El arroz se me pegó al fondo de la olla el sábado y lo dejé así, con la cocina oliendo a quemado suave, mientras veía tres llamadas perdidas de mi mamá. No era una emergencia. Eso pensé de una vez, como quien se defiende antes de que lo acusen. Después mandé el mensaje de siempre: “Ma, estoy full, más tarde te llamo”.
No la llamé más tarde.
Me quedé lavando unos platos, recogiendo medias del piso, peleando con una puerta que no cierra bien. Cosas pequeñas, normales, de esas que uno usa para decir que está ocupado. Pero la verdad es más fea: a veces no llamo porque me da fastidio escuchar las mismas quejas, la misma novela repetida del vecino, la misma preocupación por si comí, por si estoy flaco, por si me alcanza la plata. Me da fastidio y después me da culpa. Y la culpa tampoco me mueve, solo me deja más cansado.
El domingo fui a verla. Llegué con pan dulce, como si eso arreglara algo. Ella estaba sentada cerca de la ventana, con una bata vieja y el control del televisor en la mano. Me dijo que no hacía falta que llevara nada, pero agarró la bolsa rápido. Hablamos de cualquier cosa. Del gas, de una prima, de una mata que se le secó. Yo respondía corto, mirando el teléfono cada vez que vibraba, hasta que ella se quedó callada.
Ese silencio sí me dio pena.
No fue una escena grande. No lloró, no reclamó. Solo se levantó a preparar café y caminó despacio, como midiendo el piso. Ahí entendí algo que me incomodó bastante: yo estaba esperando que ella cambiara la forma de necesitarme para entonces yo portarme mejor. Quería que no repitiera, que no preguntara tanto, que no se pusiera intensa, que entendiera mi vida sin que yo tuviera que explicar nada. Una comodidad muy injusta de mi parte.
No quiero hacerme el santo ahora. Sé que voy a seguir llegando cansado. Sé que algunas conversaciones me van a parecer largas. Pero puedo dejar de tratarla como una tarea que se posterga.
Esta semana hice una cosa simple: le dije que los miércoles paso después del trabajo, aunque sea media hora. No “un día de estos”, no “vemos”. Miércoles. También le dije que si no puedo ir, la llamo antes, no cuando ya la dejé esperando. Me costó decirlo porque sonaba demasiado pequeño para tanta deuda. Pero quizás por ahí se empieza, por no prometer cariño en grande y fallar en lo básico.
Hoy me escribió para preguntarme si quería caraotas guardadas. Antes habría respondido con un chiste seco. Esta vez le puse: “Sí, Ma. Y también voy por el café”. Me quedé mirando la pantalla un rato, con una tristeza tranquila. No arregla los años en que fui a medias, pero por lo menos ya no quiero seguir siendo igual.
