—Cierra los ojos e imagina una manzana.
Así me dijeron una vez, en una conversación que parecía completamente tonta y que, sin embargo, me dejó pensando varios días. Yo cerré los ojos, hice mi mejor esfuerzo y respondí algo como: “Ya”. La otra persona me preguntó de qué color era. Y ahí me quedé en blanco. Nunca mejor dicho.
Porque yo no estaba viendo ninguna manzana.
No era roja, ni verde, ni brillante, ni tenía hoja. No estaba sobre una mesa, no tenía sombra, no tenía mordida. No había nada. O, mejor dicho, había una idea de manzana, pero no una imagen. Yo sabía lo que era una manzana. Podía describirla. Podía reconocerla entre mil frutas. Pero no podía verla en mi cabeza.
Hasta ese momento, yo pensaba que cuando la gente decía “imagina esto” estaba hablando en sentido figurado. Como cuando uno dice “ya veo” y en realidad quiere decir “ya entendí”. Creía que todos estábamos fingiendo un poquito, usando una forma de hablar cómoda, nada más. Me sorprendió descubrir que no. Que hay personas que realmente cierran los ojos y ven cosas. Un rostro. Un cuarto. Un caballo azul si les da la gana. Una escena completa, con detalles, movimiento y color.
A mí eso me pareció casi un superpoder.
Lo curioso es que no me sentí defectuosa cuando lo entendí. Más bien sentí una mezcla rara de asombro y alivio. Asombro, porque de pronto descubrí que la mente de los demás no funcionaba como la mía. Y alivio, porque varias pequeñas rarezas de mi vida empezaron a tener sentido.
Por ejemplo, ahora entiendo por qué siempre fui tan mala siguiendo esas meditaciones guiadas que decían: “Visualiza una luz dorada bajando por tu cuerpo” o “imagina que caminas por un bosque tranquilo”. Yo no caminaba por ningún bosque. Yo solo escuchaba a una señora muy calmada diciéndome cosas que no pasaban. Mientras otros, quizá, estaban viendo árboles, yo estaba pensando en la lista del mercado o en si había apagado la cocina.
También entendí por qué, cuando alguien me contaba con nostalgia la casa donde creció, yo conectaba más con la emoción que con la escena. La persona me decía “la puerta era azul, el patio era pequeño, había una silla de mimbre”, y yo no armaba ninguna postal interior. Lo que sí sentía era el peso afectivo de sus palabras. Como si mi cabeza, al no tener pantalla, hubiera aprendido a escuchar de otro modo.
No voy a mentir: hay algo de injusticia poética en todo esto. Me da un poco de envidia pensar que hay gente capaz de volver a la cara de alguien que amó con solo cerrar los ojos. A mí los recuerdos no se me aparecen así. Los tengo, claro. Pero llegan más como certezas que como imágenes. Sé cómo era la sonrisa de mi abuelo, pero no es que la vea flotando frente a mí. La conozco desde otro lugar, uno más difícil de explicar.
Y, sin embargo, tampoco siento que me falte un mundo entero. Siento que el mío está armado con otros materiales.
Yo pienso mucho con palabras. Con ritmos. Con asociaciones medio raras. A veces una idea me queda sonando como una canción pegajosa. Otras veces recuerdo una etapa de mi vida por la sensación que tenía el aire en esos días, no por lo que veía. Mi memoria parece menos una galería de fotos y más una caja de ecos. No sé si eso es peor o mejor. Solo sé que es mío.
Lo que más me impresionó de descubrir esto no fue la diferencia en sí, sino lo fácil que es vivir creyendo que todos sentimos por dentro más o menos de la misma manera. Uno da por hecho que “imaginar”, “recordar” o “pensar” significan lo mismo para todos, cuando tal vez cada cabeza está haciendo algo completamente distinto y usando las mismas palabras para no complicarse.
Desde entonces me volví más prudente. Ya no me apuro tanto a creer que entiendo exactamente cómo vive el otro por dentro. Si una cosa tan simple como imaginar una manzana puede ser tan distinta, quién sabe cuántas otras diferencias invisibles nos rodean todo el tiempo.
Y no sé, a mí eso me volvió un poco más humilde.
Porque al final no todos vemos el mundo del mismo modo.
Y algunos, literalmente, no lo vemos.
