Hay una mentira que me cuento casi todas las noches. No es una mentira escandalosa, de esas que arruinan vidas. Es más bien una mentirita tibia, de bolsillo, como una manta liviana. Y lo raro es que no me da culpa. Al contrario: me ordena el pecho. Me baja el ruido. Me deja dormir.
La mentira dice así: “Mañana lo arreglo.”
No “mañana lo resuelvo todo”, no “mañana me convierto en una persona nueva”. Solo: mañana lo arreglo. Como si el futuro fuera un taller con herramientas perfectas, y yo, descansada, pudiera enderezar lo que hoy quedó chueco.
La primera vez que me pillé diciéndome esto, me dio risa. Porque yo sé que mañana, muchas veces, no arreglo nada. Mañana también me distraigo, también me canso, también dudo. Mañana también soy yo. No aparece un reemplazo más sabio y más valiente. Pero igual, a la hora de apagar la luz, esa frase hace algo precioso: me da permiso.
Me da permiso de no estar lista.
Yo tengo una cabeza que no suelta. Se queda repasando conversaciones como si fueran escenas de una serie: “¿por qué dije eso?”, “¿por qué no respondí?”, “¿y si se enojó?”, “¿y si entendió otra cosa?”. También repasa pendientes: el correo que no mandé, el pago que no revisé, la llamada que me da paja hacer, el plan que nunca termino de armar. Y todo eso, a las once y media de la noche, se siente urgentísimo. Como si el mundo estuviera esperando mi decisión para seguir girando.
Entonces aparece mi mentira. Se sienta al borde de la cama y me habla con voz tranquila: “Ya. Suelta. Mañana lo arreglas”.
Y en esa calma hay una trampa bonita: porque no es verdad… pero funciona.
Lo que en realidad está pasando, creo yo, es que mi mente necesita cerrar el día. Necesita un final, aunque sea provisorio. Si no, se queda abierta como una pestaña del navegador, consumiendo energía sola. Mi mentira es un “guardar y salir” emocional. Le pone un broche a lo que quedó desordenado, aunque sea con una cinta medio chueca.
Con el tiempo, la mentira se fue volviendo más sofisticada. A veces no digo “mañana lo arreglo”, sino:
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“Esto no se decide ahora.”
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“No es tan grave.”
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“Hoy ya hiciste suficiente.”
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“Nadie te está evaluando.”
Y acá viene lo interesante: esas frases suenan a autoayuda barata… hasta que las probás en el momento exacto en que tu cuerpo necesita aflojar. Ahí dejan de ser frases y se vuelven una técnica de supervivencia suave.
Yo antes pensaba que para dormir había que estar “en paz”. Como si la paz fuera un estado limpio, sin dudas, sin culpas, sin pendientes. Una paz de postal. Pero la vida no es así. La vida es con migas en la mesa y ropa por doblar. Y el sueño, al menos para mí, no llega cuando todo está resuelto. Llega cuando dejo de pelear con lo irresuelto.
Por eso mi mentira favorita no es “mañana lo arreglo”, sino esta otra, más profunda: “Estoy a salvo.”
No porque no existan problemas. Existen. No porque el mundo sea justo. No siempre. Sino porque, en este instante, acostada, respirando, con una frazada encima, mi cuerpo puede bajar la guardia. “Estoy a salvo” es una orden amable al sistema nervioso. Es como decirle al animalito asustado que vive adentro mío: “Ya. No hay león en la pieza. Apaga las antenas un rato”.
Y sí, también es una mentira parcial, porque la seguridad total no existe. Pero es una mentira útil, como la ficción. Igual que cuando leés una novela: sabés que no es real, pero tu emoción responde. El cuerpo no distingue tan bien entre lo literal y lo sentido. Por eso un recuerdo te acelera el corazón. Por eso una canción te rompe. Por eso un pensamiento te desvela. Si el pensamiento puede desvelarte, también puede arrullarte.
Entonces, en vez de pelear contra mi cabeza, le doy trabajo.
Le cuento una historia.
A veces imagino que mi mente es una oficina y yo soy la guardia de noche. Recorro los pasillos, apago luces, cierro cajones. “Listo, esto queda para mañana.” “Listo, esto se puede esperar.” “Listo, esto no es una emergencia.” Y cuando termino la ronda, firmo un papel invisible: turno cerrado. En serio, puede sonar ridículo, pero me ayuda. Porque la mente, cuando está ansiosa, necesita señales concretas. No entiende solo con “relájate”. Entiende con rituales.
Y acá viene la parte honesta: mi mentira no es para engañarme, es para cuidarme.
Porque hay noches en que lo que me cuento no es “mañana lo arreglo”, sino “hoy sobrevivimos”. Hay días pesados en que el mejor logro es llegar a la cama sin romperse. Y si yo fuera mi amiga —una amiga de verdad— no le diría “exígete más”. Le diría “descansa”. Así que me lo digo a mí.
Con el tiempo, empecé a notar que dormir mejor no depende tanto de controlar los pensamientos, sino de cambiar el tono con el que me hablo. Si me hablo como juez, no duermo. Si me hablo como cuidadora, aflojo.
Así que sí: me cuento una mentira.
Pero es una mentira que tiene un corazón bueno. Una mentira que no tapa la realidad, solo la deja en pausa. Una mentira que me recuerda algo simple: el mundo puede esperar un poco… y yo también merezco descansar.
Y cuando por fin me quedo dormida, la mentira se queda en la mesa de luz, como un papelito doblado. No promete milagros. Solo promete una cosa chiquita y humana: que mañana, con suerte, lo miramos de nuevo. Con otros ojos. Con menos miedo. Con más aire.
