Cuando arreglas una cosa, el mundo se afloja un poco
Te voy a contar algo mínimo. Una tontería, de esas que no salen en ninguna biografía.
Se me malogró la licuadora.
Sí, ya sé. No es tragedia griega. No es un incendio. No es un gran drama.
Pero escucha: fue uno de esos momentos donde el día te muestra su verdadera cara. Porque la licuadora no es solo una licuadora. Es desayuno. Es rutina. Es “me apuro porque llego tarde”. Es “hoy sí me cuido”. Es “hoy sí tomo fruta”. Es un pequeño pacto con la vida.
La prendo. Suena raro. Como un zumbido con tos.
Vuelve a sonar. Se apaga. La vuelvo a prender. Se apaga. Y ahí aparece la escena típica, la que ya conocemos:
Primero, la negación. “Seguro es el enchufe.”
Después, la fe. “Ahorita funciona.”
Luego, la rabia: “¡Justo hoy!”
Y por último, la rendición moderna: “Bueno… compro otra.”
Y aquí es donde cambia la historia, porque mi mano ya estaba en el celular, lista para buscar “licuadora oferta envío hoy”, cuando me acordé de una frase que escuché hace años en un taller de barrio. No me acuerdo quién la dijo, pero se me quedó clavada:
“Cuando arreglas una cosa, el mundo se afloja un poco.”
No sé por qué me dio vergüenza. Vergüenza de mí misma, de lo rápido que estaba dispuesta a reemplazar algo sin siquiera entender qué le pasaba. Como si todo fuera descartable, como si yo también lo fuera, en el fondo: reemplazable, intercambiable, sin historia.
Así que hice algo casi rebelde, hoy en día: busqué un técnico.
1) El taller como lugar sagrado
El taller quedaba a cinco cuadras. Un local chiquito, con una pared llena de cables, cargadores antiguos, controles remotos de televisores que ya no existen, ventiladores destripados, una plancha abierta como si la hubieran operado.
Y el técnico, un señor tranquilo, me dijo:
“Déjala nomás. A veces es una tontería.”
Esa frase—“una tontería”—me sonó a medicina. Porque hoy vivimos como si todo fuera irreversible. Como si cada error fuera definitivo. Y en un taller, de pronto, existe lo contrario: la posibilidad de que las cosas tengan segunda vida.
Me pidió que le describa el problema, y yo lo hice con toda la precisión inútil del usuario: “Suena raro, como que se cansa, como que quiere y no puede…”
Él sonrió. Y ahí sentí algo fuerte: cuando uno no sabe arreglar, empieza a hablarle a los objetos como si tuvieran ánimo. “Está cansada”, “ya no da”, “se murió”. Los humanizamos porque nos falta lenguaje técnico. Y tal vez también porque, sin darnos cuenta, los objetos se volvieron parte del hogar. Parte de lo íntimo.
El señor abrió la base.
Y me dijo, casi sin mirarme:
“Esto no es maldad, señorita. Esto es polvo.”
Polvo. Un montón de polvo acumulado donde no debía. Algo que se soluciona limpiando, ajustando, volviendo a encajar. Y yo pensé: cuántas cosas en la vida son eso. No tragedias. Polvo.
2) La religión secreta de estrenar
Cuando era chica, arreglar era normal. No porque fuéramos santos ecológicos. No. Era normal porque no había plata, porque todo costaba, porque nadie quería botar algo “todavía útil”.
Ahora, en cambio, estrenar se volvió una especie de religión secreta. Nadie la llama así, pero está en todas partes. Estrenar te promete reinicio: una versión nueva de ti. Un “ahora sí”. Un “esta vez sí”. Y claro, estrenar da placer. Yo también lo siento. Sería hipócrita negarlo.
Pero estrenar tiene una sombra: te entrena para abandonar a la primera dificultad.
Si algo falla, se cambia. Si algo envejece, se reemplaza. Si algo pierde brillo, se descarta. Y, sin querer, esa lógica se te mete en los vínculos, en los proyectos, incluso en tu propia paciencia contigo.
A veces pensamos que vivimos en la era del “progreso”, pero muchas veces es solo la era del “reemplazo”. Y reemplazar no siempre es avanzar. A veces es huir.
