No sé en qué momento me pasó, pero un día dejé de pensar “algún día voy a comprar una casa” y empecé a pensar “a ver si por lo menos este año no me suben tanto la renta”.
Suena triste, pero peor: ya hasta me suena normal.
Cuando era más chico, comprar casa se sentía como una meta adulta. Algo difícil, sí, pero posible. Como sacar una carrera, encontrar chamba estable, ahorrar unos años, organizarte bien y dar el enganche. No parecía sencillo, pero tampoco una fantasía. Era de esas cosas que uno veía lejos, no imposibles.
Ahora, en cambio, hay días en que esa idea me da risa.
No una risa bonita. Una de esas risa secas que salen cuando algo te rebasa.
Porque hago cuentas y no me dan. Las vuelvo a hacer y tampoco. Recorto gastos, comparo zonas, me meto a ver anuncios, escucho consejos de gente que compró hace quince años y siento que estamos hablando de dos planetas distintos. Me dicen que tenga disciplina, que deje los gustitos, que no desperdicie dinero. Y yo pienso: ojalá el problema fuera el café de la mañana y no el hecho de que todo se encareció más rápido que mi vida.
A veces me molesta lo fácil que algunos juzgan.
Como si no comprar casa fuera una falla moral. Como si fuera falta de madurez, flojera o mala administración. Como si todos estuviéramos gastando el sueldo en tonterías mientras ignoramos una mansión en oferta. La verdad es mucho menos escandalosa y mucho más pesada: a muchísima gente no le alcanza, aunque haga las cosas “bien”.
Y eso pega más hondo de lo que parece.
Porque una casa no es solo un techo. También es una idea de futuro. Es una forma de decir “voy a poder quedarme”, “voy a poder construir algo”, “mi vida no va a depender siempre de que otro decida cuánto valgo y cuánto pago”. Cuando esa posibilidad se empieza a borrar, no solo se complica el patrimonio. También se te mueve algo por dentro.
Te cuesta imaginarte a largo plazo.
Te cuesta planear.
Te cuesta sentir que estás avanzando.
Yo mismo he sentido esa vergüenza rara de llegar a cierta edad y notar que sigo viviendo como si todo fuera provisional. Muebles que no termino de escoger porque “para qué, si igual me vuelvo a mudar”. Cosas que no compro porque no sé si van a caber en el próximo lugar. Proyectos que pateo porque no siento piso. Y sí, ya sé que una persona vale más que una escritura, pero tampoco nos hagamos tontos: vivir sin estabilidad desgasta.
Lo más extraño es que uno se va adaptando.
Empieza haciendo chistes. “Ya mejor me compro una casa en Marte.” “Mi plan financiero depende de una herencia que no existe.” “Capaz que a los 73 junto para el baño.” Te ríes, lo subes, otros se identifican, se vuelve meme, se vuelve conversación. Pero abajo del chiste hay algo muy serio: una generación entera tratando de no sentirse fracasada por no alcanzar algo que cada vez se aleja más.
Yo no creo que todo mundo tenga que comprar una casa para ser feliz. Tampoco creo que rentar sea automáticamente una tragedia. Hay gente que prefiere moverse, no amarrarse, vivir distinto. Eso está bien. Lo que me pesa no es que existan otras formas de vivir. Lo que me pesa es sentir que, en muchos casos, ya ni siquiera estamos eligiendo. Solo estamos aceptando lo único que quedó.
Y vivir resignado cansa.
Por eso me hizo bien ponerle nombre a esta incomodidad. No es envidia. No es capricho. No es obsesión con aparentar éxito. Es duelo. Duelo por una idea de adultez que me vendieron como alcanzable y que hoy, para muchos, parece una puerta cerrándose despacito en la cara.
No sé si algún día voy a comprar una casa.
Hoy, sinceramente, no lo sé.
Pero sí sé algo: no quiero seguir tragándome en silencio la mentira de que, si no llego, es porque no me esforcé lo suficiente. Hay problemas que no caben en una hoja de Excel personal. Hay cansancios que no se arreglan dejando de pedir comida a domicilio. Y hay metas que dejaron de ser individuales hace mucho tiempo.
Tal vez lo más honesto que puedo decir hoy es esto: no dejé de soñar con comprar casa porque maduré. Dejé de soñarlo porque me fui cansando de pelear con números que parecían escritos para expulsarme.
Y admitir eso, aunque duela, al menos ya se siente un poco más real.
