Yo esto lo vengo cargando hace años. Años de sonreír cuando me dicen “qué bien te quedó” y por dentro sentir un frío, como si me hubieran apuntado con una linterna justo en la parte donde no quiero que miren. Años de escuchar elogios como quien escucha una alarma a lo lejos: no es un sonido bonito, es un aviso. “Te están mirando”. “Se van a dar cuenta”. “Fue suerte”. “Hoy sí, pero mañana…”.
Lo raro es que nunca lo cuento así, sin peinarlo. Siempre lo digo en chiste, como pa’ quitarle peso: “No, asere, yo me cuelo por la rendija”, “yo estoy aquí de casualidad”, “a mí me queda grande el cargo”. La gente se ríe, y listo. Se acabó el tema. Pero adentro no se acaba nada. Adentro el síndrome del impostor se queda sentado, tranquilito, como si viviera conmigo y pagara la renta.
Yo lo siento como una presencia. No como un pensamiento suelto, sino como una manera de estar en el mundo: caminar con cuidado, hablar con cuidado, no pedir demasiado, no ocupar demasiado espacio. Como si el permiso para existir viniera con condiciones.
Al principio yo creía que era humildad. Y oye, la humildad está bien. Pero esto no es humildad, mi hermano. Esto es miedo disfrazado. Miedo a no estar a la altura. Miedo a que un día alguien diga “ya, ya, se acabó el show” y me devuelvan a un lugar donde supuestamente pertenezco. Y lo peor es que ese lugar no existe. Es una idea. Un cuarto inventado en mi cabeza, con una puerta que siempre se cierra.
Yo aprendí a funcionar así: haciendo más de la cuenta. Preparándome de más. Revisando tres veces. Ensayando lo que voy a decir. Leyendo las señales del otro como si fueran un examen. Si me invitan a algo, yo no voy: yo me presento, como si fuera una audición. Si entrego un trabajo, no lo entrego: lo deposito con nervios, como quien deja una caja frágil en la puerta y sale corriendo.
Y entonces pasa algo: sale bien. Muchas veces sale bien. La gente lo aplaude, lo valora, lo agradece. Y yo… yo no lo registro como logro. Lo registro como “me salvé”. Como si cada cosa bien hecha fuera un accidente afortunado, no una prueba de capacidad.
Si algo sale mal, ahí sí lo registro completo. Con detalle. Con lupa. Con castigo.
Esa asimetría me ha acompañado tanto tiempo que ya parece mi personalidad. Pero no lo es. Es una costumbre emocional. Una forma torcida de protegerme: si yo mismo me bajo antes de que me bajen, duele menos. Si yo digo “no valgo”, entonces nadie me puede sorprender con la misma frase. Es una estrategia vieja, y funciona… hasta que te cansa el alma.
Porque vivir con síndrome del impostor es vivir en una vigilancia. Una vigilancia interna. Una cámara que no se apaga. Y tú te acostumbras tanto que ni te das cuenta de que estás tenso. De que estás apretando la mandíbula. De que estás respirando cortico. De que tu alegría siempre viene con una coletilla: “no te confíes”.
Yo no sé en qué momento se sembró esto, pero sí sé cómo creció. Creció con comparaciones. Con ese “mira fulanito” que parece inofensivo. Creció con la idea de que hay que ganarse el cariño con desempeño. Creció con elogios raros, de esos que te ponen una etiqueta pesada: “tú eres el inteligente”, “tú eres el responsable”, “tú siempre puedes”. Eso suena lindo, pero a veces es una trampa. Porque si siempre puedes, ¿cuándo descansas? Si eres “el que resuelve”, ¿cuándo te equivocas sin perder valor?
Y yo me lo creí. Me lo tatué. Me hice un personaje útil.
Con los años, el personaje se volvió jaula.
Lo más fuerte es que el impostor no aparece solo cuando estoy arriba. También aparece cuando estoy aprendiendo. Porque yo no me permito ser aprendiz. Yo quiero ser experto desde el minuto uno. Y si no lo soy, me da vergüenza. Me da esa vergüenza silenciosa que te seca la garganta y te hace decir “no importa” cuando sí importa. Me hace fingir que entendí para que nadie note que estoy perdido.
¿Te das cuenta? Es absurdo. Uno nace sin saber caminar y nadie te humilla por caerte. Pero de adulto, uno se cae en público y siente que perdió la dignidad completa. Como si equivocarse fuera una confesión: “mira, no eres quien dices ser”.
