A veces me da por pensar que yo llevo una democracia portátil por dentro. No suena muy poético, pero es real: en mi cabeza hay votaciones todo el día. Se elige qué digo, qué callo, qué aguanto, qué evito, qué me trago “para no armar lío”. Y, como en muchas democracias de afuera, hay un problema que se repite: el miedo hace campaña.
Cuando voto desde el miedo, no voto por lo que quiero. Voto por lo que me “salva”. Y ojo, no estoy diciendo que el miedo sea malo. El miedo es un guardia de seguridad: si huele peligro, te empuja para atrás. El lío es cuando el guardia se cree presidente y empieza a gobernar todo, incluso lo que no entiende.
Me pasa así: llega una situación pequeña (un mensaje que tarda, una mirada rara, una conversación incómoda) y, de una, mi mente convoca elecciones de emergencia. ¿Qué hacemos? ¿Atacamos? ¿Huimos? ¿Nos hacemos los bobos? ¿Nos volvemos fríos? ¿Suplicamos? Y gana el candidato de siempre: “mejor no sientas tanto”, “mejor no pidas”, “mejor no confíes”.
Eso es votar desde el miedo: elegir una estrategia de supervivencia como si fuera un proyecto de vida.
Lo curioso es que el miedo no se presenta como miedo. Se disfraza. Se viste de lógica, de orgullo, de “yo soy así”, de “es que la gente es complicada”, de “para qué me ilusiono”. El miedo no suele decir: “tengo pánico”. Dice: “estoy siendo realista”.
Y ahí es donde la democracia emocional se daña, porque una democracia sana necesita información. Pero el miedo es una noticia falsa con muy buena producción: tiene imágenes, tiene ejemplos, tiene archivos del pasado. Te muestra un recuerdo doloroso y te dice: “¿Ves? Esto vuelve a pasar”. Y uno, que no quiere repetir el golpe, termina votando por el control.
La cosa es que el control es un candidato tramposo. Promete paz, pero cobra en cuotas de vida. Si voto por control, de pronto mi mundo se vuelve pequeño: dejo de intentar, dejo de decir, dejo de arriesgarme. Me vuelvo prudente, sí… pero también me vuelvo menos yo.
En mi democracia interna hay varios “partidos”. Está la parte mía que quiere pertenecer, que quiere amor, que quiere juego. Está la parte que quiere estar sola, tranquila, sin ruido. Está la parte ambiciosa que quiere crecer, y la parte cansada que solo quiere que la dejen quieta. Y, por supuesto, está el miedo, que suele ser el más ruidoso: no porque sea el más fuerte, sino porque grita primero.
Con los años aprendí algo que me cambia el voto: el miedo casi nunca habla del presente. Habla del pasado. Habla de lo que ya pasó y dejó huella. Entonces yo intento hacerle una pregunta que lo desarma un poquito: “¿Esto está pasando ahora mismo, o esto lo estás recordando?”
Porque a veces yo no estoy en peligro: estoy en memoria.
Y, cuando me doy cuenta, puedo hacer algo simple pero poderoso: abrir la votación a más voces. En vez de que el miedo decida solo, llamo a otros “ciudadanos” internos a opinar. La curiosidad, por ejemplo. La curiosidad es un partido minoritario, pero cuando habla, me salva: “¿y si preguntas antes de asumir?”, “¿y si escuchas?”, “¿y si no te inventas la peor película?”. También llamo a la ternura, que es un partido con mala prensa porque la confunden con debilidad. La ternura dice: “no tienes que castigarte por sentir”.
Y llamo a la responsabilidad, que no es la señora regañona, sino la adulta que propone: “ok, sentimos miedo… ¿qué cuidado concreto necesitamos?”. A veces es dormir. A veces es poner un límite. A veces es tener una conversación incómoda sin agresión. A veces es pedir ayuda.
Aquí viene lo más importante para mí: una democracia emocional no se trata de “ganarle” al miedo. Se trata de representación. De que el miedo tenga un escaño, sí, porque tiene información útil, pero no la mayoría absoluta. Cuando el miedo tiene mayoría, terminamos viviendo una dictadura de precauciones: no ames, no confíes, no te expongas, no sueñes tan alto.
Y yo no quiero eso.
Entonces empecé a practicar una regla sencilla: antes de decidir algo grande, miro si estoy votando con el cuerpo encogido o con el cuerpo abierto. Si estoy encogido, lo más probable es que el miedo esté haciendo campaña. Si estoy abierto, aunque haya nervios, suele haber verdad.
No siempre me sale. Hay días en que voto como voto cuando estoy herido: rápido, defensivo, con ganas de “ganar”. Pero incluso eso lo puedo renegociar después. Puedo volver a las urnas y decir: “me equivoqué de candidato”. Puedo pedir perdón. Puedo ajustar. Puedo aprender.
Porque, al final, esa es la democracia emocional que yo quiero: una donde mis decisiones no las tome el susto del ayer, sino la claridad del hoy. Una donde el miedo sea consejero, no dueño. Una donde yo no me traicione por sentir.
Y cuando lo logro, así sea por ratitos, se siente como una victoria silenciosa: no la de dominarme, sino la de gobernarme con respeto.
