Antes me pasaban cosas raras y las dejaba pasar nomás. Pensaba “ya, qué loco” y seguía con mi día. Pero de un tiempo a esta parte me empezó a quedar dando vueltas la sensación de que hay días en que la vida se pone insistente. Como si quisiera decirme algo, pero sin hablar claro.
No me refiero a cosas enormes. Nada de señales del universo ni esas cuestiones grandilocuentes. Hablo de cosas chicas. Muy chicas. De estar pensando en alguien que no veo hace años y que justo ese mismo día aparezca su nombre en una conversación cualquiera. De acordarme de una canción antigua y que a los diez minutos suene en un negocio. De abrir un cajón buscando una boleta y encontrar una foto que no veía hace siglos, justo cuando andaba con la cabeza metida en recuerdos.
Capaz todo tiene una explicación súper simple. Seguramente la tiene. El cerebro une puntos, busca patrones, ordena el caos para no volverse loco. Ya lo sé. Pero igual hay coincidencias que me dejan incómodo. No asustado. Inquieto, más bien.
Me pasó hace poco una tontera que se me quedó pegada.
Iba en la micro, medio cansado, pensando en un vecino que murió hace años. No sé por qué me acordé de él. Ni siquiera éramos cercanos. Pero me acordé clarito de su manera de barrer la vereda, siempre como si estuviera enojado con las hojas. Me dio hasta risa pensarlo. Bueno, la cosa es que me bajo, camino dos cuadras, y veo apoyada afuera de una casa una escoba exactamente igual a la que usaba ese señor. Igualita. Vieja, media torcida, amarrada con alambre en una parte.
Sé que esto, contado así, suena tonto. Una escoba es una escoba. Pero en ese momento sentí esa clase de silencio raro que aparece cuando algo te toca por dentro y no sabes bien por qué.
Y no, no creo que el vecino me estuviera mandando mensajes desde ninguna parte. Tampoco estoy inventando una película. Lo que digo es otra cosa: que a veces una coincidencia te deja sintiendo que la realidad no es tan fría ni tan automática como uno se obliga a creer.
Como que hay días en que todo queda demasiado cerca.
El recuerdo, el objeto, la persona, la frase, el momento.
A mí esas cosas me hacen frenar un poco. Porque uno vive apurado, tratando de cumplir, de llegar, de responder, de pagar cuentas, de no atrasarse. Y de repente pasa algo mínimo que no sirve para nada práctico, pero igual te mueve el piso. No te resuelve la vida. No te da plata. No te arregla los problemas. Solo te hace mirar distinto por un rato.
A veces pienso que las coincidencias son una forma rara de la memoria. Como si la cabeza, el cuerpo y el mundo se pusieran de acuerdo por un segundo para dejar algo a la vista. Algo que estaba ahí, pero que uno no quería mirar tanto.
Otras veces creo que simplemente andamos demasiado dormidos y, cuando por fin prestamos atención, todo parece misterioso.
Puede ser eso también.
De hecho, casi seguro es eso.
Pero igual me gusta pensar que no todo tiene que quedar completamente explicado para tener valor. Hay cosas que no necesitan una teoría perfecta. Basta con que te hagan sentir un pequeño tirón por dentro. Un “qué extraño esto”. Un “por qué justo ahora”. Un “qué ganas de llamar a tal persona” o “qué ganas de volver a pasar por tal calle”.
Últimamente me pasa seguido.
Y en vez de pelearme con eso, lo estoy dejando entrar un poco más.
No para volverme supersticioso ni nada por el estilo. Solo para recordar que la vida no siempre avanza en línea recta. A veces se dobla, se repite, te pone algo enfrente dos o tres veces hasta que por fin lo pescas.
Capaz no significa nada.
Capaz significa solamente que sigo vivo y atento.
Y, la verdad, entre tanto día igual al otro, no me parece poca cosa que todavía haya detalles tan mínimos capaces de dejarme pensando toda la tarde.
Si quieres, te hago otro todavía más distinto, por ejemplo con voz de hombre mayor, de chica joven, de alguien más seco, más gracioso o más bruto al escribir.
