Volví a verle los colores a mi abuela, y no sé si eso se puede perdonar

5 de febrero de 2026

Una reflexión sobre la conexión con los recuerdos familiares a través de la fotografía digital. La experiencia de dar color a una imagen de la abuela evoca emociones complejas, entre la culpa y el alivio, y plantea preguntas sobre la memoria y el duelo.

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Hoy me cayó un aguacero de esos que dejan a la ciudad oliendo a tierra vieja, aunque estemos rodeados de concreto. Yo estaba en Ciudad de México, con la laptop abierta, y una caja de fotos sobre la cama como si fuera un animal dormido que no quieres despertar. Pero la abrí. Porque traía días sintiendo que me faltaba algo en el pecho, como si se me hubiera perdido una palabra y todo el cuerpo supiera cuál es, menos yo.

Encontré una foto de mi abuela. De esas chiquitas, con borde blanco, medio doblada en una esquina. Ella está parada junto a una pared que ya no existe, con una blusa clara y la mirada de quien no está posando, sino sosteniéndose. La foto está en blanco y negro, pero yo la recuerdo con colores: la piel tibia, el pelo oscuro, el rojo de una flor que siempre traía en algún lado (o eso inventa mi memoria, quién sabe).

La escaneé. Y ahí empezó la cosa rara, esa mezcla de “qué chido” y “qué miedo” que me da cuando algo funciona demasiado bien. Me puse a limpiar las rayitas, a enderezar la esquina rota, a borrar manchas como si fueran migajas. Y luego, lo más delicado: darle color. No quiero decir “inteligencia artificial” como si fuera un dios moderno; para mí fue más como una brocha prestada. Una brocha que no te pregunta si estás listo.

Cuando apareció el color, me dio un vuelco. Me quedé quieto, literal, con la mano en el mouse como si tocarlo fuera a borrar todo. La cara de mi abuela se veía… viva. O al menos más cerca. Y ahí me entró una culpa bien rara, como si yo estuviera metiendo mano donde no debo. Como si la muerte fuera un archivo y yo estuviera intentando abrirlo con una contraseña inventada.

Pero también sentí otra cosa: alivio. No porque la foto se arreglara, sino porque algo adentro de mí se acomodó tantito. Como cuando por fin encuentras el suéter que jurabas perdido y te lo pones nomás para sentirte a salvo.

Me quedé mirando la pantalla y pensé en las ofrendas, en cómo ponemos fotos para que alguien “regrese”, aunque sea en forma de recuerdo. Y pensé: quizá lo digital también es un altar, uno raro, sin velas, sin humo, pero con la misma intención de decir “aquí sigues”. No para negar lo que pasó, sino para acompañarlo.

Guardé la imagen con un nombre simple, sin fecha, sin drama. Y me prometí algo bajito: no usar estas herramientas para borrar el dolor, sino para darle un lugar. Para que no me muerda por la espalda. Para mirarlo de frente, con todos sus colores, aunque me tiemble la voz por dentro.

Y si eso está mal… pues no sé. Hoy no vine a explicarlo. Vine a confesarlo. A soltarlo un ratito, para ver si también me suelta a mí.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento íntimo · 25%
Texto íntimo y emocional sobre la culpa y el alivio de devolver color digitalmente a una imagen familiar marcada por el duelo.
  • Predomina la confesión de una experiencia interior difícil de decir: la culpa, el temblor, la necesidad de soltar algo y sentirse soltado.
  • El texto se sostiene en nostalgia, culpa, alivio, miedo y duelo ante la imagen de la abuela recuperada en color.
  • La narración usa una voz muy trabajada, metáforas continuas e imágenes sensibles para conducir la reflexión.
  • Parte de una escena reconocible: lluvia, laptop, cama, caja de fotos, escaneo y edición de una imagen familiar.
  • Reflexiona sobre la muerte, la memoria, la permanencia de los muertos y la forma de acompañar el dolor.
  • Propone imágenes exploratorias como la IA como brocha prestada y lo digital como altar sin velas ni humo.
  • La pregunta por si restaurar o colorear a la abuela está mal introduce culpa, límites y perdón como dilema personal.
  • Aparece la referencia a las ofrendas y a una práctica compartida de recordar a los muertos, aunque no es el eje central.
  • Incluye una pequeña decisión de uso: no emplear la herramienta para borrar el dolor, sino para darle un lugar.
  • Hay una reflexión breve sobre memoria, presencia, muerte y representación, pero no se desarrolla de forma abstracta o sistemática.
  • Apenas hay cuestionamiento social o cultural amplio; la duda sobre la IA aparece como conflicto personal, no como crítica desarrollada.
  • La tecnología aparece, pero no hay análisis conceptual ni argumentación extensa sobre IA, archivo o memoria digital.

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