Cuando extraño lo que no fue
Che, me pasa algo raro últimamente. Me agarra la nostalgia. Pero no de esas lindas, ¿viste? No es que extraño veranos en la costa o los asados de los domingos con toda la familia riéndose. Ojalá. Extraño una época que, si soy honesta conmigo misma, fue bastante de mierda.
Tengo 34 años. Crecí en los 2000, en un barrio del conurbano. Y estos días me encuentro mirando fotos viejas en Facebook, escuchando Miranda! o Babasónicos en YouTube, y sintiendo un nudo en la panza. Como si esa piba de flequillo desmechado y jeans Oxford la hubiera pasado mejor que yo ahora. Y no. No la pasó mejor.
En casa no había un mango. Mi viejo se quedó sin laburo en 2001 y después nunca fue lo mismo. Me acuerdo del ruido de la tele todo el día con el noticiero, mi vieja haciendo malabares para que alcanzara la comida, y yo con 12 años haciéndome la boluda, pero entendiendo todo. Iba al colegio con las zapatillas rotas y me moría de vergüenza en gimnasia. En el 2004, 2005, cuando todas mis compañeras tenían MP3, yo seguía con el discman que se trababa si caminaba rápido.
Entonces, ¿qué carajo extraño?
Creo que extraño no saber. Extraño que el quilombo era grande, sí, pero era el quilombo de los grandes. Yo solo tenía que preocuparme por aprobar matemática y que no me cargaran por los brackets. Hoy el quilombo es mío. El alquiler, el laburo que no me gusta, la terapia que pago en cuotas, el miedo a quedarme sola. En esa época, aunque todo estuviera prendido fuego afuera, adentro mío había algo parecido a la esperanza. No porque fuera real, sino porque a los 15 años todavía te creés que a los 30 vas a tener todo resuelto.
Borges decía que “la nostalgia no es del pasado, sino del futuro que no fue”. Lo leí por ahí, no soy ninguna intelectual. Pero me pegó. Porque no extraño mi vida del 2006. Extraño la piba que yo era en 2006, que pensaba que el 2026 iba a ser otra cosa.
Y me pasa con todo. Extraño los ciber. Sí, esos lugares con olor a pibe y a comida de máquina, donde pagabas una hora para chatear en MSN. ¿Era cómodo? Para nada. Se tildaba, te espiaban por atrás, a veces había un flaco mirando cosas raras al lado tuyo. Pero era una aventura. Ahora scrolleo en el celular tirada en la cama y es todo tan fácil que me aburro. Extraño la fricción, creo.
Extraño también la tele de antes. Los programas pedorros de la tarde, Intrusos con Rial, Los Simuladores. No eran obras de arte. Pero los veíamos todos. Al otro día en el colegio hablábamos del mismo capítulo, del mismo chisme. Había algo colectivo. Hoy cada uno está en su Netflix, en su TikTok, en su mundo. Nadie comparte nada con nadie. Antes éramos pobres y estábamos juntos. Ahora capaz que estamos un poco menos pobres, pero estamos solos.
Lo loco es que me acuerdo y me pongo melancólica, pero si me dieran la máquina del tiempo no vuelvo ni en pedo. No quiero volver a tener 15 y sentir que se me viene el mundo abajo porque el pibe que me gustaba no me habló en el recreo. No quiero volver a la incertidumbre de no saber si íbamos a llegar a fin de mes. No quiero volver a esa angustia sorda que tenía todo el tiempo y que no sabía nombrar.
Entonces me doy cuenta de que no extraño la época. Extraño una versión mía que ya no existe. Extraño tener por delante todo el tiempo del mundo para cagarla y arreglarla. Extraño poder echarle la culpa a mis viejos, al país, al destino. Ahora si me va mal, la responsable soy yo. Y eso pesa una tonelada.
El otro día hablé con mi hermano de esto. Él tiene 28. Me dijo: “Pará, pero si vos vivías quejándote. Te la pasabas diciendo que te querías ir de casa”. Y tiene razón. Me olvidé. La nostalgia es re tramposa. Te edita los recuerdos. Te pone un filtro sepia y te saca las partes feas. Te deja solo la música de fondo y las risas. Pero yo me acuerdo de llorar en el baño del colegio porque no entendía nada. Me acuerdo del miedo. Me acuerdo de sentir que no encajaba en ningún lado.
Capaz que esto de extrañar épocas chotas es algo bien argentino, qué sé yo. Siempre estamos mirando para atrás. Que los ’90, que el 1 a 1, que cuando éramos campeones del mundo pero no sabíamos. Siempre el pasado parece más fácil porque ya lo sobrevivimos. El presente te está pasando por encima ahora, con botas. Del futuro ni hablemos.
