A mí me pasa algo que me enoja, porque yo sé que es tonto, pero igual me pasa: me da vergüenza preguntar cosas. No cosas grandes, ni “filosofía” ni nada. Cosas simples. Como cuando uno no entiende una palabra, o no sabe dónde queda algo, o no sabe cómo se llena un formulario. Cosas que cualquiera debería poder decir: “mirá, no entiendo”.
Pero yo me quedo callado.
Y después, cuando ya estoy solo, me doy cuenta que por no preguntar me metí en un lío más grande. Como cuando fui al centro a hacer un trámite y el señor habló rápido y con cara seria. Yo asentí con la cabeza, como que sí, como que entendí todo. “Sí, va, gracias”. Y yo ni sabía qué me había dicho. Salí de ahí con los papeles en la mano, sudando, y cuando los vi bien, me faltaban cosas. Tuve que regresar otro día, perder tiempo, gastar pasaje, aguantar otra vez la fila. Todo por no decir en ese momento: “disculpe, explíqueme otra vez”.
Lo que me da rabia es que no es que yo sea mudo. Yo hablo. Con mi gente hablo normal. Pero cuando siento que me están midiendo, como que se me seca la boca. Como que si pregunto, van a pensar que soy bruto. O peor: que me van a tratar mal, que se van a reír, o que me van a hablar como a un niño. Y uno no quiere eso, ¿verdad? Uno quiere que lo respeten, aunque uno no tenga estudios ni palabras finas.
A veces me quedo pensando de dónde salió esa vergüenza. Tal vez de cuando estaba en la escuela y el maestro regañaba al que preguntaba, como si preguntar fuera molestar. O tal vez de la casa, cuando uno preguntaba y le decían: “¡no jodás, ya te dije!” y uno aprendía a tragarse la duda.
Y la duda se queda ahí, como una piedrita en el zapato. Caminás y caminás, y te duele, pero seguís.
Lo más triste es que preguntar debería ser algo bonito. Preguntar es querer entender, es querer hacer las cosas bien. Pero a mí me sale al revés: me da pena. Y a veces esa pena me hace sentir solo, como si yo estuviera afuera de todo, mirando por una ventana.
Hoy lo escribo porque me pesa. Porque quisiera, algún día, poder decir sin temblar: “no entiendo, ¿me puede ayudar?” Y que eso no me haga menos. Que eso no me baje. Que eso sea normal, como tomar agua cuando da sed.
Si alguien lee esto y le pasa parecido, ojalá sepa que no está solo. Tal vez entre todos, aunque sea en silencio, nos damos permiso de preguntar.
