Hay días en que yo siento que la convivencia social no se rompe por odio. Se rompe por campeonato.
Uno se monta en el autobús, baja a comprar pan, entra a una cola, abre el teléfono, y en todas partes parece estar ocurriendo la misma competencia secreta: quién corrige más rápido, quién se impone mejor, quién humilla con más elegancia, quién deja claro que no se deja joder. Como si convivir fuera una guerra chiquita y constante donde perder una discusión, ceder un puesto o admitir un error fuera casi una indignidad.
Yo antes no lo veía así. O mejor dicho: lo veía, pero me parecía normal.
Me parecía normal que la gente hablara atravesada. Me parecía normal esa tensión de fondo, ese “yo primero”, ese reflejo de estar siempre a la defensiva. Y claro, cuando uno normaliza eso, termina creyendo que convivir consiste apenas en aguantar a los demás sin explotar demasiado.
Pero no. Aguantar no es convivir.
Convivir, para mí, empezó a cambiar de sentido el día en que entendí algo que me dio hasta vergüenza aceptar: muchas veces yo no estaba intentando entender a nadie. Yo estaba intentando quedar por encima. Incluso cuando hablaba suave. Incluso cuando usaba palabras correctas. Incluso cuando parecía calmado. Por dentro, lo que yo quería era ganar.
Ganar la conversación.
Ganar la versión de los hechos.
Ganar el derecho a sentirme más sensato, más educado, más lúcido que el otro.
Y con esa mentalidad no hay barrio, familia, edificio, grupo de amigos ni país que aguante.
Porque la convivencia social no se daña solamente con violencia grande. También se erosiona con esa maña de convertir cualquier roce en una prueba de superioridad. La persona que no pide permiso. El que se cuela y encima se ofende. La que corrige para exhibirse. El que usa la ironía como si fuera inteligencia. La gente que jamás dice “capaz me equivoqué”. Todo eso va dejando un cansancio espeso, una sensación de que compartir espacio con otros es desgastarse administrando egos.
Y lo triste es que después nos sorprendemos de vivir tensos.
A mí me pasa algo: desconfío un poco de los discursos hermosos sobre empatía cuando no vienen acompañados de una renuncia concreta. Porque convivir no es solo “respetar al otro”, que suena lindísimo y no compromete tanto. Convivir también es tragarte a tiempo el comentario que te haría sentir brillante por cinco segundos y dejaría al otro chiquito por tres días. Es no descargar tu mal humor en el primero que tengas cerca. Es no usar cada diferencia como excusa para declarar estúpido al que no piensa como tú.
En otras palabras: convivir exige perder pequeñas oportunidades de lucirte.
Y eso cuesta muchísimo más de lo que admitimos.
Yo creo que una de las tragedias modernas es que hemos confundido carácter con incapacidad de aflojar. Hay personas que se sienten firmes solo si son duras. Solo si no ceden. Solo si responden. Solo si rematan. Y a veces la verdadera firmeza es otra cosa mucho menos vistosa: no devolver el golpe verbal, bajar el volumen, preguntar antes de acusar, dejar pasar una mínima ofensa para no convertir la vida en una cadena de venganzas microscópicas.
No porque uno sea bobo. Sino porque uno entiende el precio del ambiente que ayuda a crear.
Eso para mí es convivencia social: hacerse responsable del clima humano que uno va dejando detrás. No solo de las grandes acciones. También del tono. Del gesto. De la manera de disentir. De cómo se mira al desconocido que está estorbando sin querer. De cómo se trata al que no puede devolverte ningún favor.
A veces siento que quisiéramos una sociedad más amable sin pagar el costo personal de ser menos arrogantes. Queremos cordialidad, pero no queremos soltar la adicción a tener razón. Queremos comunidad, pero sin la molestia de soportar límites, lentitudes, torpezas ajenas. Queremos respeto, pero uno que no nos obligue a revisar nuestra forma de hablar.
Y así no se puede.
Yo no tengo una fórmula limpia para esto. Apenas una sospecha: quizás convivir mejor no empiece cuando aprendemos a amar muchísimo al prójimo, sino cuando dejamos de usarlo como superficie para descargar frustración, vanidad y hambre de superioridad.
Suena poco épico, ya sé.
Pero tal vez una sociedad no se sostiene solamente por grandes valores. Tal vez también se sostiene porque enough gente decide, varias veces al día, no convertir cada roce en una batalla.
A mí, por lo menos, eso me parece un comienzo bastante serio.