No sé si a ustedes les pasa. Capaz que estoy flasheando sola. Pero desde que me di cuenta de esto, intento hacer otra cosa. Cuando me agarra la nostalgia, en vez de quedarme pegada a la foto vieja, me pregunto: ¿qué de eso que extraño puedo construir ahora? No puedo volver a tener 15, pero puedo mandar un mensaje a una amiga y cagarme de risa como antes. No puedo volver al ciber, pero puedo apagar el wifi una hora y leer un libro. No puedo volver a no tener responsabilidades, pero puedo dejar de pretender que tengo que tener todo resuelto.
Porque si dentro de diez años me agarra la nostalgia del 2026, quiero que sea por algo que valió la pena. No porque la estaba pasando mal y no me di cuenta. No quiero volver a extrañar una época que tampoco fue feliz.
Quiero que, aunque la vida siga siendo un quilombo, por lo menos sea mi quilombo. Elegido, remado, vivido. Y si me tengo que poner melancólica, que sea por algo real. No por un fantasma.
Perdón si me fui por las ramas. Es que tenía esto acá, atragantado. Y si este lugar es para sacarlo, bueno, acá está. Gracias por leer.
Fragmento destacado por el autor
“La nostalgia es re tramposa. Te edita los recuerdos. Te pone un filtro sepia y te saca las partes feas. Te deja solo la música de fondo y las risas. Pero yo me acuerdo de llorar en el baño del colegio porque no entendía nada.”
Contexto editorial
Experiencia o testimonio personal
Relato basado en la experiencia, memoria o percepción de su autor. No permite extraer por sí solo conclusiones generales.
Esta clasificación editorial ha sido realizada con ayuda de IA. Describe el tipo de contenido; no verifica ni avala sus afirmaciones.
Filtros
Análisis de la publicación
La nostalgia puede generar un anhelo confuso que no solo rememora tiempos pasados, sino que también añora una versión anterior de uno mismo y un futuro idealizado que nunca llegó. Frente a la complejidad y las responsabilidades del presente, surge el deseo de recuperar la esperanza y la sensación de posibilidad propias de la juventud, a pesar de las dificultades reales vividas.
Una persona en sus treinta reflexiona sobre su infancia y adolescencia en un contexto difícil de pobreza y crisis familiar durante los años 2000 en el conurbano. Aunque esas experiencias fueron duras, siente nostalgia no por ese pasado en sí, sino por la versión joven de sí misma que creía en un futuro distinto y lleno de esperanza. Contrasta esa etapa con la adultez, marcada por problemas propios, responsabilidades, soledad y un sentido de incertidumbre diferente. Reconoce que la nostalgia a menudo idealiza y distorsiona los recuerdos, borrando las partes más duras para dejar solo una sensación melancólica de tiempos compartidos y más sencillos. Propone que esa emoción puede servir para preguntarse cómo recuperar en el presente algunos de esos aspectos valiosos, para construir una vida más auténtica y con un sentido de pertenencia real.
Fragmentos literales destacables
“Extraño tener por delante todo el tiempo del mundo para cagarla y arreglarla.”“La nostalgia es re tramposa. Te edita los recuerdos. Te pone un filtro sepia y te saca las partes feas.” La nostalgia no es solo una idealización del pasado, sino un duelo por un futuro incumplido y una versión propia perdida. La mirada selectiva y emocional sobre la juventud puede generar una sensación errónea de que la vida adulta carece de posibilidades, obviando que la esperanza y el sentido pueden tomar formas distintas en cada etapa. La melancolía hacia tiempos anteriores, incluso difíciles, revela un deseo profundo de agencia y libertad para equivocarse y reconstruirse, algo que la adultez ofrece, aunque de modo más complejo.
Esta emoción tiene un potencial paradojal: al ser un mecanismo que filtra y modifica la memoria para hacerla más amable, también puede bloquear la apreciación de las propias capacidades y recursos actuales. El desafío consiste en reconocer la distorsión nostálgica y utilizarla como un motor para implementar cambios concretos que generen vínculos sociales y espacios de disfrute en el presente. Por ejemplo, rescatar momentos de conexión, risas o incluso apagar dispositivos para evitar la sobreexposición digital, puede contribuir a construir un presente más significativo y menos alienado.
Un límite importante es no confundir el sentimiento de pérdida con un deseo realista o saludable, pues idealizar excesivamente el pasado puede conducir a la parálisis o a la insatisfacción continua. Tampoco implica negar las dificultades actuales, sino aceptar que enfrentarlas desde la responsabilidad personal es parte del crecimiento, con sus cargas y decisiones éticas. Esto invita a cultivar una esperanza adulta basada en la acción deliberada en lugar de la fantasía.
Una cuestión que emerge es cómo sostener en la adultez una esperanza y sentido de pertenencia semejantes a los que alguna vez se tuvieron en la juventud sin caer en anhelos imposibles. La respuesta pasa por construir un "quilombo" propio, vivido, elegido y compartido, que permita una melancolía legítima, anclada en la autenticidad de la experiencia real y no en un fantasma nostálgico.
Pensamiento colectivo
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