Cuando me invento a alguien
A veces me da vergüenza admitirlo, pero lo voy a soltar igual, porque ya estoy cansada de actuar como si esto no me pasara. Hay una forma de enamorarse que no se siente como amor bonito, ni como maripositas, ni como “qué lindo compartir”. Se siente más como un prendío en el pecho, una ansiedad con perfume. Como si mi mente se hubiera trepado a un techo y desde allá gritara: “¡Esta persona es la salida!”. Y el cuerpo, bien obediente, le cree.
Leí hace poco una palabra que me cayó como una piedra en el bolsillo: limerencia. Y me quedé pensando en lo exacta que puede ser una palabra cuando te encuentra en el momento justo. No es “amor”. No es “capricho”. No es “obsesión” en el sentido caricaturesco de película. Es esa mezcla rara de idealización, anticipación y hambre emocional. Una necesidad de señales, de respuesta, de confirmación… como si la vida entera estuviera esperando un “sí” de alguien.
Y lo más brutal es que, cuando estoy en eso, yo no veo a la persona. Veo una versión editada, una película que produzco yo sola. Un avatar con ojos reales. Me invento conversaciones completas, explicaciones, reconciliaciones, futuros, escenas en la cocina, risas, viajes, silencios cómodos. Me invento hasta la calma. Y con esa calma inventada intento bregar el día, como si me la hubiera ganado. Pero no: es prestada. Y cuando no llega el mensaje, cuando no llega la invitación, cuando la realidad no coopera… esa calma se cae como vaso en piso de losas.
Me asusta lo fácil que mi mente puede agarrarse de alguien para llenar un hueco que ni siquiera sé nombrar. Porque no es solo “me gusta”. Es “necesito”. Y esa palabra, necesito, me prende una alerta bien vieja. Como si en algún lugar dentro de mí hubiera una parte que todavía cree que el cariño se mendiga, que la atención se gana, que el valor propio depende de que alguien te escoja.
Yo sé que suena intenso. Y lo es. Pero también es silencioso. Por fuera, yo puedo estar jangueando, trabajando, haciendo chistes, cumpliendo. Por dentro, hay un radio prendido, bajito, repitiendo lo mismo: “¿Qué estará haciendo? ¿Por qué no escribió? ¿Dije algo mal? ¿Y si ya no le importo? ¿Y si nunca le importé?” Y ahí es cuando la limerencia se pone peligrosa: cuando me roba el presente. Cuando estoy en un sitio y no estoy. Cuando mi mente se queda pegada como sticker.
A veces me digo: “mano, bájale”. Como si con regañarme se arreglara. Pero lo que he notado es que esto no se va con vergüenza. Se alimenta de la vergüenza. Porque si lo escondo, crece. Si lo disfrazo de “nada, chill”, crece. Si lo trato como un secreto, crece. La limerencia ama el cuarto oscuro. Lo mío, por lo menos, mejora cuando le da el aire.
He empezado a hacerme preguntas incómodas, pero honestas. ¿Qué es lo que realmente estoy buscando cuando me obsesiono con alguien? ¿Validación? ¿Dirección? ¿Una excusa para sentir algo fuerte? ¿Una salida de mi propio ruido? Y, sobre todo: ¿qué parte mía estoy dejando sola, que se agarra de cualquiera que parezca refugio?
Porque esa es otra: a veces uno confunde refugio con persona. Y no es justo ni para mí ni para el otro. Nadie debería cargar con la tarea de “salvarme” solo por existir. Nadie debería ser mi medicina.
Lo que me ha ayudado —un poquito, no voy a vender milagros— es volver a lo básico cuando me da el ataque de fantasía: mi respiración, mi cuerpo, el día real. Hacer algo con las manos. Caminar. Bañarme sin prisa. Comer sin pantalla. Es como decirle a mi mente: “gracias por el guion, pero ahora mismo estamos aquí”.
