Hace un tiempo me tropecé con una idea que no se me ha quitado de la cabeza: hay cosas tan grandes, tan extendidas y tan metidas en la vida diaria que una vive dentro de ellas sin llegar a verlas completas. A mí eso me dejó inquieta. Porque una está acostumbrada a pensar que entiende mejor lo que puede mirar de frente, señalar con el dedo, rodear con la vista. Pero no todo funciona así. Hay realidades que no caben en una habitación, ni en una foto, ni en una noticia, ni siquiera en una conversación entera. Y, sin embargo, te afectan todos los días. Desde que pensé en eso, empecé a sentir una clase nueva de pequeñez. No la pequeñez bonita de mirar el mar y sentir respeto. Otra. Una más rara. La de darse cuenta de que una vive metida en cosas gigantes sin saber nunca dónde empiezan ni dónde terminan.
A mí me pasa, por ejemplo, con el plástico. Tú ves una botella, una bolsa, un envoltorio, y parece una cosa simple, hasta tonta. Pero luego te paras a pensar mejor y entiendes que no estás viendo “un plástico”. Estás viendo una puntita mínima de algo muchísimo mayor, una especie de nube material que atraviesa mercados, casas, mares, vertederos, fábricas, cuerpos, años. Y ahí es cuando me cambia la mirada. Porque ya no siento que tengo delante un objeto. Siento que tengo delante una pista. Un pedacito suelto de una cosa enorme que no se deja ver entera. Lo mismo me pasa con internet, con el cambio del clima, con esos sistemas en los que una participa a diario aunque no los entienda completos. Es como vivir dentro de una máquina inmensa, pero solo tocar tornillos.
Lo curioso es que este tema no me vuelve más lista. Me vuelve más humilde. Yo antes tenía esa costumbre, bastante común, de creer que si algo no lo entendía bien era porque no le había dedicado suficiente tiempo. Como si todo pudiera resolverse con más atención, más lectura, más esfuerzo. Y no. Hay fenómenos que, por más que una se esfuerce, siempre se le van a escapar un poco. Y eso fastidia. Porque nos gusta sentir que dominamos nuestro mapa. Nos gusta creer que sabemos en qué mundo vivimos. Pero, si soy sincera, cada vez sospecho más que muchas veces no vivimos en un mundo entendido, sino en un mundo administrado a ciegas. Tocamos botones, repetimos hábitos, consumimos cosas, opinamos, reciclamos un poco, nos angustiamos, y aun así apenas rozamos la superficie de lo que realmente está pasando.
No digo esto para sonar fatalista. Lo digo porque me parece que hay algo casi espiritual en aceptar que no todo puede reducirse a una escala humana cómoda. Que hay cosas demasiado grandes para el cuerpo, para la costumbre y hasta para el lenguaje. Y, paradójicamente, a mí eso no me aplasta del todo. También me ordena. Me recuerda que no soy el centro de nada, que mis rutinas participan en tramas más amplias, y que entender menos de lo que quisiera no significa mirar menos. A veces mirar ya es mucho. A veces basta con dejar de fingir que todo es pequeño, manejable y claro. Tal vez vivir con dignidad también tenga que ver con eso: con aprender a caminar dentro de lo inmenso sin hacerse la dueña del mundo.
