Un experimento más grande que nosotros
No sé en qué momento decidimos que teníamos derecho a experimentar con otras especies. Pero lo hicimos. Lo seguimos haciendo. Y no lo menciono desde una posición de superioridad moral, sino desde la perplejidad de alguien que, como profesor de filosofía, ha pasado más horas observando preguntas que respondiéndolas. Entre ellas, una que me persigue desde hace años: ¿Qué dice de nosotros el uso de animales en experimentos?
Tal vez empezamos desde la necesidad. Curar enfermedades, probar alimentos, explorar límites del cuerpo. Lo entiendo. Pero luego la maquinaria no se detuvo. Aun cuando ya existían otras formas, más seguras, más éticas, más avanzadas. Y lo más intrigante no es el hecho mismo, sino la normalización. Lo hicimos parte del paisaje científico, casi como si experimentar con seres vivos fuera tan inevitable como la gravedad.
No tengo una respuesta definitiva. Tampoco una acusación. Lo que tengo son dudas razonables, esas que no se pueden desactivar con cifras o justificaciones. ¿No estaremos participando todos, sin querer, de un experimento mayor, uno sobre la anestesia de la empatía?
Lo que callan las jaulas
He visitado laboratorios. Algunos son impecables, blancos, silenciosos. Otros, menos sofisticados. Pero en todos hay un detalle común: las jaulas. No importa el diseño, el tamaño, el animal. Siempre hay un espacio reducido que sugiere algo más que control: sugiere una narrativa. La del hombre que observa, y del otro que es observado.
En mis clases, a veces propongo a los estudiantes un juego mental: imagina que eres tú el que vive en la jaula, mientras alguien anota tu comportamiento. Siempre hay risas incómodas. Y entonces llega el silencio, ese que pesa más que cualquier argumento. Porque todos sabemos lo que implica ser reducido a un número o a un dato.
Lo curioso es que seguimos justificando el uso de animales con la promesa del bien mayor. Y no niego que a veces ese bien existe. Pero me pregunto si es una lógica que hemos heredado sin revisarla, como quien sigue usando una herramienta vieja solo porque no conoce otra.
El espejo roto de la razón
La filosofía me enseñó que no hay razón que no pueda volverse trampa. Podemos racionalizar casi cualquier cosa, incluso lo que nos incomoda. Y si algo he aprendido sobre el uso de animales es que hemos perfeccionado nuestra capacidad de racionalizarlo hasta hacerlo casi invisible.
Decimos que los animales no sufren como nosotros. Que no tienen conciencia plena. Que su dolor es distinto. Pero ¿Qué tan seguros estamos de eso? ¿Y por qué esa certeza nos tranquiliza tanto? Quizá porque preferimos una ciencia que no nos cuestione, una ciencia que trabaje sin mirarnos a los ojos.
No propongo abolir todo. Solo dudo. Dudo del automatismo con que aceptamos ciertas prácticas. Dudo de la fe ciega en el progreso que no cuestiona su propio coste. Y dudo, sobre todo, de nuestra capacidad de reconocernos en el otro, incluso si ese otro tiene cuatro patas y no habla nuestro idioma.
Una reflexión incómoda pero necesaria
No escribo esto como protesta. No quiero convencer a nadie. Solo registrar una incomodidad que no se me va. Porque si hay algo que me inquieta del uso de animales es que lo hayamos separado del resto de nuestras decisiones éticas. Como si no tuviera que ver con quiénes somos o con la forma en que nos relacionamos con lo vivo.
Tal vez no podamos cambiar el sistema entero. Pero sí podemos preguntarnos si estamos dispuestos a seguir delegando nuestras decisiones morales a protocolos anónimos. Yo, por mi parte, prefiero seguir sintiendo esa incomodidad. Prefiero no anestesiarme.
Porque en el fondo, cada experimento dice más sobre el que observa que sobre el observado. Y no sé tú, pero yo no quiero dejar de preguntarme qué clase de observador quiero ser.
