Vengo pensando en el humor, pero no ese humor de contar chistes para quedar bien, sino el otro: el que te rescata cuando te estás hundiendo en tu propia vergüenza.
A mí la vergüenza me agarra fuerte. Me cae como una sábana mojada: pesada, pegajosa, imposible de sacudir. Me basta un error chiquito para que mi cabeza haga película completa. Hoy, por ejemplo, se me volcó el café en la mochila. Nada grave. Pero yo lo vi como un juicio: “Qué bruto, pe. ¿Cómo no te das cuenta?”. Y ahí empezó el replay, al toque, como si alguien apretara “repetir” en mi cerebro.
En la combi, tratando de salvar lo que podía con servilletas, sentí esa mirada imaginaria de los demás. Capaz nadie miraba. Capaz todos estaban en lo suyo. Pero mi cuerpo ya estaba en modo alarma: calor en la cara, garganta seca, manos torpes. Y la parte más pesada no era el café. Era el “ya fue, ya la arruinaste” que se me instala adentro.
Antes, yo respondía a eso poniéndome más duro. Me decía: “Ahora sí, concéntrate, no te vuelvas a equivocar”. Como si la solución fuera apretar más. Pero esa presión solo me deja más frágil. Es como agarrar un vaso de vidrio con demasiada fuerza: lo terminas rompiendo.
Hace un tiempo empecé a probar otra cosa, bien simple, casi tonta: reírme, pero con cuidado. No burlarme de mí, sino hablarme con una sonrisa. Hoy, mientras secaba la mochila, me salió solo: “Bueno, causa, café con aroma a aventura”. Lo dije bajito, para mí. Y no es que el problema desapareciera. Pero mi pecho soltó un poquito. Como si el humor abriera una ventana y entrara aire.
Ese es el tipo de risa que me interesa. La risa que no tapa el dolor, solo lo afloja. La risa que no te deja solo. Porque cuando me equivoco, yo me abandono rapidísimo: me trato como si fuera un estorbo. Y ahí el humor se vuelve un puente. Me devuelve la mano.
Me ayuda imaginar que, si yo viera a otra persona en la misma, no la juzgaría. Le diría: “tranqui, a cualquiera le pasa”. Entonces intento prestarme esa misma voz. A veces sale tarde, a veces me cuesta, pero cuando aparece, siento que la piedra se hace más liviana y que el día se abre un poquito.
Lo curioso es que esa risa chiquita también me conecta con algo más grande. Suena raro, pero lo siento: cuando me río así, sin maldad, es como decirle a la vida “ya, pues, te vi… pero yo sigo”. Es una oración sin religión. Un acto mínimo de fe en que no tengo que ser perfecto para merecer paz.
Así que, si alguien está leyendo esto y anda con la vergüenza encima, ojalá se regale un chiste suave. No para negar lo que duele, sino para acompañarse. Como quien se pone una manta, no para borrar el frío, sino para poder atravesarlo. Y si hoy se te cayó el café, o la palabra, o el ánimo… tranqui. Respira. Limpia lo que puedas. Y, cuando salga, suelta una risita chiquita, de esas que dicen: “Sigo aquí”.