3) Reparar como forma de pensar
Hay una idea que me gusta mucho—la leí hace tiempo en Ivan Illich, un pensador que hablaba de herramientas y vida cotidiana en “La convivencialidad”. Él defendía que las herramientas deberían ampliar nuestra autonomía, no reducirla. Y yo siento que reparar es exactamente eso: autonomía.
Porque cuando reparas, haces tres cosas raras en el mundo moderno:
Primero, te demoras.
Y demorarte hoy es casi un acto político.
Segundo, entiendes.
No te quedas en la superficie. Preguntas: “¿Cómo funciona esto?” Y esa pregunta, en serio, es una escuela.
Y tercero, aceptas la imperfección.
Arreglar no siempre deja la cosa como nueva. A veces queda con cicatriz. Y la cicatriz es una declaración: esto vivió, esto pasó por algo, esto siguió.
Me parece hermoso que la reparación no tenga la estética perfecta del marketing. Tiene otra estética: la de lo suficiente.
4) Lo que se rompe cuando todo es fácil
Cuando todo es fácil de comprar, algo se rompe por dentro: la relación con el esfuerzo.
No digo que el esfuerzo sea un valor por sí mismo. No. Yo no romantizo el sufrimiento. Pero sí creo que hay esfuerzos que te vuelven más humana. Y reparar es uno de esos.
Porque reparar te obliga a convivir con la frustración sin convertirla en drama. Te obliga a mirar de cerca. A probar. A equivocarte. A reconocer límites. “No sé hacer esto.” “Necesito ayuda.” “Esto me supera.” Esa humildad, en pequeñas dosis, es oro.
Y además, reparar te devuelve una sensación olvidada: la de cuidar.
Cuidar no como palabra bonita. Cuidar como práctica. Como gesto repetido. Como decisión.
5) La guerra silenciosa contra la reparación
Ahora… seamos honestas. Reparar, hoy, a veces parece que está diseñado para ser imposible.
Tornillos raros. Piezas selladas. Manuales inexistentes. Garantías que se anulan si miras el aparato con demasiada curiosidad. Baterías pegadas como si fueran secretos de Estado.
Y ahí aparece una pregunta incómoda:
¿De verdad se malogran las cosas… o las fabrican para que se malogren?
No lo digo como teoría conspirativa de madrugada. Lo digo como sensación cotidiana. Y por eso me interesa tanto la idea del “derecho a reparar” que se discute en varios países: que tengas acceso a repuestos, a información, a servicio. Porque reparar no es nostalgia: es libertad práctica.
Cuando no puedes reparar, dependes. Pagas. Recompras. Te adaptas a lo que deciden por ti. Y la dependencia, aunque venga envuelta en comodidad, tiene costo.
6) Reparar también es contar historias
Cuando el técnico terminó, me mostró el motor, me explicó lo del polvo, ajustó un cable, limpió un contacto, y la licuadora volvió a sonar como antes.
Me dijo el precio. Era menos de lo que yo estaba dispuesta a gastar en una nueva.
Yo salí del taller con la licuadora en una bolsa, pero con otra cosa en el pecho: una alegría rara, quieta, sin fuegos artificiales. Una alegría que no depende de “lo nuevo”, sino de “lo recuperado”.
Y pensé en mi abuela, que guardaba botones en una lata.
Pensé en mi viejo, que arreglaba enchufes con cinta aislante.
Pensé en mí, queriendo comprar rápido para no sentir incomodidad.
Reparar es una manera de decir: “No abandono tan fácil.”
Y sí, suena simple. Pero esa frase aplicada a la vida… es enorme.
7) Una propuesta pequeña para un mundo grande
Te propongo algo. No como reto de internet, no como moralina. Como experimento humano.
La próxima vez que algo se malogre—un cierre, una silla, un electrodoméstico, un reloj—haz una pausa antes de reemplazar.
Pregúntate:
-
¿Esto se puede arreglar?
-
¿Quién lo puede arreglar?
-
¿Qué aprendo si lo intento?
-
¿Qué parte de mí quiere reemplazarlo por ansiedad, no por necesidad?
Y si decides comprar nuevo, que sea consciente. No por impulso. Que sea tu elección, no tu reflejo.
Porque al final el punto no es vivir sin compras. El punto es vivir con criterio.
