Púchica, no sé si a vos te pasa, pero a mí me pasa que me invento historias con nada. Con un “ok”, con un emoji, con un visto. Y después ando todo el día cargando esa película como si fuera verdad. Lo peor es que yo mismo me digo “no seas intenso”, pero igual, cabal, ahí voy.
El otro día una mi amiga me escribió: “Mañana hablamos”. Solo eso. Y yo, en vez de pensar “bueno, mañana hablamos”, me fui directo a “algo pasó”, “me va a reclamar”, “seguro hice algo”, “ya valió”. Así, como si mi intuición fuera una radio de noticias, va vos. Y claro, como yo ya estaba convencido, empecé a actuar raro: contestando seco, poniendo cara de que no pasa nada (pero sí pasa), y mirando el celular cada rato como patojo.
En la noche me dio por escribirle: “¿Todo bien?”. Y ella tardó en responder. Y esa tardanza, para mi cabeza, fue como confirmación. Yo ya estaba con el pecho apretado, pensando cosas bien exageradas, y hasta me dio por revisar mensajes viejos como si fuera detective de mí mismo. Eso ya es ridículo, pero uno se mete.
Al final me contestó: “Sí, todo bien. Solo quería preguntarte dónde compraste tus audífonos, porque los míos se arruinaron”. O sea… eso era. Eso era el “mañana hablamos”. Y yo aquí, todo dramático, inventándome un pleito que ni existía.
Me dio risa y me dio pena. Porque yo no soy adivino. Pero igual me comporto como si fuera. Y encima, cuando me equivoco, no es que aprenda, solo me digo “bueno, ya”. Y después vuelvo a hacerlo con otra cosa. Es como una costumbre bien tonta.
No sé cuál es la lección. Capaz que hay que preguntar más. Capaz que hay que dejar de interpretar todo. O capaz que la intuición a veces sirve y a veces solo estorba. Yo qué sé. Solo sé que me cansé de estar peleando con mensajes que nadie mandó.
