No sé si esto cuenta como algo para escribir, pero lo tiro igual porque me quedó la sensación ahí, pegada, como cuando te acordás de algo y te da una mini incomodidad sin razón clara. Y no, no soy técnico ni electricista ni nada, así que no vengo a dar consejos finos; es más bien una de esas cosas que pasan y uno dice “ah, ya, no fue nada”… y después se queda mirando el enchufe como si fuera una persona.
La vaina fue simple: yo tenía el cargador original del celular, pero se me dañó el cable (o eso creo, porque a veces funcionaba y a veces no, o sea, como que sí, pero no). Entonces en vez de comprar uno “bueno”, fui y compré uno de esos que te venden baratito, dizque “rápido”, y uno se siente súper inteligente porque pagó menos. Fren, a mí me encanta sentir que pagué menos, aunque sea por tonterías.
Lo conecté en mi cuarto, en la regleta donde tengo todo: la lámpara, el abanico, el cargador, el router (sí, lo tengo ahí porque no tengo otra toma cerca), y una cosita para cargar audífonos. O sea, todo junto como si el enchufe fuera una fiesta. Y normal, los primeros días ni pendiente. Yo cargaba el celular, lo agarraba, me iba, volvía, lo conectaba, y así.
Hasta que una noche, estaba acostado y de repente me llegó como un olor… no era humo humo, pero era un olor como a plástico calentito, como cuando dejás algo al sol y se pone feo. Yo pensé que era afuera, que venía del pasillo, o que algún vecino estaba quemando comida. Me paré igual (porque la curiosidad también es ansiedad), y cuando metí la mano por donde está la regleta sentí el cargador caliente. Caliente de verdad. Y ahí me dio ese sustito que no es pánico, pero te despierta.
Lo desconecté y lo vi como si me fuera a responder. Y ahí es donde soy medio ridículo: me puse a oler el cargador como si olerlo me fuera a decir “sí, te vas a morir” o “tranquilo”. No olía a nada fuerte ya, solo como a nuevo barato. Y mi cabeza empezó a hacer esas dos películas a la vez: una que dice “no exageres, eso pasa” y otra que dice “¿y si se quema algo mientras dormís?”. Las dos al mismo tiempo, qué estrés.
Al final no hice nada heroico. Puse el cargador aparte, me dije que lo iba a botar, y al día siguiente lo volví a usar “solo un ratito” porque me urgía salir y no tenía batería. O sea, lo típico: me asusto y después me acostumbro. Y ahí es donde, supongo, esto debería tener una enseñanza, pero honestamente no la tengo bien armada. Solo sé que me dio vergüenza conmigo mismo, como por andar jugando al vivo con cosas que no son chiste, pero igual… uno sigue.
Capaz mañana compro uno mejor, capaz no. Capaz lo olvido hasta el próximo olor raro. Así ando: entre “ya, normal” y “pucha, qué irresponsable”.
