El guardia del supermercado me pidió revisar el recibo antes de salir y yo le contesté con una sequedad que todavía me da pena recordar. No le grité, no hice un espectáculo, no fue una de esas escenas que la gente graba con el celular. Fue algo más pequeño y por eso mismo más fácil de esconder: una mirada dura, una frase cortada, el tono de quien ya viene cansado y decide que la próxima persona en cruzarse va a cargar con eso. Yo venía del tranque, de una mañana pesada en la oficina, de mensajes acumulados y de la sensación de que todo el mundo quería algo de mí. Pero él no tenía la culpa. Estaba haciendo su trabajo, probablemente repitiendo la misma indicación desde temprano, parado con ese frío raro de los aires acondicionados de los súper. Salí con mis bolsas y con la incomodidad de saber que me había comportado como una persona que no quiero ser, aunque nadie me lo reclamara. Esa es la parte que más me movió: que si nadie te corrige, igual queda la pregunta de qué estás normalizando por dentro.
Me he dado cuenta de que muchas veces llamo “carácter” a lo que en realidad es falta de cuidado. Digo que hablo directo, que no tengo paciencia para vueltas, que si me buscan me encuentran, como si esas frases fueran una identidad completa y no una excusa bastante gastada. En Panamá uno aprende a moverse entre apuros: la quincena, la fila, el calor, el tráfico, el “resuélveme esto rápido”, la respuesta que había que mandar para ayer. Todo eso existe y pesa, no voy a fingir que basta respirar hondo para que el día se vuelva amable. Pero también existe la costumbre de pasarle el mal rato al siguiente, como si fuera una moneda que nadie quiere quedarse. El chofer del taxi me habla de más y yo respondo mal; la cajera demora y yo suspiro fuerte; alguien de mi casa pregunta algo sencillo y yo contesto como si me estuvieran acusando. Después digo que estoy agotado. Puede ser cierto. Lo que ya no quiero es usar el cansancio como permiso para repartir aspereza sin mirar a quién le cae. No estoy pensando en convertirme en una persona dulce todo el tiempo, porque eso tampoco me suena real ni honesto. Hay días en que uno tiene que poner límites, reclamar bien, decir que no, pedir respeto, no tragarse una situación injusta por quedar bonito.
La diferencia que estoy tratando de aprender es entre defenderme y descargarme. Defenderme tiene un motivo; descargarme busca un blanco. Defenderme puede ser firme y claro; descargarme sale con veneno añadido. Para empezar, me puse una regla simple, casi ridícula de tan básica: antes de responder a alguien que no me ha hecho daño, tengo que bajar el volumen de mi primera reacción. No siempre lo logro, pero la regla me sirve porque me obliga a notar el momento exacto en que voy a pasar de estar molesto a ser injusto. Si estoy en una fila y algo se atrasa, puedo preguntar qué pasó sin humillar a nadie. Si en la casa me interrumpen, puedo decir “dame cinco minutos” en vez de soltar una respuesta que cierre la puerta. Si me equivoco, puedo pedir disculpas sin adornarlo demasiado, sin dar una conferencia sobre lo estresado que estoy. Un “disculpa, te contesté mal” a tiempo cambia más de lo que parece, sobre todo porque me impide acomodarme en la versión de mí que siempre tiene una razón para herir poquito. También estoy revisando una idea que antes me parecía práctica: que uno no puede estar cuidando formas cuando la vida está dura.
Ahora pienso distinto. Las formas no son decoración. Son parte de cómo se reparte el peso de la vida diaria. Si yo llego a una ventanilla y trato a la persona como obstáculo, estoy ayudando a que el día de todos sea más áspero, incluyendo el mío. Si en una reunión hablo encima porque vengo con presión, no solo avanzo un punto; enseño que el apuro vale más que escuchar. Si con mi familia guardo la cortesía para la calle y en la casa tiro las palabras como platos sucios, estoy construyendo un lugar donde todos caminan midiendo el tono del otro. No quiero exagerar y pensar que cada gesto salva al mundo, pero tampoco quiero seguir creyendo que lo pequeño no cuenta. Lo pequeño es donde más se me nota la persona que estoy practicando ser. Por eso mi cambio, por ahora, no tiene gran discurso: voy a demorarme un segundo más antes de contestar, voy a separar el problema de la persona que tengo enfrente, voy a pedir perdón cuando me salga feo y voy a dejar de celebrar esa dureza que a veces se confunde con fortaleza. Tal vez no cambie el tranque, ni la fila, ni la presión del trabajo. Pero sí puedo dejar de ponerle mi estrés encima a quien no lo pidió. Y eso, aunque parezca poco, ya mueve algo real.