Yo llevo años tragándome ese tipo de ideas como si fueran verdades.
Y hoy, por alguna razón, me cansé. No me volví valiente de golpe, no. Pero me cansé. Me cansé de vivir como si me estuvieran evaluando todo el tiempo. Me cansé de que mi autoestima dependa de resultados. Me cansé de esa voz interna que no celebra nada, solo exige.
Porque esa voz no me ha hecho mejor. Me ha hecho más pequeño.
Hay algo que nunca digo, y hoy lo digo aquí, a este aire que no pide explicaciones: yo he sentido miedo de que me quieran por error. Como si yo fuera un malentendido simpático. Como si mi lugar en la vida de los demás fuera una confusión administrativa que un día van a corregir.
Y qué cosa más triste, ¿no?
A veces el síndrome del impostor se presenta como “realismo”. Te dice: “No te creas la gran cosa”. Y claro que no soy la gran cosa. Nadie lo es. Pero el truco está en que ese “realismo” viene con veneno: no es para ubicarme, es para borrarme. No es para mantener los pies en la tierra, es para que no me atreva a levantar la mirada.
Y yo estoy harto de vivir mirando el piso.
Entonces hice un ejercicio raro, pero me sirvió: empecé a cambiar la pregunta. En vez de “¿y si se dan cuenta?”, probé con “¿y si ya se dieron cuenta… y aun así me eligen?”. En vez de “¿y si fue suerte?”, probé con “¿y si la suerte también se trabaja?”. En vez de “no soy suficiente”, probé con “estoy en proceso”.
Suena simple. Suena a frase de taza. Pero cuando uno la dice de verdad, con el cuerpo, se siente diferente. Es como aflojar una cuerda.
También empecé a mirar mi historial, no el de los otros. El mío. Mis intentos, mis constancias, mis regresos. Porque el impostor tiene una habilidad tremenda: borra tu esfuerzo y te muestra solo el resultado. O peor: te muestra solo lo que falta. Y sí, siempre falta. Siempre habrá alguien mejor, más rápido, más brillante, más listo. Siempre. La comparación es un pozo sin fondo. Si yo me pongo a vivir ahí, me hundo.
Pero si me quedo conmigo… si me quedo en mi propio camino… entonces la cosa cambia.
Y ojo: yo no estoy diciendo que el síndrome del impostor se cura con pensamiento positivo. No. Hay días en que vuelve con fuerza. Hay días en que me levanto y siento que no tengo permiso para estar donde estoy. Hay días en que un comentario mínimo me activa el viejo pánico. Eso pasa. Pero ahora, por lo menos, lo reconozco. Ya no me confundo tanto con esa voz. Ya no creo que sea “yo”. Es una parte mía, sí, pero no es toda mi identidad.
Es como una alarma sensible.
Y si es una alarma, entonces también puede ser una señal de cuidado. Una señal de que me importa hacer las cosas bien, de que no soy indiferente, de que tengo conciencia. El problema no es sentir responsabilidad. El problema es que esa responsabilidad venga sin compasión.
Así que lo que estoy intentando —y esto lo digo como quien lo suelta después de años— es darme permiso para ser humano sin justificación. Ser humano con logros y con errores. Ser humano con días buenos y días torcidos. Ser humano que aprende en voz alta y no se castiga por preguntar.
Porque yo he vivido demasiado tiempo como si tuviera que merecer el cariño con rendimiento. Y esa es una forma de soledad.
Hoy quiero practicar otra cosa: recibir. Recibir un “qué bien” y dejarlo entrar, aunque sea un poquito. Recibir un “gracias” y no devolverlo con “no fue nada”. Recibir el reconocimiento como se recibe el sol en la cara: sin análisis, sin defensa.
Y si mañana vuelve la voz del impostor, bueno… que vuelva. Yo la conozco. Ya sé por dónde entra. Ya sé cómo se disfraza. Pero también sé algo nuevo: yo no tengo que obedecerla.
Porque yo no soy un fraude. Soy una persona.
Y si he llevado esto tantos años en el pecho, tal vez era porque me faltaba decirlo en algún lado, sin hacerme el fuerte, sin hacerme el chistoso, sin esconderlo detrás de la eficiencia. Decirlo y soltarlo. Como quien abre una ventana después de mucho tiempo y deja que salga el aire viejo.
Aquí lo dejo, entonces. No para que alguien me aplauda, sino para que, por fin, me alcance un poco la paz.
