Yo crecí con la idea de que jugar videojuegos era “perder el tiempo”. Como si el tiempo sólo valiera cuando produce algo que se pueda presumir: una calificación, un sueldo, una foto con cara de éxito. Y, aun así, los videojuegos se me quedaron pegados como un olor: hay días en que no los toco, pero siguen ahí, en el fondo, como un idioma que aprendí sin darme cuenta.
Por eso cuando escucho el debate típico —“motor cultural” contra “factor de alienación”— me dan ganas de decir: sí… pero no donde crees. Porque a mí los videojuegos me parecen un espejo raro: no reflejan quién soy, sino quién podría llegar a ser cuando alguien me suelta un control y me dice “órale, decide”.
Culturalmente, el videojuego es una fábrica de mitos en tiempo real. No sólo cuenta historias: entrena formas de mirar. Me enseñó a leer mapas, a sospechar de las misiones “buenas”, a valorar la paciencia, a entender que el progreso a veces es repetir una cosa cien veces hasta que sale. Y eso, aunque suene exagerado, se filtra en lo diario. Hay gente que aprendió inglés por necesidad de entender un diálogo; otros aprendieron a coordinarse, a liderar sin gritar, a perder sin romperse por dentro. En un país donde muchas veces la escuela se siente como trámite, el videojuego se volvió una universidad informal de habilidades: unas útiles, otras discutibles, pero universidad al fin.
Pero aquí va la parte que incomoda: también es una tecnología de consuelo. Y el consuelo, si lo usas como muleta permanente, te atrofia la pierna.
La alienación no está en “jugar mucho”, sino en delegar tu hambre. Cuando un juego me da objetivos claros, recompensas rápidas y un sentido de avance, me está prestando un tipo de vida que afuera cuesta un montón construir: propósito, estructura, comunidad. El problema es cuando empiezo a preferir esa vida prestada porque la mía me exige negociar, equivocarme, esperar, y —lo peor— soportar el silencio. Ahí el videojuego deja de ser arte y se vuelve anestesia con buena música.
Y lo más tramposo es que el control te hace sentir protagonista aunque estés en piloto automático. Puedes pasar horas “tomando decisiones” sin decidir nada real: ni qué te duele, ni qué necesitas, ni a quién extrañas, ni qué estás evitando. Es como si el juego te dijera: “no te preocupes, aquí siempre hay una misión”, y tú le crees… hasta que apagas la consola y la vida no te pone marcador.
Yo no quiero demonizarlos, neta. Más bien me gusta pensarlos como un fuego: calienta o quema según cómo lo uses. A mí me sirven cuando los trato como un gimnasio de atención y de imaginación. Me hacen bien cuando termino una partida y me quedo con una pregunta, no con un vacío. Me hacen mal cuando los uso para no sentir, para no hablar, para no enfrentar el desorden.
Así que, ¿motor cultural o alienación? Para mí son las dos cosas, pero con una condición: el videojuego no manda. Lo que manda es mi relación con él. Si lo uso para practicar estar vivo, me potencia. Si lo uso para posponer mi vida, me vuelve espectador de mí mismo. Y eso sí que da miedo, aunque tenga gráficos chidos.
