A veces me pregunto si la tecnología nos está volviendo más cobardes, pero no en el sentido épico de “la sociedad se cae a pedazos”, sino en lo cotidiano, en lo chiquito: en esas micro-retiradas que hacemos sin darnos cuenta. Porque hoy, para evitar un mal momento, no hace falta correr. Alcanza con deslizar el dedo.
Ponele un ejemplo simple: antes, si tenías un conflicto, tarde o temprano te tocaba hablarlo. Capaz lo pateabas, sí, pero el mundo era más insistente. Ahora podés silenciar, archivar, dejar en visto, poner una reacción tibia, mandar un audio de ocho segundos que dice “sí, obvio” y listo. Y no es que eso sea siempre malo —a veces es autocuidado—, pero me inquieta la facilidad con la que evitamos el roce. Como si el roce fuera un defecto en vez de parte de estar vivo.
Lo mismo con la vergüenza. Antes te animabas o no te animabas a preguntar algo en público. Hoy, si te da miedo quedar como ignorante, googleás en secreto. Eso tiene su lado buenísimo, claro: aprendemos más, más rápido. Pero también nos roba esa gimnasia de exponernos un poco, de aceptar que no sabemos. Yo noto que me cuesta más decir “no entiendo” cuando sé que podría haberlo resuelto sola con el celular. Y sin darme cuenta, empiezo a preferir el aprendizaje sin testigos.
Con la tristeza pasa algo parecido. En vez de sentarnos con una emoción incómoda, abrimos una app. Un video. Un scroll infinito. Es una anestesia suave, legal y portátil. Y no es que nunca haya que distraerse, pero hay una diferencia entre descansar y escapar. El descanso te deja mejor. El escape te deja más vacío, como cuando comés de ansiedad: te llena la boca y te deja igual por dentro.
Ahora, ¿eso es cobardía? Capaz es una palabra dura. Capaz es más preciso decir que la tecnología nos ofrece salidas de emergencia para todo, y el problema es cuando convertimos la salida de emergencia en puerta principal.
Porque la valentía, para mí, no es subir una montaña. Es decir “me equivoqué” sin justificarse quince minutos. Es pedir perdón antes de que el orgullo ponga el freno. Es llamar por teléfono cuando sabés que un mensaje va a empeorar todo. Es sostener un silencio sin meter un chiste para taparlo. Es ir a una reunión sin el escudo del celular sobre la mesa, como un amuleto.
Y acá viene la parte que me deja pensando: la tecnología no nos vuelve cobardes por sí sola. Nos vuelve eficientes para evitar. Y evitar es tentador porque funciona… al principio. Después, lo evitado crece. Lo no dicho se acumula. Lo que no mirás de frente se vuelve sombra grande.
Yo intento una cosa humilde: elegir, una vez al día, una valentía de baja intensidad. Mandar el mensaje que estoy pateando. Hacer una pregunta tonta. No revisar notificaciones mientras hablo con alguien. Caminar sin auriculares diez minutos y bancarme la cabeza. No siempre me sale, obvio. Pero cuando me sale, siento algo raro: como si el mundo fuera menos peligroso de lo que mi ansiedad decía.
Capaz la pregunta no es si la tecnología nos vuelve más cobardes, sino si nosotros estamos usando la tecnología para no sentirnos vulnerables. Y si es así, tal vez la salida no sea renunciar a nada, sino recuperar el músculo: el de estar presentes cuando da un poquito de miedo.
Valentía con modo avión, aunque sea un ratito.