Y también he intentado algo que me cuesta: aceptar que el silencio del otro no siempre es un mensaje sobre mí. A veces es solo eso: silencio. Vida. Ocupaciones. O simplemente que no somos. Y duele, sí. Pero duele más cuando yo convierto ese silencio en juicio, en sentencia, en prueba de que “no valgo”.
Yo no sé si esto se “cura”. Creo que se entiende. Y cuando se entiende, se vuelve menos dueño. Ya no es un monstruo sin nombre. Es un patrón. Un mecanismo. Una forma torpe de buscar amor.
Hoy lo único que quiero es dejar esto aquí, como quien deja una piedra al borde del camino para no cargarla todo el trayecto. Si mañana me vuelve el impulso, si vuelvo a mirar el celular como si fuera oráculo, quiero acordarme de algo sencillo: yo también soy una persona. Yo también merezco mi propia atención. No puedo seguir abandonándome para correr detrás de una ilusión bonita.
Y si alguna vez he confundido amor con ansiedad, con urgencia, con necesidad de señales… pues nada. Hoy lo miro de frente. Sin drama, pero sin mentirme. Y a ver si poco a poco aprendo a querer de una manera que no me quite el aire.
Contexto editorial
Experiencia o testimonio personal
Relato basado en la experiencia, memoria o percepción de su autor. No permite extraer por sí solo conclusiones generales.
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Análisis de la publicación
La limerencia es una experiencia emocional intensa que mezcla ansiedad, idealización y necesidad afectiva, atrapando la mente en fantasías que distorsionan la realidad y dificultan la presencia en el momento. Esta condición genera una dependencia de la validación externa, poniendo en riesgo el equilibrio interior y planteando un desafío para el cuidado personal y la autoestima.
La limerencia se caracteriza por una profunda necesidad emocional que no es amor romántico ni simple obsesión, sino una mezcla de idealización, anticipación y hambre afectiva que lleva a construir una versión idealizada de otra persona, con diálogos y escenarios imaginados. Esta experiencia genera ansiedad, inseguridad y cuestionamientos sobre el propio valor, mientras el presente se vuelve inaccesible. La vergüenza y el secreto alimentan el fenómeno, y reconocerlo como un patrón permite acercarse al cuidado propio y a cuestionar la dependencia afectiva que convierte a otros en supuestos refugios. Medidas simples como la atención al cuerpo y la aceptación del silencio ajeno contribuyen a recuperar la presencia y reducir el poder de la limerencia.
Fragmentos literales destacables
“cuando estoy en eso, yo no veo a la persona. Veo una versión editada, una película que produzco yo sola.”“Nadie debería ser mi medicina.” La ansiedad afectiva que induce la limerencia no solo crea un deseo intenso, sino que genera una experiencia interna en la que se prioriza una realidad inventada sobre la realidad presente. La mente se construye escenarios, conversaciones y promesas que funcionan como una ficción necesaria para calmar la necesidad emocional, lo que puede volverse una trampa que afecta la autopercepción y la capacidad de disfrutar el momento.
La vergüenza juega un papel paradójico: en lugar de aliviar, oculta el fenómeno y lo alimenta, dificultando su gestión consciente. Exponer y cuestionar este patrón abre la posibilidad de autoconocimiento que permite distinguir la experiencia de limerencia del amor saludable, redundando en un aumento de la autoestima y una reducción en la dependencia emocional hacia otros.
Una distinción clave es diferenciar la necesidad auténtica de apoyo y afecto de la búsqueda ansiosa de validación externa que demanda señales y respuestas como forma de autoafirmación. Reconocer que nadie debe ser “medicina” añade un límite ético fundamental y refuerza la importancia de afrontar conflictos emocionales desde el cuidado personal.
Prácticas de conexión con el presente corporal y la aceptación del silencio aparecen como herramientas de regulación emocional que posibilitan romper con patrones ansiosos y recuperar la atención hacia uno mismo, mejorando la calidad de vida emocional y el bienestar general.
Pensamiento colectivo
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