Hubo un tiempo en que yo creía que fingir era una forma de educación. No lo llamaba así, claro. Lo disfrazaba con nombres más bonitos: saber estar, tener tacto, no complicarle la vida a nadie, caer bien, ser una persona llevadera. Pero en el fondo, si me pongo honesto, muchas veces lo que yo hacía era actuar. Actuar que estaba tranquilo cuando estaba harto. Actuar que entendía lo que no entendía. Actuar que una relación me importaba menos de lo que me importaba. Actuar dureza para que no me vieran la necesidad, y actuar ligereza para que no me pesara encima la mirada ajena. Uno se acostumbra a eso con una facilidad tremenda, y lo peor no es el cansancio de sostener el personaje, sino el momento en que ya no sabes bien qué parte de ti habla y qué parte solo repite un papel aprendido.
A mí el alivio de dejar de fingir no me llegó como una gran liberación heroica, ni como una escena limpia donde por fin uno dice la verdad y todo se acomoda. Me llegó más bien como un derrumbe silencioso. Un día me di cuenta de que me estaba agotando demasiado para parecer alguien funcional, sereno, claro, y que mientras más cuidaba esa versión presentable de mí, más lejos me quedaba de la vida que de verdad estaba sintiendo. Entonces empecé a soltar de a poco, no con discursos, sino con gestos mínimos: decir “no quiero” sin inventarme una excusa elegante, decir “esto me dolió” sin rebajar la frase para no incomodar, decir “no sé” sin esa vergüenza antigua de parecer menos firme. Y mira, qué cosa tan simple y tan grande: el cuerpo lo agradeció antes que mi cabeza. Dormía mejor. Respiraba distinto. Hasta el tono de voz me cambió. Como si por fin dejara de cargar una maleta que ya ni recordaba cuándo había agarrado.
Lo curioso es que dejar de fingir no me volvió más bruto ni más cruel, como a veces se cree. No me hizo irrespetuoso ni me convirtió en alguien incapaz de convivir. Lo que hizo fue quitarme una capa de teatro. Me dejó más expuesto, sí, pero también más entero. Porque fingir no solo engaña a los demás; también te parte por dentro. Te obliga a vivir negociando contigo mismo, corrigiéndote, peinándote el alma para que no se note el desorden. Y llega un punto en que uno se cansa de ser su propio relacionista público. Por eso ahora valoro tanto a la gente con la que no tengo que ensayar. La gente ante la que puedo aparecer medio roto, medio confundido, medio humano, sin sentir que estoy fallando una prueba. Al final, para mí, el verdadero alivio de dejar de fingir no está en que el mundo te acepte tal como eres. Está en algo más íntimo y más difícil de explicar: en que por fin dejas de vigilarte a ti mismo y puedes sentarte, aunque sea un rato, a vivir dentro de tu propia verdad sin pedir perdón.