8) Cierre: la reparación como ternura
Volví a casa, lavé una manzana, la corté, puse un poco de agua, prendí la licuadora, y funcionó.
Y mientras giraba, pensé algo que quizá te suene raro: me sentí acompañada.
No por la máquina. Por la idea detrás de la máquina. Por esa certeza de que las cosas no tienen que ser perfectas para ser valiosas. Que pueden fallar y seguir. Que pueden tener polvo y recuperarse. Que pueden necesitar ayuda sin perder dignidad.
Tal vez por eso reparar nos toca tanto. Porque es una metáfora real, tangible, que hace ruido en un mundo que nos empuja a desechar.
Reparar es, en el fondo, un acto de ternura aplicada.
Ternura con los objetos, sí.
Pero también con el tiempo.
Con el planeta.
Con la memoria.
Y—si me apuras—con una misma.
Así que si algún día se te malogra algo, ojalá te acuerdes de esta frase:
“Cuando arreglas una cosa, el mundo se afloja un poco.”
Y si el mundo se afloja aunque sea un poquito… de repente, respirar es más fácil.
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Análisis de la publicación
Arreglar objetos rotos es más que una solución práctica; es un acto que promueve la paciencia, el cuidado y la resistencia frente a la cultura del consumo rápido. La reparación desafía la lógica del descarte inmediato y valoriza lo suficiente, invitando a recuperar una relación más consciente y autónoma con el mundo cotidiano.
La narración describe cómo, al descomponerse una licuadora, se elige repararla en vez de reemplazarla de inmediato. Este gesto suscita una reflexión sobre la prevalencia moderna del consumo y la descartabilidad frente a la antigua costumbre de la reparación. Se destaca que arreglar es una práctica que requiere paciencia y comprensión, que incorpora la aceptación de imperfecciones y que fortalece la autonomía personal. Además, se señalan obstáculos actuales para reparar, como el diseño dificultoso de los objetos y la falta de acceso a repuestos y manuales, generando dependencia en el consumo. Se expone también el valor ético y práctico del derecho a reparar y se propone una conciencia activa ante la decisión de comprar o arreglar, subrayando la reparación como un modo de vida marcado por el cuidado hacia uno mismo, el planeta y la memoria.
Fragmentos literales destacables
“Cuando arreglas una cosa, el mundo se afloja un poco.”“Reparar es, en el fondo, un acto de ternura aplicada.” Reparar significa mucho más que resolver un fallo técnico: representa una resistencia activa frente al consumismo acelerado que promueve lo nuevo y descarta lo usado sin reflexión. La demora y el esfuerzo que implica aceptar la imperfección y la vulnerabilidad propias y de las cosas, fomentan la autonomía y revalorizan el tiempo y la paciencia. Esta práctica contrasta con la ansiedad cultural de reemplazo inmediato, que favorece la dependencia y limita la comprensión profunda de los objetos y procesos cotidianos.
El diseño industrial actual muchas veces obstaculiza la reparación con componentes inaccesibles o sellados, dificultando el acceso a información y piezas necesarias, lo que transforma la reparación en una tarea no solo técnica sino cotidiana y política. La discusión en torno al “derecho a reparar” adquiere sentido en este contexto como una reivindicación de la libertad práctica frente a las fuerzas comerciales que privilegian la obsolescencia programada y el consumismo como norma social.
Incorporar la reparación en la vida cotidiana abre una vía para reconectar con modos de cuidado que trascienden lo material y se reflejan en la relación con uno mismo, los vínculos y el entorno ambiental. Desde esta perspectiva, reparar funciona como un ejercicio para desacelerar, atender la fragilidad y reafirmar una ética de suficiencia frente a la perfección y la inmediatez. Esta mirada potencia una reflexión sobre el progreso que no se mide solo en novedades tecnológicas, sino en la sostenibilidad afectiva, social y ambiental.
Una distinción importante es que reparar no busca la restauración perfecta ni mitigar el desgaste con estética comercial, sino celebrar la historia y la continuidad, aceptando las cicatrices como parte del valor. Así, reparar extiende su sentido simbólico a la ternura y el compromiso, invitando a desarticular patrones de consumo impulsivos mediante la conciencia crítica y la responsabilidad compartida.
Pensamiento colectivo
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