—A ver, imagínate una manzana.
Yo tenía ya bastantes años cuando entendí que esa frase no era una forma de hablar. Yo pensaba que “imaginar” era pensar en una manzana: saber que es redonda, que puede ser roja, que cruje, que huele rico, ya. Pero no. Resulta que mucha gente sí la ve. No con los ojos, claro, pero la ve adentro. Le aparece.
A mí no.
Y cuando me cayó ese veinte, la neta, me saqué mucho de onda.
No fue un drama ni una tragedia. Fue más bien una de esas cosas que te reordenan la cabeza. Como descubrir que vivías usando una palabra importantísima de otra manera. Yo iba por la vida creyendo que todos funcionábamos parecido, y no. Había personas que, si les decías “piensa en la playa”, casi podían ver el mar, el color del cielo, hasta la toalla mal puesta en la arena. Yo, en cambio, pensaba en la idea de una playa. En el concepto. En el calor. En el ruido del agua. Pero imagen, imagen… nada.
Al principio me dio risa. Después me dejó pensando días enteros.
Porque entonces empecé a entender muchas cosas de mí. Por ejemplo, por qué cuando alguien describía un lugar con muchísimo detalle yo no sentía que “se me apareciera” nada. O por qué, cuando leía novelas larguísimas, yo no armaba una película completa en la cabeza como otra gente decía hacer. Yo leía a gusto, sí. Sentía cosas. Me metía en la historia. Pero no era cine interior. Era otra cosa, más rara, más abstracta, más hecha de sensaciones que de estampitas mentales.
También entendí mis recuerdos.
Yo puedo acordarme de muchísimas cosas. De frases, de vergüenzas, de tonos de voz, de lo que sentí en cierto momento. Pero no siempre puedo “ver” la escena. Y eso me pegó fuerte, porque durante un rato pensé: entonces, ¿recuerdo menos? ¿quiero menos? ¿se me borra más rápido la gente?
Luego entendí que no.
Uno puede querer muchísimo sin andar proyectando imágenes por dentro. Uno puede extrañar aunque no le salga la cara clarita en la mente. Uno puede tener memoria, solo que armada de otra forma. Como si en vez de guardar postales, guardara huellas.
A mí eso me dio paz.
Porque sí, al inicio me comparé. “Ah, entonces a los demás les pasa algo más completo.” “Ah, entonces quizá yo me pierdo de una parte de la experiencia humana.” Pero luego pensé: no necesariamente. Tal vez no me falta una ventana. Tal vez mi casa está construida de otro modo.
Y eso también cuenta.
Desde entonces me fijo mucho en cómo damos por hecho que todos sentimos igual. Decimos “imagínate esto”, “visualiza tu futuro”, “ve esta escena en tu mente”, como si la cabeza de todos viniera armada con el mismo mecanismo. Y no. Cada quien carga su propio desorden, su propia forma de recordar, de pensar, de soñar despierto. A veces ni siquiera sabemos que somos distintos hasta que una conversación tonta lo revela.
Eso me parece fascinante.
Porque hay diferencias que no se ven. No se notan al saludar, ni al trabajar, ni al platicar cualquier cosa. La persona de enfrente puede estar entendiendo el mundo de una manera completamente distinta a la tuya, y tú ni enterado. A mí eso, más que asustarme, me volvió un poco más humilde. Menos lanzado a creer que mi manera de vivir las cosas es “la normal”.
Quién sabe cuántas otras experiencias humanas andan por ahí escondidas, sin nombre para mucha gente, sin conversación, sin espacio. Cosas que no son enfermedades, ni fallas, ni rarezas para exhibir. Solo maneras distintas de estar aquí.
A mí me cambió descubrir esto.
No porque ahora me sienta especial. Al contrario. Me cambió porque me hizo mirar a los demás con más curiosidad y menos soberbia. Me recordó que la mente humana no viene en una sola versión. Y que a veces uno pasa años enteros creyendo que comparte el mismo cuarto con todos, cuando en realidad cada quien vive en una casa distinta, aunque por fuera parezcan iguales.
Yo, por lo pronto, ya hice las paces con esto.
No veo la manzana.
Pero aquí sigo, mordiéndole a la vida como puedo.
