Hay días en que yo salgo temprano, con el sol apenas asomándose, y ya siento que ando tarde aunque todavía no haya pasado nada. Me monto en la guagua, miro a la gente con su cara de sueño, y me entra esa idea rara: como si el día fuera una carrera que se empieza antes de la salida. Y lo peor es que esa prisa no siempre viene de afuera. A veces la llevo yo por dentro, como una aplicación que se abre sola.
En República Dominicana uno aprende temprano que el trabajo es serio. Aquí se trabaja duro, “a lo dominicano”: resolviendo, inventando, metiendo mano, buscando la vuelta sin perder la dignidad. Pero también uno aprende otra cosa, más silenciosa y más vieja: que la vida no se aguanta solo con esfuerzo, que también se aguanta con goce. Con un “ven, siéntate un chin”, con una conversación de esquina, con una risa que te arregla el ánimo aunque el bolsillo no esté tan contento.
Lo que me tiene pensando es esto: ¿en qué momento el goce empezó a darme culpa?
El sudor con sonrisa: lo que me enseñó mi gente
Yo he visto a mi mamá terminar el día molida, y aun así sacar un minuto para reírse de una vaina chiquita. He visto a un vecino fajarse de sol a sol y, cuando cae la tarde, sentarse frente al colmado (sin alboroto, nada del otro mundo) a hablar de pelota, de la vida, de lo que sea. No era vagancia. Era mantenimiento del alma.
Esa es la parte caribeña que a veces la gente de afuera confunde: creen que uno vive “relajao” porque sí. Pero no. El goce aquí muchas veces es una herramienta. Un modo de no romperse. Una forma de decir: “Yo no soy una máquina”.
La ansiedad moderna: un motor que no apaga
Entonces llegó lo moderno, con su brillo y su promesa. El celular, las notificaciones, la idea de que siempre hay algo que optimizar. Y sin yo darme cuenta, se me metió un juez en la cabeza. Un juez que me mira cuando descanso y me pregunta: “¿Y tú qué haces? ¿No ves que podrías estar adelantando algo?”
Es una ansiedad fina, elegante, casi invisible. No es un grito. Es un zumbido. Te sientas a ver el cielo un rato y te sientes improductivo. Te ríes con un amigo y te entra la sospecha de que estás perdiendo tiempo. Te acuestas temprano y te parece que estás fallando en algún lado, aunque tú no sepas en cuál.
La culpa como alarma falsa
Yo creo que la culpa, en este tema, funciona como una alarma dañada: suena aunque no haya fuego. Se activa no porque estés haciendo algo malo, sino porque no estás “haciendo” nada medible.
Y ahí es donde el balance caribeño choca con la ansiedad moderna. Porque el Caribe, por lo menos como yo lo siento, no separa tanto la vida en cajones. Aquí el trabajo y el goce se miran de frente. Uno sabe que hay que cumplir, pero también sabe que si tú te secas por dentro, después no rindes ni afuera.
Un balance posible: ritmo, no excusa
No estoy idealizando nada. También aquí se vive estrés, se vive presión, se vive “no me da”. Pero me pregunto si la respuesta no es escoger un ritmo más humano: trabajar con intención y gozar con respeto. Sin que el goce se vuelva fuga, y sin que el trabajo se vuelva castigo.
A mí me ha servido una idea sencilla: tratar el goce como parte del trabajo, no como el premio del final. Como cuando uno le cambia el aceite al carro: tú no esperas a que el motor se funda para cuidarlo. Tú lo cuidas para que siga.
Entonces yo empecé a hacer algo pequeño: ponerle nombre a mis pausas. No “perder el tiempo”, sino “recargar”. No “tirarme”, sino “volver a mí”. Y suena simple, pero a mi mente le cambia el mapa. La culpa se queda sin argumento.
Al final, el balance que yo quiero no es elegir entre la alegría y la responsabilidad. Es recordar que la alegría también es responsabilidad. Porque si yo me quito el goce por culpa, lo que me queda es un cuerpo trabajando y un alma apretada. Y eso, mi hermano, no es progreso: es cansancio con traje nuevo.
