Dicen que “el tiempo es oro” (refrán popular) y, vale, supongo que sí. Pero luego te levantas, miras el móvil “un segundo” y ya vas tarde. Y lo peor no es ir tarde, es el teatro que montamos alrededor: el “ya salgo”, el “estoy aparcando”, el “me pilló el atasco”, como si la vida fuera un justificante permanente.
A mí me pasa bastante, la verdad. Y como no tengo una teoría profunda ni nada, solo tengo una mezcla de excusas y trucos medio obvios que a veces funcionan y a veces no. Por ejemplo: poner alarmas. Muchas. Una para despertarme, otra para “deberías ducharte”, otra para “deberías salir”. Es un poco ridículo, pero si no, me despisto. ¿Esto arregla algo? Pues no sé. A veces sí. A veces me las salto como si fueran recomendaciones.
Otra cosa típica: preparar lo del día anterior. La ropa, las llaves, la mochila. Esto lo dice todo el mundo. Y aun así, hay días que lo hago y llego tarde igual, porque siempre sale algo: que si no encuentro los auriculares, que si me da por limpiar una mancha que no importa, que si me pongo a mirar el tiempo en la app como si eso cambiara la lluvia.
Luego está el tema social, que es lo peor. Porque ir tarde solo es un fastidio, pero ir tarde con otros es quedar como alguien que “no respeta”. Y ahí yo me rayo, porque tampoco es que quiera faltar al respeto, pero tampoco quiero vivir como un reloj suizo. Entonces hago el apaño del WhatsApp: “tío, llego en 5”. Y claro: nunca son 5. Son 12. O 20. Y ya está, ya lo he dicho.
Lo gracioso es que hay gente súper puntual que te saca de quicio, y gente súper impuntual que te cae genial. Así que al final no sé si la puntualidad es una virtud o solo una manía bien vista. Supongo que lo ideal es un término medio, en plan: intentar llegar a la hora, pero sin ponerse intenso.
Conclusión: si quieres llegar puntual, pon alarmas, sal antes y deja de mentirte con lo de “voy llegando”. O sea, lo básico. No es brillante, pero es lo que hay.
