, aunque vaya cumpliendo. Y ahí me cayó una idea que no me gusta, pero me hace sentido: quizá mis sueños no son un espacio libre, sino la oficina extendida. Un turno extra que nadie te paga.
En el día uno se acostumbra a vivir con recordatorios. Notificaciones, correos, mensajes. Todo suena como “solo quería avisarte…”. Y uno, por cansancio, se vuelve reactivo: responde, paga, agenda, corre. Pero el cuerpo no entiende de “horario”. Entonces, de noche, cuando ya no hay pantalla, el cerebro te pone una pantalla adentro. Como si dijera: “ya, si no lo revisaste despierto, lo revisamos dormido”.
Lo cuático es que en esos sueños no hay tragedia grande. No estoy soñando que me echan, ni que pierdo la casa, ni que pasa algo cinematográfico. Es algo más chico y más corrosivo: la sensación de estar siempre a punto de fallar por una tontera. Por un click. Por un número mal puesto. Por un “sistema en mantención”. Es el miedo moderno a quedar fuera sin que nadie te explique por qué.
He tratado de darle una vuelta “racional”. Como decir: bueno, si sueño con esto es porque mi mente está procesando estrés, ordenando prioridades, haciendo limpieza. Puede ser. Pero igual hay algo que me deja inquieto: ¿desde cuándo el descanso se convirtió en otra instancia de rendimiento? Hasta dormir parece tener que “servir para algo”. Y si no sirve, te castiga con insomnio o con sueños que te cobran intereses.
Una noche, en vez de pelearme con el sueño, hice algo simple: me levanté y anoté lo que había pasado. No como experimento científico ni nada, más bien como cuando uno hace una lista para dejar de cargarla en la cabeza. Escribí: “fila / ventanilla / claves / documento imposible / vergüenza”. Y al lado puse la escena real del día: había estado una hora tratando de resolver un trámite online que se caía a cada rato. Y ahí me dio una rabia más clara: no era mi “mala gestión del estrés”. Era que vivimos en sistemas que te exigen precisión de máquina, pero te tratan como si fueras culpable cuando fallan.
No quiero ponerme dramático, porque hay gente con problemas de verdad bravos. Lo mío es un fastidio con mala onda, no una tragedia. Pero sí creo que es un síntoma: estamos tan habituados a la lógica de la deuda —de tiempo, de plata, de atención— que hasta el inconsciente se nos volvió contable.
Desde entonces tengo una regla medio humilde: antes de dormir, dejo el celular lejos. No por detox espiritual, sino por higiene básica. Y si me pilla el sueño de las cuotas, trato de hacer una cosa rara: en vez de correr en la fila, me imagino saliéndome. Como si en el sueño pudiera ensayar una desobediencia chiquita. A veces resulta, a veces no. Pero cuando resulta, despierto con una sensación mínima de libertad: no porque haya “resuelto” la vida, sino porque por un rato mi cabeza dejó de ser una caja registradora.
Y eso, para mí, ya es harto. Porque hay noches en que lo único que uno quiere es dormir… sin que le cobren.
