En la verdulería, la bolsa de papas se me rompió justo antes de pagar. No fue una tragedia: tres papas rodaron cerca de la caja, una señora me alcanzó una, el verdulero me dio otra bolsa. Pero mi reacción fue como si hubiera demorado una operación delicadísima. Pedí perdón tres veces, junté todo rápido, pagué con los billetes mal contados y salí a la vereda con esa agitación tonta de quien cree que acaba de molestar al mundo.
Caminé dos cuadras pensando en eso. No en las papas, claro. En la velocidad con la que me pongo en deuda por existir un poco fuera de lugar. Me pasa en comercios, en chats, en el laburo, en mi casa. Si alguien espera, corro. Si alguien pide, respondo antes de entender. Si algo se complica, me hago cargo de la incomodidad entera, aunque no sea toda mía.
Durante mucho tiempo pensé que eso era educación. Ser práctico, no generar problemas, no dejar a nadie colgado. Y algo de eso hay, tampoco quiero convertirme en una persona que va por la vida sin registrar a los demás. Pero estoy empezando a notar una diferencia: una cosa es tener consideración y otra cosa es vivir como si cada pausa fuera una falta.
Lo veo sobre todo en el celular. Me llega un mensaje y siento que se abre una ventanita de obligación inmediata. Aunque esté cocinando, aunque esté leyendo dos páginas, aunque venga de un día largo. Contesto con la cabeza partida, pongo “perdón” por tardar veinte minutos, acepto horarios que no miré bien, digo que sí para no dejar el silencio. Después, cuando la cosa ya quedó armada, me enojo conmigo. No con los demás. Conmigo, por haber vuelto a entregar mi criterio en la puerta.
No quiero hacer una revolución espectacular. Me conozco: si me propongo cambiar toda mi manera de estar disponible, me dura hasta el miércoles. Lo que sí puedo hacer es mover un centímetro la respuesta. Un centímetro real, no una frase linda.
Por ejemplo: leer un mensaje y no responder en automático si no sé qué quiero decir. Preguntar “¿para cuándo lo necesitás?” antes de asumir que es urgente. No pedir perdón cuando lo único que hice fue tomarme un rato razonable. Decir “ahora no puedo, más tarde lo veo” sin escribir un párrafo con justificativos. En la fila, si algo se cae, levantarlo sin actuar como si hubiera arruinado la tarde de todos.
Me cuesta porque hay una parte mía que todavía cree que ser querido tiene relación con no incomodar. Con ser liviano, rápido, eficiente, fácil. Como si los vínculos fueran una especie de mostrador donde una persona suma puntos por no traer complicaciones. Pero nadie puede vivir así sin achicarse. Al final una termina confundiendo paz con ausencia de roce, y presencia con disponibilidad total.
También me doy cuenta de que la velocidad me vuelve menos honesta. Contesto rápido y después tengo que corregir. Acepto y después busco cómo zafar. Digo “dale” con una amabilidad que no es del todo cierta. Entonces la supuesta buena voluntad termina generando más enredo. Tal vez una respuesta más lenta, más pensada, sea menos simpática al principio pero más limpia después.
Hoy probé algo mínimo. Me escribieron para cambiar un plan del sábado. Mi primer impulso fue acomodarme, aunque ya tenía otra cosa y aunque me daba fiaca volver a mover todo. Tenía el pulgar listo para poner “sí, no hay drama”. Lo dejé quieto. Miré la pantalla como si fuera una hornalla encendida y esperé. Después escribí: “Este sábado no me sirve cambiarlo. Si querés vemos otro día”. Nada más. Sin caritas, sin explicación larga, sin prometer una compensación.
Me dio una incomodidad física, como si hubiera sido brusco. Después no pasó nada grave. Me respondieron bien. Y aunque me hubieran respondido mal, creo que igual habría sido un dato para tener en cuenta.
Capaz madurar no sea endurecerse ni volverse más desconfiado. Capaz sea aprender a no ofrecerse entero cada vez que aparece una demanda. Quiero seguir siendo alguien atento, pero no alguien apurado por desaparecer de la escena. Quiero poder ocupar mi lugar sin pedir disculpas por el tamaño de mi sombra.
Mañana seguramente vuelva a correr por alguna pavada. Voy a decir que sí de más, voy a explicar demasiado, voy a sentir culpa por tardar. No importa. La idea no es salir perfecto de esto. La idea es darme cuenta un poco antes. Frenar una frase antes de mandarla. Respirar antes de complacer. Dejar que el mundo espere unos segundos mientras yo averiguo qué puedo, qué quiero y qué no.
