El sábado volví de la feria con naranjas, un pan, una planta chica que no necesitaba y dos remeras compradas después, en un local del centro, porque había descuento.
¿Qué se hace con una idea así cuando ya no cabe en su sitio?
En casa dejé todo sobre la mesa y sentí una vergüenza bastante seca, sin drama. No era por la plata solamente.
Era por reconocer el mecanismo. No estoy fundido ni nada por el estilo.
¿Y si el problema no fuera entenderlo, sino admitirlo?
Pago lo que tengo que pagar, miro los precios, comparo. Pero hay una parte mía que usa la compra como una salida rápida, como si entrar a un comercio fuera una forma aceptable de no mirar lo que me pasa.
Me digo que es poco, que me lo merezco, que estaba barato. Todo cierto, y aun así incompleto.
¿Qué estoy tratando de no sentir? La pregunta me quedó dando vueltas mientras guardaba las cosas.
La planta fue al balcón, las remeras quedaron dobladas con etiquetas, y yo me quedé parado como un nabo frente al placard. No faltaba ropa.
Faltaba otra cosa: paciencia, pausa, una manera menos automática de terminar la tarde. Me cuesta admitirlo porque comprar algo no parece un problema serio.
Hay problemas más grandes, claro. Pero también hay hábitos chicos que van marcando una forma de vivir.
Yo noto que cuando estoy inquieto, cansado o medio solo, busco un objeto. No siempre caro.
No siempre útil. Algo que me permita decir “resolví”.
¿Y si no resuelvo nada por un rato? No quiero convertirme en alguien rígido que se controla todo.
Tampoco quiero hacer de esto una penitencia. Lo que quiero es probar un límite concreto: esperar veinticuatro horas antes de comprar cualquier cosa que no haya salido de una necesidad clara.
Si al otro día sigue teniendo sentido, lo veo. Si no, por lo menos me habré dado tiempo para entender el impulso.
También voy a dejar de entrar a mirar “solo por mirar” cuando sé que estoy buscando anestesia. Hay tardes en que el shopping, la tienda online o la vidriera del barrio me ofrecen una distracción prolija.
Nadie me pregunta nada. Nadie me exige ordenar lo que siento.
Paso la tarjeta y listo. Eso es justamente lo que quiero interrumpir.
¿Puedo volver a casa con las manos vacías? Capaz que al principio me sienta medio ridículo.
Capaz que llegue y no sepa qué hacer con esa incomodidad que antes tapaba con una bolsa. Pero prefiero enfrentar ese rato torpe antes que seguir acumulando cosas que después tengo que ordenar, donar, justificar o ignorar.
No busco cambiar mi vida entera esta semana. Me alcanza con notar el impulso antes de obedecerlo.
Con caminar una cuadra más. Con tomar el ómnibus sin haber comprado nada.
Con aceptar que una tarde pesada no siempre necesita premio, ni arreglo, ni envoltorio. A veces solo necesita que yo no salga corriendo de mí mismo.
