La incomodidad de pensar contra corriente
Llevo tiempo observando cómo, cada vez que sale en la conversación el precio de la vivienda, aparece un culpable automático: los pisos turísticos. Es como una palabra comodín, un atajo emocional que nos permite señalar algo visible y cercano. Pero cuando me doy un rato para pensar, sin ruido, siento que esa explicación es demasiado limpia para un problema tan enredado. Y que repetirla, así sin más, me convertiría en parte del coro que habla sin mirar debajo de la alfombra.
Lo que realmente creo —aunque a veces cueste decirlo sin que alguien levante la ceja— es que el origen del problema está en otra parte: en la escasez crónica de construcción, alimentada por un exceso de regulación que hace cada proyecto más lento, más caro y más incierto. Y mientras tanto, seguimos culpando a los pisos turísticos como si fueran el villano perfecto de una historia que, en realidad, es mucho más profunda.
Por qué me cuesta creer que los turísticos sean el gran culpable
No voy a negar que los pisos turísticos tienen impacto en algunas zonas muy concretas. Sería absurdo. Pero convertir eso en la explicación global del precio de la vivienda en toda España me parece una simplificación interesada. Como si alguien hubiera descubierto un enemigo cómodo y nos lo hubiera dejado ya listo para usar. Un relato fácil, casi de manual.
Pero el mercado de la vivienda se mueve en cifras, no en intuiciones. Y cuando veo cuánto suponen los turísticos respecto al total del parque inmobiliario, o cómo se concentran solo en barrios muy específicos de algunas ciudades, me pregunto: ¿cómo puede algo tan localizado explicar un problema tan generalizado?
Y aquí llega otro pensamiento que puede sonar incómodo: eliminar los pisos turísticos no solo no resolvería la cuestión de fondo, sino que además elevaría el precio de los hoteles y pondría contra las cuerdas uno de los motores económicos del país. A veces se olvida que la existencia de alternativas de alojamiento permite que muchísimas familias puedan permitirse unas vacaciones al año. Quitar esa opción sería, en la práctica, encarecer el descanso de quienes menos margen tienen.
El verdadero nudo: construir se ha vuelto un laberinto
Lo que veo, cuando intento mirar el conjunto, es que llevamos más de una década construyendo muy por debajo de lo que necesitamos. Y no porque falte suelo o falte demanda. Falta algo más prosaico: un marco que permita que un proyecto no se eternice entre trámites, informes, revisiones, recursos y normativas que cambian sobre la marcha.
Cada nueva capa de regulación se pensó para proteger algo: el paisaje, el barrio, el patrimonio, la convivencia, la calidad del aire… Y, por separado, todas suenan razonables. Pero juntas forman un terreno donde el que se atreve a construir se encuentra con un camino lleno de permisos que tardan años. Y esos años, por desgracia, también se pagan en el precio final.
Mientras tanto, seguimos aumentando la población, cambiando la forma en la que vivimos, y exigiendo más movilidad laboral. Pero la oferta no acompaña ese ritmo. Y cuando la oferta no crece y la demanda sí, la historia económica siempre acaba en el mismo sitio.
La narrativa que se nos queda pequeña
Tengo la sensación de que culpar a los pisos turísticos funciona porque nos da un enemigo visible. El turista es fácil de identificar. El decreto que frena una licencia, en cambio, es invisible. El retraso administrativo no sale en las fotos. El coste añadido por un proyecto encallado nadie lo pone en un titular.
Entiendo que es tentador preferir una explicación simple. Pero creo que, si de verdad queremos afrontar el problema de la vivienda, tendremos que atrevernos a mirar también las partes menos fotogénicas. Las que no caben en un eslogan.
Lo que me gustaría que ocurriera
Ojalá pudiéramos abrir un debate menos reactivo y más honesto sobre la regulación y sobre cómo equilibrar protección y agilidad. Ojalá hablar de vivienda no se convirtiera siempre en una guerra de bandos donde solo gana quien grita más. Y ojalá dejáramos de buscar culpables prefabricados para empezar a analizar qué es lo que realmente hace que construir sea tan complicado en España.
No tengo soluciones mágicas. Solo esta intuición persistente: si seguimos atacando los síntomas sin mirar la raíz, nos quedaremos sin pisos turísticos, sin hoteles asequibles, sin construcción suficiente y, por supuesto, sin vivienda accesible. Ese sí sería un problema de verdad.
