Hoy me cayó un aguacero de esos que dejan a la ciudad oliendo a tierra vieja, aunque estemos rodeados de concreto. Yo estaba en Ciudad de México, con la laptop abierta, y una caja de fotos sobre la cama como si fuera un animal dormido que no quieres despertar. Pero la abrí. Porque traía días sintiendo que me faltaba algo en el pecho, como si se me hubiera perdido una palabra y todo el cuerpo supiera cuál es, menos yo.
Encontré una foto de mi abuela. De esas chiquitas, con borde blanco, medio doblada en una esquina. Ella está parada junto a una pared que ya no existe, con una blusa clara y la mirada de quien no está posando, sino sosteniéndose. La foto está en blanco y negro, pero yo la recuerdo con colores: la piel tibia, el pelo oscuro, el rojo de una flor que siempre traía en algún lado (o eso inventa mi memoria, quién sabe).
La escaneé. Y ahí empezó la cosa rara, esa mezcla de “qué chido” y “qué miedo” que me da cuando algo funciona demasiado bien. Me puse a limpiar las rayitas, a enderezar la esquina rota, a borrar manchas como si fueran migajas. Y luego, lo más delicado: darle color. No quiero decir “inteligencia artificial” como si fuera un dios moderno; para mí fue más como una brocha prestada. Una brocha que no te pregunta si estás listo.
Cuando apareció el color, me dio un vuelco. Me quedé quieto, literal, con la mano en el mouse como si tocarlo fuera a borrar todo. La cara de mi abuela se veía… viva. O al menos más cerca. Y ahí me entró una culpa bien rara, como si yo estuviera metiendo mano donde no debo. Como si la muerte fuera un archivo y yo estuviera intentando abrirlo con una contraseña inventada.
Pero también sentí otra cosa: alivio. No porque la foto se arreglara, sino porque algo adentro de mí se acomodó tantito. Como cuando por fin encuentras el suéter que jurabas perdido y te lo pones nomás para sentirte a salvo.
Me quedé mirando la pantalla y pensé en las ofrendas, en cómo ponemos fotos para que alguien “regrese”, aunque sea en forma de recuerdo. Y pensé: quizá lo digital también es un altar, uno raro, sin velas, sin humo, pero con la misma intención de decir “aquí sigues”. No para negar lo que pasó, sino para acompañarlo.
Guardé la imagen con un nombre simple, sin fecha, sin drama. Y me prometí algo bajito: no usar estas herramientas para borrar el dolor, sino para darle un lugar. Para que no me muerda por la espalda. Para mirarlo de frente, con todos sus colores, aunque me tiemble la voz por dentro.
Y si eso está mal… pues no sé. Hoy no vine a explicarlo. Vine a confesarlo. A soltarlo un ratito, para ver si también me suelta a mí.
