El tapón de la tarde saca una versión de nosotros que después justificamos como si fuera parte del clima.
¿Qué se hace con una idea así cuando ya no cabe en su sitio?
Uno va por la avenida, cansado, con hambre, con la mente en lo que falta por hacer, y de momento todo se vuelve una competencia absurda por medio carro de ventaja. Se pega la guagua al bumper del frente, se mira feo al que intenta cambiarse de carril, se toca bocina como si la bocina fuera un argumento.
Y yo me incluyo, porque también he caído en esa pelea chiquita que no resuelve nada. Me molesta que manejemos como si el otro siempre estuviera tratando de aprovecharse.
¿Y si el problema no fuera entenderlo, sino admitirlo?
Si alguien pone la señal, pensamos que viene a colarse. Si alguien deja pasar a otro, lo tratamos como si estuviera atrasando al país entero.
Si un peatón cruza con cuidado, hay quien acelera para dejar claro que la calle “manda”. Después llegamos al destino con el pecho apretado, diciendo que la gente está insoportable, como si uno no hubiera puesto su granito de arena en la misma insoportabilidad.
¿Qué ganamos con cerrar el espacio? No estoy diciendo que uno tenga que manejar como santo ni dejar que todo el mundo haga lo que quiera.
Hay imprudencias reales y hay momentos en que hay que estar alerta. Pero una cosa es cuidarse y otra es vivir en modo ataque desde que prendemos el carro.
Esa costumbre de defender cada pulgada termina metiéndose en el cuerpo. Uno llega a la casa todavía discutiendo con alguien que ni sabe cómo se llama.
Me da coraje porque no es un problema misterioso. Muchas veces es una suma de decisiones pequeñas: no dejar pasar, no agradecer, no mirar, no bajar la velocidad, no aceptar que todos estamos tratando de llegar a algún sitio.
Y sí, el tapón desespera. Sí, las carreteras cansan.
Sí, hay días en que parece que cada semáforo se puso de acuerdo para probar la paciencia. Pero si la respuesta siempre es ponernos más duros, entonces estamos ayudando a fabricar el mismo ambiente que decimos odiar.
¿Quién decidió que ceder era perder? Yo quiero probar otra cosa, aunque suene mínima.
Dejar espacio cuando alguien señaliza. No pegarme al de al frente como si eso hiciera avanzar la fila.
No usar la bocina para desquitarme. Salir diez minutos antes cuando pueda, para no convertir mi atraso en agresividad.
Y cuando me piten por dejar pasar a alguien, aguantar la incomodidad sin devolverla. ¿Y si empezamos por no empeorar el viaje?
No creo que esto arregle el tránsito ni cambie la isla de un día para otro. Pero sí puede cambiar la temperatura de una ruta, aunque sea la mía.
Ya me cansé de llegar con la excusa perfecta para haber sido igual de bruto que todos. Si voy a quejarme de cómo manejamos, lo mínimo es dejar de manejar como si mi prisa fuera más importante que la vida ajena.
