Yo no estudié mucho, la neta. Yo aprendí a trabajar “a como se pueda”: cargar, manejar, limpiar, vender, arreglar cositas. Y por eso, cuando oigo eso de “el futuro del trabajo”, me da risa… pero de esa risa que viene con miedo.
Lo que nadie quiere admitir, o lo dicen bajito, es que el trabajo ya no es promesa segura. Antes, con un sueldo más o menos, te acomodabas. No eras rico, pero ibas sacando. Ahora siento que aunque te mates, no te alcanza igual. Y lo peor es que te hacen sentir culpable, como si fuera porque “no te esforzaste”, como si el problema fuera tu cara y no el sistema completo.
También nadie quiere decir lo obvio: vienen máquinas, programas, cosas con inteligencia esa… y no van a pedir permiso. No es que “nos van a ayudar” nomás. A muchos les van a quitar chamba, o les van a bajar el pago. Y si protestas, te dicen: “pues actualízate”. ¿Con qué tiempo? ¿Con qué dinero? ¿Quién te paga el curso cuando traes la renta encima?
Otra cosa que casi nadie dice: el trabajo se está volviendo una cosa de estar siempre disponible. Antes salías y ya. Hoy, aunque sea “informal”, te llega el mensaje, el pedido, la urgencia. Y si no contestas rápido, ya te cambian por otro. Como si uno fuera refacción. Como si uno no se cansara ni se enfermara.
Y aquí va lo que más me duele admitir yo: a veces ya ni sabemos quién es el enemigo. No es “el jefe malo” nomás. Es la prisa, la competencia, el miedo de quedarte atrás, y hasta uno mismo que acepta cosas por necesidad. Te ofrecen “flexibilidad”, pero es que tú pongas el cuerpo, el celular, la gasolina, el riesgo… y ellos se quedan con la parte bonita.
A mí me gustaría decir que todo se arregla con ganas, pero no siempre. Creo que el futuro del trabajo va a ser esto: unos pocos con trabajos cómodos y muchos brincando de una cosa a otra, cuidando no caerse. Y aun así, yo no quiero rendirme. Nomás quiero que dejemos de fingir. Que digamos la verdad: trabajar duro sigue valiendo… pero ya no alcanza si el juego está chueco.
