Hay días en La Paz en que mi cabeza se parece a esas radios viejitas que se quedan pegadas en una sola canción. No importa si estoy lavando los platos, esperando el minibús o mirando cómo la gente sube apurada por una calle empinada: la misma frase vuelve, vuelve, vuelve. A veces ni es una frase completa. Es un pedacito: “debí decir otra cosa”, “qué vergüenza”, “y si sale mal”, “ya la fregaste”. Como un eco que no se cansa.
Y lo más pesado no es pensar mucho. Lo pesado es pensar lo mismo. Como si mi mente tuviera un pasillo corto y se pusiera a caminar de punta a punta, nomás, sin mirar las ventanas.
Hace un tiempo empecé a llamar a esto “minimalismo mental”. No minimalismo de casa bonita y estantes vacíos. Minimalismo de adentro. Vivir con menos ideas repetidas, con menos vueltas inútiles, con menos diálogos internos que no llegan a ningún lado. Y no lo digo como si fuera receta, ve. Lo digo como quien confiesa que está cansado y quiere encontrar un poquito de aire.
Porque la repetición no viene sola. Viene con un clima. Viene con una presión en el pecho, con mandíbula apretada, con esa necesidad rara de “resolver” algo que ya pasó. Como si pudiera viajar hacia atrás con pura insistencia. Pucha, ojalá. Pero no.
Me he dado cuenta de que mis ideas repetidas se alimentan de dos cosas: prisa y culpa. La prisa me empuja a pensar rápido, a decidir sin respirar, a responder para no quedar mal. Y la culpa, después, me cobra intereses. Me dice: “¿ves? no fue perfecto”. Y ahí empieza el bucle. Como una ruedita que gira en seco.
Entonces, sin hacer un gran drama, empecé a probar pequeñas rebeldías. La primera fue esta: cuando aparece la idea repetida, la nombro. No la peleo. No la justifico. Solo la señalo, suavecito, como quien dice “ahí estás otra vez”. A veces digo en voz baja: “rumiación”, así, medio técnico, para que mi cerebro se acuerde de que no es una verdad; es un hábito. Y con eso se afloja un poquito, como si la idea perdiera autoridad.
Otra rebeldía fue darle a mi mente un lugar para botar cosas, como un basurero. Yo uso un cuaderno chiquito. Cuando una idea insiste demasiado, la escribo sin orden, sin poesía, sin quedar bien. Escribo tal cual. Y es raro, pero funciona: cuando la idea queda afuera, en papel, ya no necesita gritar tanto adentro. Se siente como si la cabeza dijera: “ya, ya quedó registrado”.
Y hay una tercera cosa que me ayuda cuando nada más me ayuda: mover el cuerpo sin exigirme nada. A veces me subo al teleférico y me quedo mirando la ciudad desde arriba. No por turismo, sino por perspectiva. Desde ahí, las casas parecen pequeñas, y mis pensamientos también. O camino un rato, sintiendo el aire frío, mirando al Illimani cuando se deja ver. Me sirve recordar que el mundo es grande y mi bucle no es el centro de todo, aunque se sienta así.
No siempre me sale. Hay días en que mi mente está terca y vuelve con la misma idea como si fuera su trabajo. Pero incluso en esos días, el minimalismo mental no es “vaciarse”, sino elegir. Elegir qué idea merece silla y cuál merece pasillo. Elegir no abrirle la puerta a todo pensamiento solo porque tocó.
Y algo cambió cuando empecé a verlo así: dejé de creer que mi valor depende de tener una mente “limpia”. Mi mente no va a estar limpia. Va a estar viva. Va a traer recuerdos, miedos, planes. La cosa es que no quiero vivir aplastado por la repetición, como si la vida fuera un disco rayado.
Hoy, si me escucho pensando lo mismo por décima vez, intento decirme esto: “ya te entendí”. Como quien le habla a un niño insistente, pero con cariño. “Ya te entendí, ya. Gracias por avisar, pero ahorita no”. Y respiro. Y sigo. No porque sea fácil, sino porque me merezco un poquito de silencio entre pensamiento y pensamiento.
Eso es lo que busco cuando digo minimalismo mental: no quedar vacío, sino quedar libre. Libre, aunque sea por ratitos. Libre para que, en medio de tantas ideas repetidas, aparezca una nueva que no venga con látigo, sino con calma.
