Vivir con un gigante al lado
Acá en Guatemala uno crece viendo volcanes como quien crece viendo postes de luz: están ahí, fijos, en el fondo de todo. De patojo yo miraba el volcán desde la ventana y me parecía bonito, como una postal. Ya de grande entendí que esa “postal” a veces respira, suelta humo, tira ceniza y te recuerda que no es adorno: es fuerza viva.
Lo raro es que, con el tiempo, uno se acostumbra. No a la erupción (eso nunca se vuelve normal), sino a la posibilidad. Y esa posibilidad se vuelve una especie de ruido de fondo en la cabeza, como el tráfico: no te gusta, pero lo integrás.
Resumen: el riesgo no desaparece; solo se vuelve parte del paisaje mental.
La normalidad hecha de pequeñas precauciones
La gente de afuera cree que vivir cerca de volcanes es vivir asustado. La verdad es más rara: es vivir atento… pero sin dramatizar todo el día. Es como cargar una sombrilla cuando el cielo está “medio sospechoso”. No salís corriendo por cada nube, pero tampoco te hacés el loco.
En la casa eso se traduce en cosas bien simples: tener documentos ubicados, saber a quién llamar, tener un par de mascarillas por si cae ceniza, y estar pendiente de los avisos. Nada heroico. Nada de “somos valientes”. Es más humilde: “somos prácticos”. La mara aprende a leer señales: el olor, el viento, la ceniza en el carro, el rumor que corre en el mercado.
Y aquí viene lo incómodo: uno también aprende a minimizar. “Ah, solo es ceniza fina, no pasa nada.” “Ah, solo está humeando.” Normalizar sirve para no vivir con ansiedad, pero también puede volverse anestesia.
Resumen: la costumbre te calma, pero también te puede adormecer.
El riesgo no es una emoción: es información
A mí me ha pasado que confundo “sentirme tranquilo” con “estar seguro”. Son cosas distintas. La tranquilidad es un estado interno; la seguridad depende del mundo real. El volcán no negocia con tus nervios, ni con tus ganas de que todo salga bien.
Por eso, cuando hay actividad, yo trato de hacer algo bien básico: volver el riesgo “medible” en mi cabeza. En vez de quedarme en el chisme o en el susto, miro los boletines y avisos oficiales. En Guatemala, los reportes del INSIVUMEH y los comunicados de CONRED son como ese amigo que no exagera: te dice qué está pasando y qué conviene hacer.
También aprendí otra cosa: el riesgo se maneja en comunidad. Una familia sola puede tener un plan, pero un barrio organizado salva más. El señor que tiene radio, la vecina que sabe quién necesita transporte, el cuate que avisa si el viento cambió… Esa red es la diferencia entre “aguantar” y “responder”.
Resumen: el riesgo se calma con datos y se enfrenta mejor en colectivo.
Lo que el volcán me enseñó sobre otras “normalizaciones”
Lo más fuerte es darme cuenta de que no solo normalizamos volcanes. Normalizamos un montón de cosas: estrés constante, deudas, vivir corriendo, noticias que asustan pero no cambian nada, y hasta la idea de que siempre hay que estar “bien”. Es como si la mente dijera: “Si no puedo quitarlo, lo vuelvo rutina”.
El volcán, en su silencio, me dejó una regla que intento usar para todo: si algo es riesgoso pero ya lo sentís “normal”, ahí es cuando tenés que volver a mirarlo. Porque lo normal no siempre es sano; a veces solo es repetición.
Yo me hago tres preguntas (bien chapinas, bien sencillas):
- ¿Qué puede pasar, concretamente?
- ¿Qué señales me avisarían a tiempo?
- ¿Qué cosa pequeña puedo hacer hoy para no lamentarlo mañana?
No te vuelve paranoico. Te vuelve despierto.
Resumen: normalizar es inevitable; revisar lo normal es opcional… y necesario.
Regla final (por si sirve para recordar)
Cuando el riesgo ya es parte del paisaje, no significa que sea seguro: significa que ya no lo mirás.
