El ruido pequeño
El pedal derecho de la bicicleta hacía un tac tac cada vez que pasaba frente a la canchita del barrio. No era un ruido grande, ni dramático, ni de esos que obligan a parar en seco. Era más bien una piedrita adentro del pensamiento. Tac tac al cruzar la calle empedrada. Tac tac junto al portón verde donde siempre hay ropa colgada. Tac tac frente al almacén, donde una señora acomodaba tomates con una paciencia que parecía de otro tiempo. Yo seguía pedaleando igual, como si bastara ignorar una cosa para que se arreglara sola.
Esa mañana llevaba en la mochila un termo, dos documentos doblados y una lista de mandados escrita en la parte de atrás de una factura. Había salido temprano para hacer todo rápido: pagar, comprar, volver, cocinar algo sencillo. La rapidez tenía su propio orgullo. Me gustaba creer que si apuraba el cuerpo, también se ordenaba la cabeza. Pero el pedal insistía con su golpecito torcido. Al llegar a la avenida, el ruido ya no venía solo de la bicicleta. Venía también de mí, de esa forma mía de seguir funcionando aunque algo estuviera pidiendo una pausa.
La paciencia del gomero
El gomero estaba sentado bajo una media sombra azul, tomando tereré en un vaso de aluminio. Había cubiertas colgadas como aros negros, una radio baja y un perro echado al lado de una llanta. Le mostré la bicicleta con una vergüenza medio absurda, como si el pedal roto fuera una falta personal. Él la levantó, giró la rueda, apretó con los dedos una tuerca, escuchó el tac tac y no dijo enseguida qué había que comprar. Eso me sorprendió. Yo ya estaba listo para que me mandara a buscar repuesto, para calcular la plata, para suspirar con esa resignación de quien piensa que todo arreglo empieza con gastar.
Sacó una llave gastada, un trapo y una arandela de una latita donde guardaba piezas sin pareja. Trabajó despacio nomás, con esa calma que no pide permiso. Mientras ajustaba, comentó que muchas cosas quedan flojas antes de romperse, pero uno escucha tarde porque vive corriendo detrás de lo siguiente. No lo dijo como sentencia. Lo dijo mirando el pedal, sin levantar la voz, como quien habla del clima o de una cubierta pinchada. Yo asentí, pero por dentro la frase se quedó moviéndose. Pensé en mensajes que contesté de cualquier manera, en conversaciones que dejé para después hasta que se enfriaron, en proyectos que abandoné porque no salieron derechito al primer intento. Había tratado varios asuntos de mi vida como si fueran piezas descartables, cuando quizá solo necesitaban otra arandela, otro ángulo, una mano más paciente.
La vuelta más larga
La bicicleta salió del taller sin ruido. No perfecta, no nueva, no brillante: simplemente más entera. Pagué lo que correspondía y me quedé un momento parado en la vereda, con una sensación rara de haber recibido algo más que un arreglo. La avenida seguía igual, con colectivos frenando fuerte, motos esquivando pozos y un vendedor empujando su carrito bajo el sol. Sin embargo, algo se había corrido un poco de lugar. No era el mundo, claro. Era mi manera de entrar en él esa mañana. En vez de tomar el camino corto, doblé hacia una calle con más árboles, aunque me demorara.
Pedalear sin el tac tac me hizo notar otros sonidos: una escoba raspando la vereda, una puerta metálica levantándose, dos chicos discutiendo si la pelota había salido o no. La ciudad no se volvió amable de golpe, pero dejó de parecerme una lista de obstáculos. Me acordé de la señora de los tomates y de cómo acomodaba uno por uno sin hacer teatro con su paciencia. Tal vez apurarse no siempre era eficiencia; tal vez algunas vueltas largas servían para que una idea encuentre sitio. En el semáforo, en vez de revisar el celular, miré mis manos sobre el manubrio. Tenían grasa en un dedo. Me dio risa. Una marca mínima, pero suficiente para recordar que también yo podía ser ajustado sin tener que empezar desde cero.
Lo que queda andando
Al volver a casa, dejé la bicicleta en el patio y no entré enseguida. Había ropa seca en la cuerda, una silla con una pata floja y una maceta rajada donde igual crecía una planta. Antes, esas cosas me hubieran parecido tareas acumuladas, pequeñas derrotas domésticas esperando turno. Esa tarde las vi de otra manera. La silla no pedía reemplazo inmediato; pedía atención. La maceta no era basura todavía; sostenía vida a su modo. Hasta la lista de mandados, arrugada en la mochila, parecía menos una orden y más un mapa modificable.
No hice una revolución. Ajusté la pata de la silla con un cartoncito doblado, regué la planta y mandé un audio corto a alguien a quien venía respondiendo con frases secas. Después preparé el tereré y me senté a escuchar el patio, que tampoco era silencioso: tenía palomas en el techo, un vecino serruchando algo y el zumbido constante de la tarde. Pensé que tal vez crecer no siempre consiste en cambiar de ruta, de casa o de nombre. Tal vez algunas veces empieza por escuchar el ruido pequeño antes de que se vuelva quiebre. Por aceptar que lo torcido no siempre está perdido. Por aprender, con humildad de gomero y herramienta usada, a dejar andando lo que todavía puede acompañarnos.
