No sé en qué minuto empecé a hablar solo, pero ya a esta altura lo tengo asumido.
No hablo de grandes discursos tampoco. No es que me pare frente al espejo a dar charlas motivacionales ni nada de eso. Hablo de esas frases chicas, medias sueltas, que se me arrancan sin pedir permiso. “¿Dónde dejé las llaves?”. “Ya, esto primero”. “No, así no”. “Qué tontera hice”. Cosas así. Como si adentro mío hubiera dos personas: una que vive y otra que va comentando la jugada.
Antes me daba plancha admitirlo. Pensaba que hablar solo era una maña rara, una señal de que uno se estaba poniendo demasiado mañoseado o demasiado solo. Además, si te pilla alguien justo en ese momento, no falta el que te mire con cara de “este cabro está mal”. Entonces uno aprende a disimular. A mover apenas la boca. A hacerse el que está cantando. A fingir que está hablando por teléfono, que igual ya es casi el disfraz oficial de la gente rara en la calle.
Pero con los años me empecé a fijar mejor y caché algo: estamos llenos de personas que hablan solas. En la micro, en la feria, en el súper, caminando por la vereda. Algunos lo hacen bajito. Otros ni se esconden. Y, la verdad, me empezó a parecer menos una rareza y más una herramienta.
Porque una cosa es pensar, y otra bien distinta es escucharse.
A mí, por lo menos, decir algo en voz alta me ordena. Cuando tengo la cabeza llena, las ideas adentro se me mezclan como cables viejos. Pero apenas digo una frase, aunque sea una tontera, algo se acomoda. Como si la voz le pusiera borde a lo que estaba todo revuelto. “Primero lava los platos, después te sientas”. Y listo. Suena básico, pero funciona. Me baja del humo mental.
También me pasa cuando estoy nervioso. Si tengo que hacer algo que no quiero, empiezo con mi pequeño comentarista interno, pero ya sin tanto interno. “Ya, si no es para tanto”. “Anda nomás”. “Lo peor es pensarlo”. No siempre resulta, obvio. No me convierto en héroe por hablarme. Pero al menos me acompaño. Y eso, en días malos, vale harto.
Lo curioso es que uno puede pasar años tratándose pésimo sin darse cuenta, hasta que se escucha. Ahí no hay escapatoria. Pensar “soy un idiota” pasa rápido. Pero decirlo en voz alta pega distinto. Suena feo. Suena cruel. Suena como si se lo estuvieras diciendo a otra persona. Y tal vez por eso empecé a hablarme un poco mejor. No por autoestima de libro, sino por cansancio. Ya era suficiente con las complicaciones de afuera como para tener, además, un locutor pesado viviendo en mi cabeza.
Igual no me romantizo. A veces también me reto solo, me contradigo, me alego. A veces digo “no puede ser” tres veces seguidas por una tontera mínima, como cuando se cae una cuchara o no encuentro el cargador estando frente a mis narices. No soy un sabio conversando consigo mismo. Soy un tipo común tratando de pilotear el día como puede.
Y, no sé, hay algo hasta tierno en eso.
En un mundo donde casi todo nos empuja a mirar para afuera, a reaccionar, a producir, a contestar, hablar solo tiene algo de refugio pobre pero honesto. Es una forma mínima de hacerse compañía. De decir: “Estoy acá. No tengo todas claras, pero estoy acá”.
Así que ya no me da vergüenza.
Si un día me ves murmurando mientras busco pan o cruzo la calle, tranquilo. No estoy peleando con fantasmas ni recitando discursos secretos. Seguramente solo me estoy ayudando a pasar el rato, a ordenar la cabeza o a recordar qué venía a hacer.
Y, mirá, entre que me hable yo o me vuelva loco en silencio, prefiero lo primero.
