Primera escena
. Escena 1: la fila. En la oficina de servicios públicos dieron turnos desde temprano. Una señora tenía el 42 y yo el 47. Todo iba lento, como suele pasar: una pantalla que avanzaba de a poquito, gente mirando el celular, alguien preguntando si ahí también recibían reclamos. De pronto llegó un señor, saludó al vigilante con confianza y pasó derecho a una ventanilla “solo a preguntar”. No preguntó. Se quedó ahí hasta que le resolvieron la vuelta. Nadie armó problema. Hubo miradas, un par de sonrisas cansadas, un comentario bajito: “Así es que toca”.
Yo también pensé eso por costumbre, como si la fila fuera para los que no conocen a nadie. Pero ese pensamiento, tan normal, me empezó a caer mal. No por el señor solamente, sino por la facilidad con que todos acomodamos la injusticia pequeña para no incomodarnos.. Escena 2: el grupo. Más tarde, en un chat de vecinos, alguien contó que había conseguido que le instalaran un servicio antes porque “tenía un contacto”. La conversación se llenó de felicitaciones, manos arriba, chistes sobre moverse en este país. No era un delito grande ni una tragedia. Era una de esas cosas que se cuentan con orgullo, como prueba de inteligencia práctica.
Segunda escena
Me quedé mirando la pantalla y pensé en lo raro que es llamar viveza a lo que deja a otro más atrás. Nos quejamos de que todo funciona mal, pero celebramos la excepción cuando nos favorece. Pedimos reglas claras hasta que aparece una rendija. Ahí cambiamos el discurso: ya no es abuso, es “aprovechar”. Ya no es pasar por encima, es “no quedarse quieto”. Y así, sin gritar ni romper nada, vamos entrenándonos para desconfiar de cualquier orden común.. Escena 3: mi parte. No quiero escribir esto como si yo mirara desde un sitio limpio.
También he pedido favores que no eran favores sino ventajas. He llamado a alguien para que me “oriente” y en realidad quería que me adelantara. He dicho “qué pena” mientras aceptaba pasar primero. Lo incómodo no es reconocerlo; lo incómodo es decidir no repetirlo cuando nadie me está vigilando. Por eso voy a empezar por algo pequeño y bastante simple: hacer la fila que me toca, no pedir atajos disfrazados de ayuda, no aplaudir la trampa menor en las conversaciones. Si alguien me ofrece saltarme un paso, intentaré decir que no sin volverme juez de nadie. Y si me toca esperar más, pues esperaré. No porque eso arregle el país ni porque uno se vuelva mejor persona por aguantar un trámite.
Tercera escena
Sino porque alguna parte de la vida en común se rompe cada vez que aceptamos que la regla solo aplica para el que no tiene palanca. Tal vez cambiar eso no se note mucho al principio. Pero me parece una forma concreta de dejar de quejarme con una mano mientras con la otra busco la rendija.
