El repartidor no tenía la culpa de que mi paquete hubiera dado más vueltas que yo en una quincena, pero fue el primero que apareció frente a mí con uniforme y escáner, así que mi cerebro, tan moderno él, intentó convertirlo en ventanilla universal de todos mis pendientes.
Le dije gracias. Eso fue lo novedoso.
No porque yo sea una persona iluminada que ahora respira hondo frente a la adversidad, qué flojera. Lo dije porque alcancé a verme un segundo antes: el tono preparado, la ceja de auditor, la frase que empieza con “mira, no es contigo, pero…” y que casi siempre sí termina siendo contigo. Esa manera tan cómoda de lanzar la piedrita envuelta en explicación.
Me he estado fijando en una cosa incómoda: cada vez que algo sale mal, busco rápido a quién cobrarle emocionalmente. No hablo de no reclamar. Claro que hay que reclamar cuando algo no llega, no sirve, no corresponde o te tratan como si te estuvieran haciendo el favor de existir. Hablo de ese extra que le ponemos. Esa propina de enojo que nadie pidió y que, curiosamente, nunca arregla nada.
La civilización, según mi experiencia, está sostenida por gente que no sabe a quién transferir la llamada.
Y aun así uno se aferra.
Me pasó con el recibo del agua, con una cita que movieron sin avisar, con una compra que llegó incompleta, con el plomero que dijo “ahorita” y apareció en otra era geológica. En todos los casos sentí que mi irritación era una forma de justicia. Como si el universo necesitara escuchar mi voz ligeramente más fuerte para corregirse. Como si en algún centro de control dijeran: “Atención, este ciudadano ya está tronando los dedos, activen la eficiencia nacional”.
Spoiler: no.
Lo que sí pasa es que me quedo cansado, la otra persona se pone a la defensiva y el problema sigue igual, pero ahora con ambiente de junta vecinal a las diez de la noche.
Entonces estoy probando una modificación pequeña, bastante aburrida, casi decepcionante: separar el reclamo del desahogo. No siempre me sale. A veces mando el mensaje y después descubro que venía con chile de más. Pero intento hacer una pausa mínima antes de escribir o hablar. No una pausa zen. Una pausa de persona que todavía puede evitar hacer el ridículo.
La pausa consiste en preguntarme tres cosas:
Qué pasó.
Qué necesito.
A quién se lo estoy diciendo.
Parece obvio, pero lo obvio tiene mala fama porque no presume. “Qué pasó” me obliga a quitarle adornos al drama. No es “siempre hacen lo mismo”, porque muchas veces no sé si siempre. Es “me cobraron dos veces” o “me cambiaron la fecha” o “la pieza llegó rota”. Ya con eso baja tantito la telenovela interna.
“Qué necesito” es más difícil, porque a veces no quiero una solución: quiero que alguien admita que yo tenía razón, que se disculpe con música de fondo y que, si se puede, me otorgue una medalla por haber sobrevivido al trámite. Pero la realidad, tan poco detallista, suele requerir cosas más simples: que me devuelvan un pago, que repongan algo, que confirmen una hora, que me expliquen el siguiente paso.
“A quién se lo estoy diciendo” es la pregunta que más me ha pegado. Porque muchas veces le estoy hablando a alguien que no diseñó el sistema, no inventó la falla, no decidió la política y probablemente tampoco desayunó tranquilo. Es una persona usando una contraseña prestada por la empresa, con un manual que no redactó, tratando de llegar al final del turno sin que le digan de todo.
Esto no convierte a nadie en santo ni borra la mala atención. Tampoco significa aguantar abusos o sonreír mientras te marean. Nada de eso. Más bien significa reclamar con puntería. Decir: “Esto pasó, necesito esto, ¿me puedes indicar cómo resolverlo?” Y si no se puede, pedir con claridad que te pasen con quien sí tenga margen. Sin el numerito. Sin esa actuación de cliente herido que aprendimos quién sabe dónde y que se siente poderosa durante doce segundos.
Doce segundos carísimos.
Me doy cuenta de que cambiar esto también toca mi forma de moverme por la ciudad. En la tienda, en el chat de atención, en la administración del edificio, en el taller, en la fila del súper cuando la caja se traba y todos hacemos la coreografía nacional de mirar hacia arriba. Me dan ganas de no sumar ruido por deporte. De no usar a desconocidos como contenedores de mi semana pesada.
Porque también hay algo de vanidad en sentirse el único afectado. Uno trae prisa y cree que la prisa lo vuelve personaje principal. Uno tuvo un mal día y piensa que el mundo debe abrir un carril especial para su tragedia de mediana intensidad. Y sí, hay días horribles. Pero si cada molestia mía necesita público, entonces no estoy defendiendo mis derechos: estoy buscando escenario.
Lo digo con cariño hacia mí, que soy muy dado al escenario portátil.
Mi plan no es volverme amable de catálogo. Desconfío de la gente que jamás se enoja; seguro guarda los recibos en carpetas por color y algún día nos va a cobrar todo junto. Mi plan es más modesto: reclamar sin humillar, insistir sin aplastar, pedir solución sin convertir a la persona de enfrente en representante absoluto del caos.
También quiero aceptar que a veces tendré que escalar un asunto, escribir de nuevo, guardar comprobantes, esperar más de lo razonable. Pero puedo hacerlo sin quemarme completo. Puedo ser firme sin ponerme teatral. Puedo decir “esto no está bien” sin agregar “y además usted arruinó mi fe en la humanidad”, aunque ganas no falten.
Lo pequeño que empecé a hacer es redactar primero la versión venenosa y no enviarla. La leo. Me da un poco de pena. Luego la traduzco a idioma adulto funcional. Se pierde dramatismo, sí. Gana utilidad. Mal negocio para mi ego, buen negocio para mi presión arterial imaginaria.
Quizá la transformación más realista empieza ahí: no en dejar de molestarse, sino en dejar de usar la molestia como permiso para ser injusto. Reclamar mejor no arregla el país, ni la paquetería, ni la llave que gotea desde hace tres semanas. Pero arregla una esquina de mi manera de estar con otros.
Y por algo se empieza.
Aunque sea por no aventarle mi quincena emocional al primer repartidor que toque el timbre.
