Hubo un tiempo en que yo vivía leyendo el mundo como si me estuviera escribiendo cartas. Si miraba el reloj y veía números repetidos, ya yo sentía que aquello quería decir algo. Si pensaba en una persona y al rato esa persona llamaba, me quedaba con la piel erizada, convencida de que la vida tenía una manera secreta de responder. Si una canción sonaba justo el día en que yo estaba triste, no era una coincidencia: era “por algo”. Y así fui armando una especie de telaraña invisible donde todo conectaba con todo. No hablo de superstición pura ni de una creencia cerrada, hablo de esa costumbre humana, muy silenciosa, de encontrar patrones aunque nadie los haya puesto ahí. Después supe que eso tiene nombre: apofenia. Pero antes de saber el nombre, yo ya conocía bien la sensación. Esa mezcla rara entre consuelo y desorden. Porque, claro, sentir que el mundo te manda señales puede aliviar, pero también cansa. Terminas agotada de tanto interpretar.
Lo más curioso es que una no se da cuenta enseguida de que está haciendo eso. Parece una forma de sensibilidad, incluso de inteligencia. “Yo me fijo”, me decía. “Yo capto cosas.” Y puede ser verdad, hasta cierto punto. El problema empieza cuando una deja de mirar la realidad como es y empieza a mirarla como un tablero lleno de pistas personales. Entonces cualquier detalle se vuelve sospechoso: un silencio, una frase dicha al pasar, un objeto que se cae, un recuerdo que vuelve justo ese día. A mí me pasó. Y no porque estuviera fuera de mí ni nada por el estilo. Me pasó por algo más simple y más humano: yo necesitaba sentido. Necesitaba sentir que el dolor, las dudas, las pérdidas y hasta los tropiezos tenían alguna forma de orden. Porque aceptar que muchas cosas ocurren sin mensaje, sin moraleja y sin destino especial da un poco de vértigo. Es duro asumir que a veces la vida no está hablando: solo está pasando.
Con los años empecé a desconfiar de esa necesidad mía de encontrarle intención a todo. No digo que me haya vuelto fría ni incrédula de golpe. Digo que empecé a hacerme preguntas más incómodas. ¿Y si no era una señal? ¿Y si era mi cabeza, desesperada por amarrar cabos? ¿Y si no había un mensaje escondido, sino un deseo mío de no sentirme tan perdida? Eso me bajó bastante a tierra. Me hizo ver que la mente, cuando tiene miedo o hambre de sentido, es capaz de bordar dibujos preciosos sobre cualquier pared. Y a veces esos dibujos ayudan, sí, pero otras veces nos apartan de lo más simple. En lugar de decidir, esperamos señales. En lugar de hablar claro, interpretamos gestos. En lugar de aceptar una pérdida, nos quedamos leyendo coincidencias como si fueran migas de pan. Yo he hecho eso. Por eso no lo digo juzgando a nadie. Lo digo con la vergüenza suave de quien se reconoce en sus propios enredos.
Ahora trato de vivir distinto. No totalmente distinta, porque sigo siendo una persona que se asombra, que se fija, que a veces se queda pensando demasiado en una casualidad. Pero ya no me entrego tan fácil a la idea de que todo viene dirigido a mí. Eso, lejos de volverme más vacía, me ha vuelto más libre. Hay una paz extraña en aceptar que no todo significa algo oculto. Que una canción puede sonar porque sí. Que un número repetido es, muchas veces, solo un número repetido. Que pensar en alguien antes de que llame no me convierte en elegida por el universo: me convierte en una persona que piensa en la gente. Y, fíjate, eso me parece hasta más bonito. Porque entonces el sentido no baja del cielo como un telegrama; lo vamos haciendo nosotros con lo que elegimos, con lo que cuidamos, con lo que decimos a tiempo. Yo antes quería descifrar el mundo. Ahora me conformo con habitarlo un poco mejor. Y, la verdad, me alcanza.
