A veces me quedo mirando a la gente en una fila del supermercado y me agarra una idea rara: qué criatura antigua que somos, ¿no? Estamos ahí, con luces frías arriba, el aire acondicionado como viento artificial, tarjetas que pitan, pantallas que nos dicen cuánto cuesta un kilo de algo… y sin embargo, por dentro, seguimos siendo el mismo animal que miraba el horizonte para ver si venía peligro.
Me pasa cuando alguien me habla fuerte detrás y se me acelera el corazón. No es “drama”; es cuerpo. Me pasa cuando siento que me observan y me cambia la respiración, como si de verdad hubiese una amenaza. Me pasa cuando entro a un lugar lleno de gente y mi cabeza empieza a contar salidas. Y pienso: esto no lo inventé yo. Esto es herencia. Evolución hecha reflejo.
Dicen que la evolución es lenta, que no pega saltos grandes de un día para el otro. Y yo lo entiendo. Pero también me da gracia amarga: cambiamos de cuevas a apartamentos, de fogones a microondas, de manada a grupo de WhatsApp… y el sistema de alarma sigue igual, ahí adentro, con su sirena lista. Solo que ahora se activa por correos, por notificaciones, por “tenemos que hablar”, por un visto sin respuesta.
A veces imagino que llevamos dentro una especie de museo viviente. En una vitrina está el miedo a la oscuridad: antes era depredador; ahora es el pasillo cuando se corta la luz. En otra vitrina está el impulso de pertenecer: antes era supervivencia; ahora es likes, invitaciones, quedar bien. En otra está la necesidad de controlar: antes era tener comida para el invierno; ahora es revisar la cuenta, ordenar la agenda, llenar el día para no sentir el vacío.
Lo curioso es que también heredamos herramientas hermosas. La capacidad de cuidarnos, de cooperar, de contar historias para calmarnos. La ternura, que parece frágil, pero es una tecnología vieja. Y el humor, que es como una fogata portátil: te juntás con alguien, se ríen, y de pronto el mundo no se siente tan hostil.
Escribo esto como una carta al aire porque a veces me consuela recordar que muchas cosas que siento no son “fallas”. Son rastros. Son el pasado respirando en mí. Y tal vez la evolución humana ahora no sea tanto “ser más inteligentes”, sino aprender a domesticar esa alarma interna sin apagarla del todo. A hacer paz con el animal que fuimos, para poder elegir mejor el humano que queremos ser.
